Oratoria para Cristianos – Algunos tips para tener en cuenta

Video-Resumen: Los tipos oratorios

¿EN QUÉ MEDIDA nos sirve la oratoria a los cristianos? Para los que tienen “calle” en este sentido la pregunta tiene una respuesta rápida y práctica: da confianza y algunos trucos para no perderse en las propias palabras o el propio silencio.

Algunas cositas que hay que tener en cuenta:

* a quién vamos a hablarle –quién o quiénes serán nuestro auditorio–: ¿”creyentes viejos”? ¿Incrédulos? ¿Gente culta? ¿Qué problemas y expectativas tienen?;

* quiénes somos para el auditorio;

* en qué circunstancias hablamos, qué “pasa en el mundo” en ese momento;

* con qué armas contamos –ideas, recursos, anécdotas, trayectoria, etc.;

* FACTOR TIEMPO: cuánto podemos dedicar a la preparación y qué lapso se nos permitirá permanecer en la tribuna;

* y finalmente, qué tema abordaremos.

Lo último es la clave en la que podemos notar la diferencia entre nuestro estilo, y el de los conferencistas y oradores que no son de Cristo. Un predicador tiene que saber que el mensaje es oportuno, pero además inspirado: para esto tiene que orar por sabiduría. – Notable diferencia entre lo que manda el arte y lo que Dios puede aportarnos.

«¡Imbécil timidez, fuera de mi camino!»

Conocemos, por la historia de David y Goliat, cuál era el problema judío de aquel tiempo: nadie se animaba a afrontar un desafío individual contra el gigante filisteo. David, aunque contaba con pocas armas (humanamente hablando), sí se atrevió, y venció.

Trucos para vencer el miedo:

1) saber que no corremos riesgo alguno, en general nuestros posibles auditorios serán pacíficos, y en el peor de los casos, indiferentes o levemente burlones (¿qué riesgo representa un grito desde la ventanilla de un auto que pasa, por ejemplo?);

2) conocer bien de qué vamos a hablar, haber charlado del asunto con un amigo o familiar antes de exponerlo –conocer más, en lo posible mucho más que lo que tendremos tiempo de exponer;

3) mirar a la gente con buenos ojos, mirarlos a todos a la cara, y usar un tono lo más parecido a la charla común que nos salga (no “discursear” ni caer en convencionalismos o muletillas fáciles: “dígale al que tenga a su lado…”, etc.); amar al auditorio –esto también se aprende, por más que sea un don de Dios;

4) saber que tenemos a Dios de nuestro lado, y que Él no nos dejará pasar vergüenza si cumplimos con nuestra parte del trabajo;

5) ser humildes; pensar: “Si me equivoco un poco, no pasa nada. Todos somos falibles.” Saber reírse de buena gana de los propios errores. La resiliencia del orador tiene que ver con su amor a los demás y su humildad para no hacer caso de su propio riesgo de hacer el ridículo.

Así que vayamos al arroyo más próximo, y recojamos muchas más piedras que las que seguramente necesitaremos. Pongámonos en posición de batalla, apuntemos y disparemos –de la trayectoria del proyectil discursivo, Dios se encargará en su hora.

Personalidades Oratorias [1]

A la hora de preparar el mensaje, conviene saber nuestras limitaciones y potencialidades en cuanto a la memorización. Para esto, hay que tener en cuenta que existen tres tipos de personas: los que memorizan escuchando, los que lo hacen hablando, y por último los que por su memoria visual se confían a los trazos de lo que escriben.

Así que son tres métodos diferentes para aprenderse el mensaje: uno, grabarse uno a sí mismo recitando el texto de lo que dirá; dos, pronunciar el discurso ante un familiar –o a solas, frente al espejo, haciendo los movimientos, pausas y gestos del caso– antes de presentarse en público; tres, escribirlo íntegro con papel y lapicera, para a continuación leerlo todas las veces necesarias.

Cada método tiene su ventaja, y a cada uno le queda más cómodo uno u otro.

El que escribe y tiene memoria visual, recuerda exactamente lo que preparó –el problema es que, si tiene una laguna, no dispone de escapatoria; no puede improvisar. Por eso se aconseja a los privilegiados oradores visuales, que ensayen también con cualquiera de los demás métodos, a fin de que quede siempre buena reserva de recursos a nuestra disposición. – Los visuales son buenos conferencistas, así como lo son numerosos poetas y escritores.

El que escucha tiene una gran precisión en los pensamientos, por lo cual está doblemente protegido contra los fallos de la memoria. Son buenos improvisadores, aunque suelen carecer de fuerza y rehúyen del énfasis. Son mejores maestros que arengadores de masas –suelen hablar bajito para no tapar la voz interior que les susurra lo que han de continuar diciendo.

El que “se prepara hablando, a fin de hablar”… es un improvisador nato, y puede dotar a sus exposiciones de un fuego característico. No es por discriminar ni por descalificar, pero pienso que los oradores de raza son estos, y no los que mencionamos antes. La gestualidad de estos es sencillamente perfecta; los movimientos, adecuados a lo que se dice, anticipan por pocas décimas de segundo el contenido de sus palabras. Son enormemente persuasivos, y producen un efecto de fuerza y de honda convicción y pasión detrás del mensaje.

El mensaje

La preparación del tema que expondremos es sencillísima. Una vez que elegimos el asunto, o el pasaje –según queramos exponer un tema, o explicar un pasaje bíblico – resta desarrollarlo en nuestra casa, antes de presentarnos.

En Internet hay cualquier cantidad de fuentes, en todos los idiomas; sonarán para nosotros todas las campanas. – Ojo a las “fuentes contaminadas”, igual…

Hay ediciones de la Biblia en todos los idiomas; sitios web con decenas y decenas de traducciones. Incluso, podemos acceder a los textos en manuscritos históricos de milenios, escritos en los idiomas originales.

Comentarios, comentaristas (muchos en inglés: aunque existe el traductor automático de Google), videos, tutoriales, y un largo etcétera. A más de los medios analógicos, cada vez menos consultados, en este tiempo de prisas: libros, y material impreso hasta decir basta.

Una vez que vimos el tamaño total (en lo posible) del problema o tema que queramos tratar, hay que formar el resumen: una hojita formato A4 debería ser suficiente[2]. Allí expondremos punto por punto a desarrollar cuando hablemos, ordenados de modo que hagan cierto efecto; o en sentido cronológico (principio, nudo, desenlace) – pero sin olvidar jamás un buen remate. La parte final del mensaje incluye lo que se llama en oratoria el patético (del griego pathos: pasión, sufrimiento, sentimiento intensísimo): consiste sencillamente en una llamada vibrante y emotiva, a seguir determinada conducta. Evitar o cambiar algo, o hacer algo nuevo.

En resumen, el mensaje debe ilustrar, enseñar; convencer; y por último, impulsar a la voluntad a actuar.

¡Ojo a los tics!

En pleno siglo XXI, es hora de que los cristianos empiecen a pensar seriamente en comunicar con eficacia. No me refiero a la especialización en oratoria, que a lo sumo interesará a los que tienen una inclinación profesional hacia eso, o desean volverse científicos del tema. Sí en usar nuestro idioma (un magnífico instrumento) con realismo y sensatez, y saber esquivar la desubicación.

Cada persona es, en sí misma, un estilo. Como decía un escritor francés, el estilo es el hombre. Los rasgos de cada personalidad se transparentan en su estilo, tanto al escribir, como al hablar, o al andar por la calle. ¿O no conocemos a la persona vigorosa por su modo de andar, como los apostadores de caballos reconocen a los pura sangre por su tranco?

La naturalidad es una de las reglas de oro, y uno de los secretos del arte –también del arte de hablar con propiedad. Hoy en día se usa, casi para todas las cosas, de la espontaneidad y casi de la brutalidad, con preferencia sobre el amaneramiento y la pulcritud, ¡para no hablar de lo peor que puede haber, los convencionalismos y tics.

Si estamos tranquilos y somos dueños de la situación, podremos detectar los parásitos del discurso, como frases hechas, citas fuera de lugar, consignas pavotas (como “sonría”, o “diga tal o cual cosa”, o “levanten sus manos todos los que…” = actitud policíaca).

Después, hay pequeñeces y “ruidos” discursivos que más vale evitar, desde luego, como los movimientos excesivos a un lado y al otro, o la falta absoluta de movimientos; o la monotonía (nadie puede soportar a un monótono durante más de 10 minutos, sin cabecear del sueño); o la falta de pausas y de relieve en lo que uno dice; o las expresiones incomprensibles para los no-iniciados, tecnicismos evangélicos como unción, derramamiento, lluvia temprana y tardía, concupiscencia, carne, “mundanos”, ataduras, liberación, impío, anatema, dispensación, etc. – No “está mal” hablar de estas cosas: el único problema consiste en que mencionarlas te obligaría a explicar de qué se trata, lo cual te llevaría hacia otro riesgo: la digresión, el salirte de tu tema, y simiescamente “irte por las ramas”.

Esto te lo dará la “calle”, no hay otra salida que esa. Nadie empieza a ejercitar un arte teniendo todas las cualidades y los talentos en flor.

Lo primero, en todo sentido, es azuzar nuestra valentía de oradores –que consiste en actuar a pesar del miedo–, y el sabernos en una posición que nadie ocupará si no lo hacemos nosotros. ¿No se llama a esto tener sentido de la misión? Nuestro mensaje es irreemplazable; si no hablamos nosotros de la salvación de Cristo, nadie lo hará.

Medios para hacerlo, tenemos. La capacidad, es natural en todos nosotros [3]. Y Dios respaldará nuestra humilde intervención con su todopoder.

No es poca expectativa.

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Notas:

 

[1] Se corresponden perfectamente con los tres temperamentos de la teoría de W. H. Sheldon. Técnicamente, se conocen como orador visual, auditivo y verbomotor.

[2] En otras épocas, era un deshonor para los oradores que se les viera el machete (en Venezuela: chuleta)-resumen de su mensaje. Hoy en día, nadie atiende a estos viejos escrúpulos; algunos oradores peroran con su tablet en mano, y casi se les considera como un adorno o una gala más.

[3] El apóstol Pablo era enormemente tímido. Lo reconoce él mismo en 2 de Corintios, cap. 10 y en 1 Corintios 2:3.

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Demóstenes – DISCURSO SOBRE EL QUERSONESO

Convendría, ¡oh atenienses!, sobre todo cuando deliberáis sobre un asunto de la más alta importancia, que vuestros oradores se abstuviesen de toda frase parcial o apasionada, y que expusieran simplemente la opinión que les pareciese más saludable. Pero puesto que muchos de ellos suben a la tribuna para sostener altercados hijos de la envidia o de otros motivos personales, a ti, pueblo, toca rechazar todas esas cuestiones injuriosas y decretar y cumplir lo que juzgues útil al Estado.

¿De qué se trata hoy? Del Quersoneso y de la expedición que desde hace cerca de once meses verificaba Filipo en la Tracia. ¿Qué asunto han tratado casi todos los oradores? Las operaciones y los proyectos de Diófito. Pero creo que cuando se acusa a uno de vuestros generales, que podréis castigar siempre en nombre de la ley, ya sea un poco antes ya un poco después, creo, repito, que no puede haber urgencia, y no comprendo por qué hemos de luchar hasta el último extremo sobre este asunto. Lo que Filipo, nuestro enemigo, se esfuerza y se apresura por arrebatarnos, puesto a la cabeza de un ejército poderoso que costea el Helesponto; lo que perderemos de seguro si nos toma la delantera, es lo que debe llamar hoy nuestra atención y sobre lo que interesa tomar medidas prontas, sin que os distraigan de este objeto debates extraños a él, ni turbulentas recriminaciones.

Atenienses: frecuentemente se manifestan aquí proposiciones que me asombran; pero nada me ha sorprendido tanto como oír afirmar últimamente en el Consejo que los oradores debían opinar resueltamente por la guerra o por la paz. Sí, sin disputa; si Filipo permanece tranquilo, si no viola los tratados, si no se apodera de ninguna de nuestras posesiones y si no arma todos los demás pueblos contra nosotros, conviene cerrar la discusión, conviene no romper las hostilidades: de vuestra parte no veo ningún obstáculo que lo impida. Pero si las condiciones de la paz jurada están en nuestra memoria y descansan en nuestros archivos; si es notorio que aún antes de la partida de Diófito y de la colonia que se acusa de haber encendido la guerra Filipo había ocupado inicuamente muchas plazas atenienses; si contra sus atentados son vuestros propios decretos una protesta enérgica; si desde entonces siempre ha tenido preparados a los griegos y a los bárbaros para hacerles estallar de pronto contra nosotros, ¿qué se pretende al decir que es necesario declararse por la guerra o por la paz? ¡Oh!, ya no es posible la elección: un solo partido nos queda, eminentemente justo y necesario, que es el mismo del que se procura alejarnos. ¿Qué partido es este? El de rechazar al agresor; a menos que los oradores a quienes impugno digan que Filipo no insulta a Atenas ni nos hace la guerra, mientras que no toque al Ática ni al Pireo. Si de este modo fijan los límites de la justicia, si así ensanchan el horizonte de la paz, ciertamente que el carácter impío, escandaloso y aun amenazador de sus máximas indignará todos los corazones. Hay más aún: semejante lenguaje en su boca refuta las acusaciones que dirigen contra Diófito. Porque, ¿cómo permitimos a Filipo hacerlo todo, con tal que no invada el Ática, si no es permitido a Diófito socorrer a los tracios sin acusarle de haber renovado la guerra? Pero, ¡por Júpiter!, dicen los acusadores, se han cometido crueldades por nuestras tropas extranjeras que asolaban el Helesponto; Diófito asaltó naves, faltando al derecho de gentes, y nuestro deber es reprimir estos desórdenes. Suscribo a ello. Veo que sólo el interés de la justicia ha dictado este consejo; pero he aquí mi opinión: abogáis por la disolución de nuestro ejército, difamando aquí al general que ha encontrado los medios de sostenerlo. ¡Pues bien!, probad que Filipo también licenciará sus tropas, si la República acepta vuestro dictamen. Si mis adversarios no prueban esto, ved atenienses, que nos colocarán de nuevo en la situación que hasta ahora ha perdido todos nuestros asuntos. Ya lo sabéis, nada ha procurado a Filipo más ventajas sobre nosotros que su diligencia en tomarnos siempre la delantera. Constantemente a la cabeza de un ejército en pie de guerra, sin apartar la vista de su proyecto, se lanza de improviso sobre el enemigo que ha escogido: nosotros, al contrario, no empezamos nuestros tumultuosos preparativos hasta después de haber recibido la nueva de sus invasiones. Así, ¿qué es lo que sucede? Que Filipo queda pacífico poseedor de lo que ha ocupado, y nosotros, que llegamos demasiado tarde, perdemos nuestros gastos, y sólo conseguimos mostrar al enemigo nuestro odio y nuestro deseo de rechazarle: ¡fatal lentitud que nos arruina y nos deshonra!

Abrid, pues, los ojos, ¡oh atenienses! Cuanto hoy se os dice es vana y fingida palabrería: se conspira para que, estando ociosos dentro, y desarmados fuera, dejéis a Filipo en plena seguridad de arreglarlo todo a su capricho. Examinad lo que sucede ahora. Este príncipe está en la Tracia a la cabeza de un poderoso ejército, y si  hemos de creer a testigos oculares, pide grandes refuerzos de la Macedonia y la Tesalia. Si después de haber aguardado los vientos etesios cae sobre Bizancio y la asedia, ¿pensáis que los bizantinos persistirán en su ceguedad no llamándoos ni solicitando vuestro apoyo? Por mi parte no puedo creerlo. Lejos de esto, aunque se tratase de un pueblo que les inspirase más desconfianza que nosotros, los recibirían en su ciudad, a menos que una pronta reducción se lo impidiera, más bien que entregarla al tirano. Tan luego, pues, como nuestras naves no puedan salir del puerto, ni tengamos socorros prontos a marchar, no habrá nada que pueda preservarles de su ruina. ¡No, por el cielo!, se dirá; ahora también, extraviadas por un genio funesto, esas gentes llevarán su locura más allá de todo límite. Estamos de acuerdo; ¡pero no es menos cierto que es preciso salvar a esos insensatos porque va en ello la salud de Atenas!

Por otra parte, ¿quién nos dice que Filipo no se dirigirá sobre el Quersoneso? Leed de nuevo la carta que os ha escrito y veréis cómo habla de vengarse de este país. Ahora nuestro ejército podrá defenderlo y atacar sus Estados; pero desorganizado y disuelto, ¿qué haremos si marcha contra la Península? Pues a pesar de todo, se añadirá, hemos de juzgar a Diófito. Pero considerad, responderé, que los sucesos están muy adelantados. Haremos partir socorros de Atenas. ¿Y si los vientos hacen la navegación imposible? Pero aunque así sea, Filipo no se atreverá a atacar. ¿Quién responde de ello?

¿Veis, atenienses, a principios de qué estación se os aconseja evacuar el Helesponto y dejarlo abandonado al Príncipe? Pues hay más todavía: si a su vuelta de Tracia deja el camino de Bizancio y el Quersoneso (calculad aun esta contingencia) y se dirige a atacar a Calcais o Megara, y en último término la ciudad de Oreos, ¿qué os parece mejor, tener que combatirle en estos puntos dejando así que la guerra se aproxime al Ática, o distraerle a gran distancia de nosotros? Por mí, abrazo este último partido.

Conocidos estos hechos y estas reflexiones, lejos de esforzaros en denigrar y disolver el ejército que Diófito se afana por conservar a la República, debéis, por el contrario, proporcionarle nuevas tropas, dinero y municiones. Que se pregunte a Filipo: «Entre que las tropas mandadas por Diófito, cualesquiera que sean (pues esto no lo disputo aquí) se presenten vigorosas, elogiadas, reforzadas y socorridas por Atenas, o que sean al contrario desmembradas y disueltas por ceder a las calumnias de algunos delatores, ¿qué preferís? Opto, responderá sin vacilar, opto por su desmembramiento.» ¡Así, lo que Filipo pediría al cielo con afán, hay aquí hombres que se lo preparan! ¡Y todavía buscáis lo que ha arruinado todos vuestros asuntos!… Pues bien; orador independiente, voy a hacer esta indagación sobre el estado de la patria; voy a pasar revista a nuestras acciones y a nuestra conducta con nosotros mismos.

No tenemos ni la voluntad de pagar, ni el valor de combatir, ni la fuerza de renunciar a las gratificaciones del tesoro para proporcionar fondos a Diófito; en vez de aplaudir los recursos que se ha creado, lo desacreditamos con una inquisición odiosa de los medios que empleará, de las operaciones que prepara, y de todo, en fin, cuanto le concierne. Dispuestos de este modo, abandonamos la carga de nuestros propios negocios; pródigos de palabras, alabamos a los ciudadanos que elevan su acento por el honor de la patria; pero enseguida que se trata de hacer algo, corremos a engrosar las filas de nuestros adversarios. En todas las deliberaciones se os ve preguntar al orador que sube a la tribuna: ¿Qué es necesario hacer? Yo os preguntaré a mi vez: ¿Qué es necesario decir? Porque si no ayudáis al Estado con vuestra persona ni con vuestro dinero; si no cesáis de disponer para vosotros de los fondos públicos y de rehusar a Diófito las subvenciones legales y la facultad de recurrir a otros medios; si, por último, no queréis cuidar de vuestros intereses, no puedo hacer más que reducirme al silencio. ¿Hay algún consejo posible cuando dais rienda suelta a la delación, a la calumnia, hasta el punto de oír acusaciones anticipadas contra lo que se presume que hará vuestro general? Pero, ¿qué resultados nacerán de esta conducta? ¡Oh! Preciso es revelarlos a algunos de vosotros. Nada encadenará mi lengua; la disimulación me es imposible.

Todos los generales que salen de vuestros puertos (lo garantizo con mi cabeza) reciben dinero de Chios y de Eritrea, y de todos los griegos del Asia que se prestan a dárselo. La contribución es proporcionada al número de las naves que envían; pero sea grande o pequeña, ¿pensáis que es gratuita? No, estos pueblos no son tan insensatos; con ella compran la libertad, la seguridad de su comercio marítimo, el derecho de hacer escoltar sus buques y otras diversas ventajas; pero si se les oye, hacen estos donativos por pura amistad; llaman regalos a sus liberalidades interesadas. Pues bien, viendo hoy a Diófito a la cabeza de un ejército, todos le pagarán los subsidios, nada hay más seguro. Porque si no recibe nada de nosotros y si no puede por sí mismo sostener el ejército, ¿de dónde queréis que saque para la manutención del soldado? ¿Del cielo? ¡Es cosa imposible! Vive, pues, de lo que toma, de lo que mendiga o de lo que pide prestado. Así, acusarlo ante vosotros, es decir a todos los pueblos: «No proporcionéis nada a un general que va a ser castigado por las operaciones pasadas, de que fue autor o cómplice, o por sus hechos futuros.» De aquí todas esas voces de: ¡Va a tender un lazo! ¡Va a hacer traición a los griegos! ¿Dónde están esos atenienses de corazón tan tierno para los griegos asiáticos? Ciertamente que es más viva su solicitud por el extranjero que por la patria. De aquí también esa proposición de enviar otro jefe al Helesponto. ¡Oh!, si Diófito comete violencias, si asalta los buques, ¿por qué medios deberéis contenerlo?  La ley ordena perseguir jurídicamente al prevaricador, y de ningún modo armar contra él escuadras a costa de grandes sumas: esto sería el colmo de la locura. Contra nuestros enemigos, a los cuales no alcanza la acción de nuestras leyes, es contra quien se necesita sostener tropas, enviar buques e imponer subsidios; a ello obliga la necesidad. Pero, contra uno de nuestros ciudadanos, basta un decreto, una acusación o la galera paraliana: es lo único digno de un pueblo prudente; y los que os hablan de otro modo quieren vuestra ruina.

Es deplorable que haya en Atenas semejantes consejeros, pero no es esto lo peor. Vosotros, los que ocupáis esos bancos, os halláis animados de las disposiciones más funestas. Cuando uno de estos arengadores sube a la tribuna y hace caer todas nuestras calamidades sobre Diófito, Cares, Aristofonte, o sobre cualquier otro general, al instante estallan vuestros tumultuosos clamores gritando: ¡Tiene razón! Pero que un ciudadano verídico se aproxime y os diga: «No penséis tal cosa, atenienses; el único autor de todas vuestras desgracias, de todos vuestros males, es Filipo; si permaneciese quieto, Atenas estaría tranquila»; y aunque no podéis desconocer esta verdad, ¡cuánto os había de pesar el oírla!, creeríais ver en quien tal os dijese a vuestro asesino. Pero he aquí la causa de esto: os pido, ¡por el cielo!, que me permitáis decirlo todo: sólo hablo para salvaros.

Desde hace mucho tiempo, gran número de vuestros ministros os han inducido a mostraros temibles y desconfiados en la Asamblea nacional, flojos y desprevenidos en vuestros armamentos. ¿Se imputan las desgracias de la patria a alguno de vosotros que sabéis está al alcance de vuestra mano? Aprobáis la acusación y saciáis en él vuestra injusta venganza. Pero que se os denuncie un enemigo extranjero, al cual sea necesario vencerlo para castigarlo, y enseguida os sentís desconcertados: esta convicción os irrita. Sería menester al contrario, atenienses, que vuestros ministros os enseñasen a ser humanos en vuestras deliberaciones, donde sólo tenéis que tratar con ciudadanos y aliados; y terribles e imponentes en vuestros preparativos de guerra, puesto que en este caso se emprende la lucha contra rivales y enemigos. Pero gracias a las serviles complacencias de esos demagogos, traéis aquí el hábito de ser lisonjeados, y sólo prestáis atención a su dulce lenguaje, en tanto que vuestros asuntos y los sucesos del día os colocan al borde de un abismo. ¡Oh! ¡Pongo por testigo a los dioses! ¿Qué responderíais si los helenos os pidiesen cuenta de tantas ocasiones perdidas por vuestra indolencia y os dijesen: «Pueblo de Atenas, tú nos envías embajada tras embajada; tú repites que Filipo trama perfidias contra nosotros, contra la Grecia entera; tú prodigas los consejos y advertencias y clamas que es preciso defendernos del usurpador!» ¿No tendríamos que asentir puesto que tal es nuestra conducta? También podrían decirnos: «¡Oh el más cobarde de los pueblos! Mientras este hombre ha permanecido diez meses enteros lejos de Grecia, detenido por la enfermedad, por el invierno, por la guerra, sin poder regresar a sus fronteras, ¿qué es lo que has hecho? ¿Has roto las cadenas de la Eubea? ¡No te atreves a penetrar en ninguna de tus mismas posesiones! Y él, a tu vista, estando tú ocioso y gozando de salud (si es que merece este nombre el letargo que os consume), él ha puesto dos tiranos en la Eubea, situando el uno como un centinela contra el Ática, y el otro contra Esciatos. ¡Ah!, lejos de atreverte siquiera a reprimir estos atentados, tú evidentemente se lo has permitido todo, todo se lo has abandonado; tú has dicho que debe morir cien veces, y no has dado ni un solo paso para hacerle perecer. ¿Para qué son, pues, tantas embajadas y tantas acusaciones? ¿Para qué pues, importunarnos con tantas inquietudes?» Y bien, atenienses, ¿se os ocurre alguna refutación a estos cargos? Yo por mí no encuentro ninguna.

Hay gentes que piensan confundir a un orador con esta pregunta: «¿qué es necesario hacer?» Nada, les diría yo con tanta justicia como verdad; nada de lo que habéis hecho hasta el presente. Voy, sin embargo, a ocuparme de todos los detalles, ¡y ojalá esos hombres tan prontos para preguntar no fuesen menos ligeros para ejecutar!

Comenzad, atenienses, por reconocer, como un hecho incontestable, que Filipo ha roto los tratados y que os hace la guerra; y sobre este punto no acusáis más vuestra conducta. Sí, es el enemigo mortal de toda Atenas, de su suelo, de todos sus habitantes, y aun de aquellos mismos que más se alaban de merecer sus favores. Si lo dudan, que dirijan su vista a Eutícrates y Lastenes, ambos olintios, que se contaban en el número de sus mejores amigos, y que sin embargo perecieron tan miserablemente, después de haberle vendido su patria. Pero a nada se encamina tanto su guerra como a combatir nuestra democracia; todos sus lazos, todos sus proyectos tienden a destruirla. En esto puede decirse que procede consecuentemente. Él sabe muy bien que en el caso mismo de que hubiese subyugado todo el resto de la Grecia, no podría contar con nada mientras subsistiera vuestra democracia; sabe que si sufre uno de esos reveses que tan frecuentemente sobrevienen a los hombres, todas las naciones que la violencia tiene reunidas bajo su yugo, acudirán a arrojarse en vuestros brazos. Esto consiste en que vuestro carácter nacional no os induce a engrandeceros usurpando la dominación, sino que, por el contrario, sabéis detener a los demás en este camino y abatir a los usurpadores. ¿Se trata, en efecto, de contener al que aspira a la tiranía? ¿Se trata de libertar algún pueblo? Pues siempre estáis dispuestos a ello. Así es que Filipo no quiere que la libertad ateniense espíe sus adversidades; no lo quiere de ninguna manera, y preciso es confesar que sus reflexiones son en esto juiciosas y fundadas. Debéis, por consiguiente, ver en él un irreconciliable enemigo de nuestra democracia; porque si esta verdad no se graba en vuestros corazones, sólo atenderéis al cuidado de vuestros propios negocios con un celo insuficiente. También podéis tener por cierto que es contra Atenas contra quien dirige todos sus movimientos, y que en todas partes donde se combate se trabaja por vuestra defensa. ¿Quién de vosotros cometerá la simpleza de creer que este príncipe, capaz de ambicionar miserables bicocas de la Tracia, tales como Drongile, Kabila, Mastise otras que asedia y somete igualmente dignas de este calificativo; capaz de desafiar por tales conquistas trabajos, inclemencias y peligros de todo género, no codiciará los puertos de Atenas, sus arsenales marítimos, sus escuadras, sus minas de plata y sus inmensas rentas, y que os dejará la pacífica posesión de todos estos bienes; él que para sacar el centeno y el mijo de los subterráneos de la Tracia arrostra todos los rigores del invierno? No, no podéis imaginarlo; con esta expedición y con todas las que emprende, se va abriendo un camino hacia vosotros.

 ¿Y qué deben hacer los hombres prudentes una vez convencidos de estas verdades? Sacudir su fatal letargo, contribuir con sus bienes, hacer que contribuyan sus aliados, trabajar por conservar las tropas que están aún sobre las armas, a fin de que si Filipo tiene un ejército dispuesto a atacar todos los griegos y a subyugarlos, vosotros tengáis también otro dispuesto a socorrerlos y salvarlos. Es imposible en efecto, hacer nada importante con reclutas temporeros. Se necesita un ejército organizado, medios de sostenerse, administradores y agentes públicos; se necesita poner a la vista de la caja militar, inspectores que vigilen; se necesita pedir cuenta al general de las operaciones de la campaña, y a los intendentes, de su gestión. Ejecutad este plan con una voluntad decidida, y obligaréis a Filipo a respetar la paz y a encerrarse en su Macedonia, lo cual sería una ventaja inapreciable; y en último caso, le combatiríais por lo menos con fuerzas iguales.

Se va a decir que estas resoluciones exigen grandes gastos, rudos trabajos, continuos movimientos. Convengo en ello; pero considerad los peligros que os amenazan si no adoptáis este partido, y hallaréis preferible el abrazarlo enseguida. En efecto, aunque un dios os diese una garantía suficiente de todos vuestros grandes intereses; aunque os respondiese de que, no obstante permanecer siempre inmóviles y siempre desamparando a los demás pueblos, no habíais de ser atacados por Filipo, sería vergonzoso, ¡por Júpiter y por todos los inmortales!, sería indigno de vosotros, de la gloria nacional y de los triunfos de vuestros mayores, sacrificar a una indolencia egoísta la libertad de Grecia entera. ¡Prefiero morir a que salga de mis labios un consejo semejante! Si algún otro os lo da y os persuade de su conveniencia, no procuréis defenderos, ¡dejadlo todo abandonado! Pero si rechazáis esta idea, y si todos conocemos que cuanto más hayamos dejado engrandecerse a Filipo tanto más encontraremos en él un enemigo poderoso y temible, ¿cuál será nuestro refugio? ¿A qué pueden conducir estas dilaciones? ¿Qué aguardamos, ¡oh atenienses!, para cumplir con nuestro deber? ¡La necesidad, sin duda! Pero la necesidad de los hombres libres ha llegado ya, ¿qué digo?, hace mucho tiempo que llegó. En cuanto a aquella necesidad que mueve al esclavo, pedid al cielo que os preserve de ella. ¿Qué diferencia existe entre ambas? Que para el hombre libre el temor de la deshonra es una necesidad de hacer lo que debe, sin que haya, en efecto, ninguna más imperiosa; mientras que para el esclavo los golpes, los castigos corporales… ¡Oh!, no conozcáis nunca estos estímulos, su nombre sólo mancha esta tribuna.

Descubriría con gusto todos los artificios que ciertos políticos emplean con vosotros; pero sólo citaré uno. ¿Se acaba de hablar de Filipo? Enseguida uno de ellos se levanta y dice: ¡Qué más rico tesoro que la paz! ¡Qué carga más pesada que sostener un ejército! ¡Lo que se quiere es la disipación de nuestras rentas! Con estas palabras os detienen, y proporcionan al príncipe ocasiones tranquilas para realizar sus proyectos. De aquí resultan vuestro reposo y vuestra inacción, placeres que temo mucho os parezcan algún día muy caramente pagados, mientras que ellos gozarán de vuestras mercedes y del salario de sus intrigas. Creo que no es a vosotros, ya tan pacíficos, a quien hay que persuadir la paz, sino a aquel que os hace la guerra. Si él consintiese en ella, os vería dispuestos a aceptarla. Después es necesario mirar como una carga, no lo que gastamos para nuestra seguridad, sino los males que nos aguardan si no queremos gastar nada. En cuanto a la malversación de nuestras rentas, evitémosla por medio de una vigilancia activa y saludable, y no por el abandono completo de nuestros intereses. Atenienses, el disgusto que causa a algunos de vosotros la idea de estos robos, tan fáciles de impedir y castigar, es precisamente lo que me irrita; porque veo que los mismos que piensan así, ven con indiferencia el latrocinio de Filipo que va saqueando Grecia entera, y que obra de este modo para asaltarnos al fin.

Los pueblos ven a este príncipe desplegar sus banderas, atropellar la justicia, apoderarse de nuestras ciudades, y ninguno de estos a quienes me refiero reclama contra sus atentados y sus hostilidades. Otros oradores os aconsejan no sufrirlas y velar por vuestras posesiones, y a estos los acusan de querer encender la guerra. ¿Cuál es, pues, la causa de semejante conducta? Hela aquí. Si la guerra ocasiona algún accidente (¿y qué guerra no va acompañada de muchos inevitables?), quieren dirigir vuestro enojo contra los autores de los consejos más provechosos; quieren que, ocupados en juzgarlos, dejéis el campo libre a Filipo; quieren, en fin, desempeñar el papel de acusadores, para sustraerse a la pena de su traición. Esto es lo que significan en su boca estas palabras: «En medio de vosotros es donde se provoca la guerra», frase que da origen a tantos debates. Por lo que toca a mí, estoy seguro de que antes de que ningún ateniense propusiera la guerra, Filipo había invadido muchas plazas, y más recientemente aún, ha puesto un refuerzo en Cardia. Si a pesar de esto nos obstinamos en no reconocer que ha sacado la espada, sería el más insensato de los hombres el que se empeñase en convencernos de lo contrario. Pero, ¿qué diremos cuando marche contra Atenas? Sin duda, protestará que tampoco nos hace la guerra. ¿No ha respondido esto a los oritanos cuando sus tropas acampaban en su país; a los habitantes de Faros cuando iba a derribar sus murallas, y a los olintios hasta el momento de entrar en su territorio a la cabeza de un ejército? ¿Se repetirá entonces que aconsejar la defensa es encender de nuevo la guerra? Pues bien, suframos el yugo de la tiranía, puesto que es la única elección posible entre no defenderse y estar siempre sobresaltados.

El peligro es mayor para vosotros que para los demás pueblos. Someter a Atenas sería muy poco para Filipo, y aspira a destruirla. Vosotros no queréis obedecer, y él sabe que aunque quisierais no podríais hacerlo, porque estáis habituados a mandar. No ignora tampoco que en la primera ocasión podríais ocasionarle más desastres que todos los demás pueblos reunidos. Reconoced, pues, que para vosotros se trata de evitar vuestra ruina completa. Aborreced, enviad al suplicio a los ciudadanos vendidos a este hombre, porque es imposible, absolutamente imposible, destruir al enemigo extranjero, si no se castiga antes al enemigo doméstico, su celoso servidor. Si no se hace esto, chocaréis contra el escollo de uno, siendo inevitablemente sobrepujados por el otro.

¿Por qué, según vemos todos, Filipo no hace otra cosa que lanzar ultrajes contra Atenas? ¿Por qué emplea la seducción y los beneficios con los demás pueblos, y con vosotros sólo las amenazas? Ved cuántas concesiones ha hecho a los tesalios para llevarlos insensiblemente a la servidumbre; contad, si podéis, las insidiosas liberalidades que ha prodigado a los olintios, a Potidea y a otras muchas plazas; vedlo ahora arrojando la Beocia a los tebanos, como una presa, y librándolos de una guerra larga y penosa. De todos estos pueblos, los unos no han sufrido las desgracias que conocemos, ni los otros sufrirán las que les depara el porvenir, hasta después de haber recogido algunos frutos de su codicia. Pero a vosotros, y sin que hable de las pérdidas experimentadas en la guerra, ¿cuánto no os ha engañado y despojado, aún durante las negociaciones de la paz? ¿No se ha apoderado de la Fócida, de las Termópilas, de las fortalezas de Thrace, Serrhium y Doriskos, y aun de la persona misma de Kersobleptes? ¿No es ahora dueño de Cardia? ¿No lo confiesa él mismo? ¿De dónde nacen, pues, procedimientos tan diferentes? De que nuestra ciudad es la única donde el enemigo tiene, sin riesgo alguno, partidarios declarados; la única donde los traidores enriquecidos defienden con seguridad la causa del expoliador de la República. En Olinto no se hablaba impunemente por Filipo, antes de que hubiese cedido Potidea a este pueblo; ni en Tesalia, mientras que no sorprendió el reconocimiento de la multitud expulsando a sus tiranos y tomando asiento en el Consejo de la Grecia; ni en Tebas, antes de haber pagado el servicio de la Beocia devuelta y de la Fócida destruida. Pero después que Filipo nos ha usurpado a Anfípolis, a Cardia y sus dependencias; después que ha hecho de la Eubea una vasta y amenazante ciudadela; después que emprende su marcha contra Bizancio, ¡todavía se puede, en Atenas, hablar sin peligro por Filipo! Así no es extraño que hombres pobres y sin reputación se hayan hecho ricos y principales de repente, mientras que vosotros habéis bajado del esplendor a la humillación, de la opulencia a la miseria. Porque yo hago consistir la riqueza de una República en sus aliados y en el celo y la confianza de sus pueblos, cosas ambas de que estáis desprovistos. Pero mientras que vuestra apatía os deja arrebatar estos bienes, él se hace grande, afortunado, temible a la Grecia entera y a los bárbaros. Atenas está sumida, entre tanto, en el desprecio y el abandono; porque si es verdad que se halla próspera por la abundancia de sus mercados, también lo es que la falta de provisiones esenciales la tienen en una ridícula indigencia.

Observo también que ciertos oradores os dan unos consejos, y que ellos siguen otros muy distintos: os dicen que debéis permanecer en reposo aunque seáis atacados, mientras que por su parte no pueden quedarse aquí, aunque nadie les inquieta. Además de esto, el primero que sube a la tribuna, me grita: «¡Y qué! ¡No quieres exponerte al peligro de proponer el decreto de guerra! ¡Qué timidez! ¡Qué cobardía!» No; temerario, imprudente, descarado, no lo soy ni sabría serlo; pero, sin embargo, me considero mucho más animoso que todos estos intrépidos hombres de Estado. Juzgar, confiscar, recompensar, acusar sin cuidarse para nada de los intereses de la patria, son cosas que no exigen ningún valor. Cuando se tiene por salvaguardia la costumbre de halagaros en la tribuna y en la administración, la osadía no ofrece ningún peligro. Pero luchar por vuestro bien, luchar frecuentemente contra vuestros deseos, no adularos jamás, serviros siempre, abrazar la carrera política donde los resultados dependen más de la fortuna que de los cálculos, y constituirse responsable de los caprichos de esta misma fortuna, ¡he aquí la conducta del hombre de corazón! ¡He aquí la conducta del verdadero ciudadano! En nada se parece a la de esos aduladores que han sacrificado los más grandes recursos del Estado a vuestras complacencias de un día. Estoy tan lejos de tomarlos por modelos, tan lejos de mirarlos como dignos atenienses, que si se me preguntase qué beneficio he hecho por la patria, no citaría los buques armados a mis expensas, ni mis funciones de corego, ni mis donativos, ni los prisioneros que he rescatado, ni otros servicios de esta índole; respondería en dos palabras: Mi administración no se parece en nada a la de estos hombres. Pudiendo como tantos otros acusar, demandar, pedir recompensas para este y confiscaciones para aquel, jamás he descendido a hacerlo, jamás el interés o la ambición me llevaron a este terreno. Por el contrario, insisto en los consejos que, dejándome por bajo de muchos ciudadanos, os elevarían, si los siguieseis, por encima de todos los pueblos. Creo poder expresarme de este modo sin despertar la envidia. No; no puedo conciliar el carácter del verdadero patriota, con un sistema político que me colocaría rápidamente en el puesto más elevado, y a vosotros en el último de la Grecia. La administración de los oradores leales debe engrandecer a la patria, y el deber de todos consiste en proponer siempre, no la medida más fácil, sino la más saludable; para marchar hacia la primera bastaría el instinto, mientras que para ser impulsado hacia la segunda, se necesitan las poderosas razones de un orador consagrado al bien público.

Oigo decir, últimamente: «Los consejos de Demóstenes son siempre los más acertados; pero, después de todo, ¿qué ofrece a la patria? Sólo palabras, y se necesitan acciones.» Atenienses, responderé con franqueza. La misión del consejero del pueblo consiste en emitir sabias opiniones; no tiene que ir más allá en sus actos. La prueba de esto me parece fácil. Sabréis, sin duda, que en otro tiempo el célebre Timoteo habló al pueblo sobre la necesidad de socorrer la Eubea y librarla del yugo tebano. «¡Y qué!, dijo entonces, ¡los tebanos están en la isla vecina y vosotros deliberáis! ¿No cubrís el mar con vuestras naves? ¿No voláis desde esta ciudad al Pireo? ¿No dirigís hacia el enemigo todas vuestras proas?» Tales fueron, sobre poco más o menos, sus palabras: vosotros, atenienses, os pusisteis en movimiento, y por este concurso la obra fue terminada. Pero si mientras Timoteo proponía la medida más saludable, hubiese la pereza cerrado vuestros oídos, ¿habría obtenido Atenas los resultados que tanto la honraron entonces? ¡No, ni uno siquiera! Pues bien, esto mismo debe suceder hoy con mis palabras y con las de cualquiera otro: exigid del orador el talento del bueno consejo; pero la ejecución no la pidáis sino a vosotros mismos.

Voy a resumir y a dejar la tribuna. Imponed contribuciones; asegurad la existencia de vuestro ejército; corregid los abusos que veáis en él, pero no lo licenciéis por acceder a las acusaciones del primero que llega; enviad por todas partes diputados que instruyan, que adviertan, que sirvan al Estado con todas sus fuerzas; haced más aún, castigad a los oradores asalariados para perderos; en todo tiempo y en todo lugar, perseguidlos con vuestro odio, a fin de demostrar que, por sus buenos consejos, los oradores virtuosos e íntegros han merecido bien de sus conciudadanos y de ellos mismos. Si os gobernáis de esta suerte, si no volvéis a dejarlo todo en abandono, acaso atenienses, acaso en el porvenir tomen los acontecimientos un curso más venturoso. Pero si, siempre inactivos, limitáis vuestro celo a aplaudir tumultuosamente; si retrocedéis cuando es necesario obrar, no hay elocuencia que, sin el cumplimiento de vuestro deber, pueda salvar la patria.


[1] ¡Demóstenes general! Él mismo protestó en Queronea contra este voto de confianza. Otra frase de Filipo, referida por Plutarco, nos indica que este dicho debe tomarse en serio. «Los discursos de Isócrates, decía, huelen a la espada; los de Demóstenes respiran la guerra.» (Nota de Stievenart.

Demóstenes – SEGUNDA FILÍPICA

Audio en castellano

Atenienses:

1.       Cuando se os habla de las intrigas de Filipo y de sus continuos atentados contra la paz, los discursos en los que se hace vuestra alabanza os parecen, yo lo veo, evidentemente dictados por la virtud y la justicia; y las invectivas contra Filipo tienen siempre a vuestros ojos el mérito de la oportunidad. Pero entre tanto, ¿qué es lo que hacéis? Nada, yo me atreveré a decirlo; nada que corresponda al entusiasmo con que oís a vuestros oradores. Así, todos los sucesos se encuentran ya tan adelantados, que cuanto más se os muestra claramente a este príncipe, tan pronto violando la paz ajustada con vosotros, tan pronto preparando la esclavitud de toda la Grecia, tanto más difícil se hace el aconsejaros las medidas necesarias. ¿En qué consiste esto? En que para detener en su marcha a un usurpador se necesitan, atenienses, acciones y no palabras. Y sin embargo, en esta tribuna nos separamos del objeto interesante y temblamos de redactar un decreto y de apoyarlo: ¡tanto es el miedo que nos infunde vuestra desgracia! Pasamos revista a todos los crímenes de Filipo, medimos toda su deformidad; y ¿qué hay, en fin, que no digamos? Por vuestra parte, tranquilamente sentados, si se trata de exponer sólidas razones o de aceptar las que se os presentan, lleváis, desde luego, ventajas sobre Filipo: pero ¿se trata de hacer que fracasen sus empresas actuales? Entonces continuáis sumidos en la inacción. De aquí que, por una consecuencia tan natural como inevitable, vosotros y este príncipe sobresalís: él por la acción y vosotros por la palabra. Si pues hoy todavía os basta con hablar del derecho, esta tarea no exigirá un grande esfuerzo; pero si conviene meditar sobre los medios de imprimir otro curso a los asuntos públicos, de detener los progresos insensibles de un mal siempre creciente, las amenazas de un poder colosal, contra el cual la lucha se haría más tarde imposible, preciso es que cambiemos de método en nuestras deliberaciones: todos de concierto, oradores y oyentes, prefiramos las medidas eficaces y salvadoras a las fáciles declamaciones que nos encantan.

         Y desde luego que si alguno de vosotros, atenienses, ve en toda su magnitud los inmensos progresos de la dominación de Filipo y no encuentra en ellos ningún peligro para la patria, ninguna tempestad que se está fraguando sobre nuestras cabezas, yo admiro su manera de ver las cosas; pero os conjuro a todos a que escuchéis, en pocas palabras, las razones que me inducen a pensar lo contrario, a ver siempre un enemigo en el Macedonio. Si me juzgáis más previsor que los demás, seguiréis mis consejos; si el porvenir os parece mejor presentido por los que descansan intrépidamente sobre la fe de este príncipe, a tiempo estaréis de seguir los suyos.

 

2.      Empiezo considerando, atenienses, las invasiones hechas por Filipo tan pronto como se ajustó la paz. Dueño de las Termópilas, se apoderó de la Fócida. ¿Qué hizo enseguida? ¿Cómo usó de sus ventajas? Quiso mejor servir los intereses de los tebanos que los de Atenas. ¿Y por qué procedió así? Porque dirigiéndose todas sus miras no a la paz, no a la justicia, sino al furor de engrandecerse y subyugarlo todo, ha comprendido perfectamente, en vista de la política de Atenas y de su noble carácter, que jamás promesas pomposas ni servicios de ninguna clase os arrastrarán a sacrificarle, por un miserable egoísmo, ninguno de los pueblos de la Grecia; y que si por el contrario osara atacarles, el celo de la justicia, el temor de un oprobio indeleble y la previsión de todos los resultados os lanzarían contra él con tanto ardor como si la guerra se hubiese encendido de nuevo. En cuanto a los tebanos, contaba con que unidos a él por el agradecimiento, lo abandonarían todo a su capricho, y lejos de entorpecer su marcha, a la primera señal que les hiciese se irían a engrosar su ejército. Hoy aún trata como amigo a los mesenios y a los argivos, porque ha concebido de ellos la misma idea, lo cual es, ¡atenienses!, vuestro más cumplido elogio. Estos hechos os juzgan, proclamándoos los únicos entre todos los pueblos que sois incapaces de vender la libertad de la Grecia y de cambiar por ningún favor ni servicio la gloria de ser su baluarte.

 

3.      Pero esta opinión tan alta de Atenas y tan deshonrosa de Argos y de Tebas la encuentra Filipo apoyada en la razón, en el espectáculo del presente y en las reflexiones que nacen del pasado. Sin duda la historia y la fama le han hecho conocer que, pudiendo vuestros antepasados adquirir el imperio de la Grecia a condición de librarla del gran rey, lejos de aceptar esta oferta hecha por Alejandro, uno de sus antepasados, que fue instrumento de esta negociación, abandonaron su ciudad, despreciaron todos los peligros y enseguida ejecutaron aquellos hechos heroicos, que todos se complacen en referir y que nadie ha referido tan dignamente como su grandeza merece. Así, pues, yo guardaré silencio ante una gloria que la palabra humana no sabría celebrar. En cuanto a los antepasados de los tebanos y los argivos, Filipo sabe que ayudaron al bárbaro, los unos con su espada y los otros con su neutralidad. Ha comprendido, pues, que satisfechos estos dos pueblos con cuidarse de su propio interés, no estiman en nada los intereses comunes de la Grecia. De aquí concluye que ligarse a vosotros por los lazos de la amistad sería ligarse a la justicia; y que la unión con los argivos y tebanos le proporcionará brazos para la obra de sus usurpaciones. Tal es el motivo de la preferencia que les ha dispensado, y que todavía les dispensa sobre vosotros. Además no ve en ellos, considerados separadamente, fuerzas navales superiores a las vuestras; ese imperio que el continente le ha ofrecido no aparta su pensamiento del imperio de los mares y de las plazas marítimas, y no olvida, por último, las protestas que le ha sido necesario hacer para conseguir de vosotros la paz.

 

4.      «Filipo –se dirá– sabía todo esto; pero es indudable que ni la ambición ni ninguno de los motivos que le suponen dirigieron entonces su conducta; lo que únicamente hay aquí es que creyó las pretensiones de los tebanos más justas que las nuestras.» Atenienses: entre todos los pretextos, éste es el único que no puede alegar hoy. ¡Qué! El que ordena a los lacedemonios no inquietar a Mesena ¿pretenderá haber obrado sólo por un principio de equidad cuando entrega a los tebano Orcomeno y Coronea?

         «¡Pero se vio obligado a ello!» –último recurso de sus apologistas–: pero entregó estas dos plazas sorprendido, rodeado por la caballería tesalia y por la gruesa infantería de Tebas. Muy bien. Se dice, en consecuencia, que los tebanos se le van a hacer sospechosos; se inventa y se publica por todas partes que debe muy pronto fortificar a Elatea. Todo esto se halla en el porvenir, y podéis creer que allí permanecerá largo tiempo. Pero la reunión de sus fuerzas con las de Argos y Mesena para caer sobre los lacedemonios es cosa que pertenece al presente. Ya hace partir sus tropas extranjeras, envía fondos y se le aguarda en persona a la cabeza de un poderoso ejército. Así, pues, se propone destruir a Esparta porque es enemiga de los tebanos; y a esa Fócida, que no ha mucho subyugó, ahora la levanta de su abatimiento. ¿Quién lo creería jamás? Por mi parte, creo que si Filipo hubiese favorecido a los tebanos obligado por la fuerza, no se encarnizaría tan obstinadamente contra los enemigos de éstos. Pero su conducta actual atestigua claramente que entonces sus acciones fueron libres y calculadas. Además, una mirada dirigida a toda su política basta para descubrir las laboriosas intrigas que procurar enderezar todos sus tiros contra Atenas; y afirmo que ahora tiene, para hacerlo así, una especie de necesidad. Reflexionemos, en efecto: aspira a dominar, y no encuentra en esta carrera más adversario que vosotros. Desde hace mucho tiempo insulta vuestros derechos, y en el fondo de su corazón lo siente, puesto que nuestra antiguas plazas, que hoy tiene en su poder, cubren todas sus demás posesiones. Si perdiese a Anfípolis y Potidea, ¿se creería seguro en su propio reino? Dos cosas son, pues, indudables: la una que os tiende lazos, y la otra que vosotros los conocéis;  pero aunque ve vuestra prudencia, presume que le tenéis un odio merecido, y el suyo se irrita ante el peligro de un golpe funesto que puede partir oportunamente de vuestras manos si no se apresura a herir el primero. Penetrado de esta idea, vela en el punto desde el cual amenaza a Atenas y halaga a los tebanos y a sus cómplices del Peloponeso, juzgándolos demasiado dispuestos a venderse para que no se contenten con el interés del momento, y demasiado estúpidos para prever y temer los males del porvenir. Y sin embargo, con un poco de juicio, se pueden observar ejemplos sorprendentes, que tuve ocasión de exponer a los mesenios y a los argivos, y que quizá sea más útil todavía el presentarlos ante vosotros.

 

5.      «Pueblo de Mesena, decía yo, ¿con qué indignación no habría oído Olinto a cualquiera que hubiese hablado, dentro de sus muros, contra Filipo cuando este le entregaba la plaza de Antemonte, tan estimada por todos los reyes sus predecesores; cuando le donaba a Potidea después de haber desalojado la colonia de Atenas, y cuando dominado por su odio contra nosotros le cedía la posesión de esta comarca? ¿Temería sufrir tales desgracias? ¿Habría dado crédito a las palabras de quien se las hubiese anunciado? No; vosotros no podéis suponerlo. Y sin embargo, después de haber gozado un poco tiempo del bien ajeno, ved a los olintios para mucho tiempo despojados por Filipo de sus bienes propios; vedles abatidos, deshonrados, vencidos, ¿qué digo vencidos? acusados y vendidos los unos por los otros. ¡Tan peligroso es a las repúblicas el familiarizarse con sus déspotas! Y los tesalios, por su parte, ¿podrían temer, cuando Filipo los libraba de sus tiranos y les cedía las ciudades de Nicea y Magnesia; podrían temer el verse sometidos a tetrarcas, como hoy s encuentran, o que el mismo que los restituía en sus derechos de anfictiones les recogiese sus propias rentas? ¡He aquí, no obstante, lo que se ha hecho a los ojos de toda la Grecia! Ya veis como desempeña Filipo su papel de protector desinteresado y justo. Haced votos por no conocer jamás a este hombre, que con sus pérfidos manejos ha engañado muchos pueblos. Para la guarda y conservación de las ciudades, les seguía diciendo, el arte ha multiplicado los medios de defensa, tales como empalizadas, murallas, fosos y otras mil fortificaciones, que todas ellas exigen muchos brazos y gastos inmensos. En el corazón de los hombres prudentes la naturaleza levanta también un baluarte; en él la salud de todos está asegurada; en él las repúblicas, especialmente, encuentran una defensa inexpugnable contra los tiranos. ¿Sabéis qué baluarte es ese? La desconfianza. Que sea vuestra compañera, que sea vuestra égida, y mientras logréis conservarla la desgracia se mantendrá lejos de vosotros.  Y por otra parte, ¿no es también la libertad lo que buscáis? ¡Oh! Pero ¿no veis que los títulos mismos de Filipo la combaten? Sí, todo rey, todo déspota es enemigo nato de la libertad, enemigo de las leyes. ¡Al procurar libraros de la guerra, temed no caigáis en las manos de un amo!»

        

6.      Después de haber reconocido con ruidosas aclamaciones la verdad de estas palabras; después de haber oído muchas veces el mismo lenguaje de boca de otros diputados, en mi presencia y probablemente después de mi partida, estos pueblos no siguieron menos ligados a la amistad y a las promesas de Filipo. Sin que nadie se sorprendiese, los mesenios y gentes del Peloponeso influyeron contra el partido que se les demostró ser el más conveniente; pero vosotros, atenienses, que descubrís por vuestras propias luces y por mis palabras los mil lazos de que se os rodea, ¿caeréis, vendidos por vuestra indolencia, en el abismo que veo abierto a vuestros pies? ¡Es necesario no sacrificar al reposo y al placer del momento la suerte del porvenir!

         Respecto de las medidas que hay que adoptar obraréis sabiamente deliberando más tarde sobre ellas. Pero hoy ¿qué respuestas conviene decretar? Helas aquí:

         (Lectura de un proyecto de decreto.)                                                                          Sería justo, atenienses, denunciar en este decreto los portadores de noticias que os indujeron a concluir la paz. Yo mismo no habría podido resolverme a aceptar la embajada, y estoy cierto de que vosotros tampoco habríais depuesto las armas si os hubieseis figurado cuál había de ser la conducta de Filipo después de hecho el convenio. Entre estas conductas y aquellas promesas, ¡qué diferencia existe! Hay otros hombres a los que también es preciso denunciar. Me refiero a aquellos que después de la conclusión de la paz, a la vuelta de mi segunda embajada para el cambio de los juramentos, y cuando viendo a mi patria fascinada protesté contra la traición y me opuse al abandono de las Termópilas y de la Fócida, decían que Demóstenes, bebedor de agua, debía ser un hombre de carácter áspero y fatalista; que Filipo, después de haber franqueado el Paso, no tendría más voluntad que la vuestra, fortificaría a Tespias y Platea, reprimiría la insolencia tebana, abriría un camino a su costa en el Quersoneso y os entregaría a Oropos y la Eubea en equivalencia de Anfípolis.

         Sí, todo esto se os dijo aquí, en esta tribuna; y sin duda que lo recordáis, aunque sea flaca vuestra memoria respecto de los traidores; y para colmo de ignominia, vuestro decreto mata las esperanzas de vuestros descendientes, ligándolos a esta paz: ¡tan completo fue el dolo con que se hizo!

 

7.      Pero ¿para qué recordar ahora aquellos discursos? ¿Para qué pedir la acusación de aquellos hombres? Voy a contestar sin embozo ni doblez; ¡el cielo es testigo de ello! No quiero bajarme hasta la injuria, porque la provocaría en justa recompensa contra mí; no quiero proporcionar a los que desde el comienzo me han perseguido un nuevo motivo para que Filipo les abone un suplemento de salario, no quiero, en fin, entretenerme en vanas declamaciones; pero veo que en el porvenir los atentados de Filipo van a causaros más vivas inquietudes que en la actualidad. Sí, los progresos del mal saltan a mi vista. ¡Ojalá sean falsas mis conjeturas! Pero tiemblo ante la idea de que ya estemos tocando un término fatal. Cuando no os sea posible desentenderos de los acontecimientos, cuando sepáis, no por las palabras de Demóstenes ni de ningún otro orador, sino por el testimonio de vuestros ojos, por la evidencia de los hechos, que se trama vuestra ruina, entonces la cólera sin duda os hará correr a la venganza. Pero temo que, habiendo vuestros embajadores ocultado en el silencio todo lo que su conciencia les denunciaba como encaminado a la obra de su corrupción, vuestro enojo caiga sobre los ciudadanos que se esfuerzan por reparar una parte de los males que esa misma corrupción ha producido. Porque veo entre vosotros más de uno que se halla pronto a descargar su furor, no sobre el culpable, sino sobre la primera víctima que alcance su mano.

         Así, mientras que la tempestad se forma sin estallar todavía; mientras que tomamos consejo los unos de los otros, yo quiero, a pesar de la notoriedad pública, recordar a todos los ciudadanos al hombre cuyas sugestiones os hicieron abandonar la Fócida y las Termópilas: resolución funesta, que abriendo al Macedonio los caminos de Atenas y del Peloponeso, os ha reducido a deliberar, no sobre los derechos de la Grecia, ni sobre los asuntos del exterior, sino sobre vuestro propio territorio y sobre la guerra contra el Ática; guerra cuyas calamidades no se tocarán hasta que haya empezado la lucha, pero que datan del día de la traición; porque si desde entonces no hubieseis sido pérfidamente engañados, Atenas no tendría ahora nada que temer. Demasiado débil por mar para intentar un desembarco en el Ática, y por tierra para apoderarse con las armas de las Termópilas y de la Fócida, o Filipo inmóvil habría respetado la justicia y renunciado a la guerra o habría permanecido con las armas en la mano en las mismas posiciones que le habían obligado antes a desear la paz.

         He dicho lo suficiente para despertar vuestros recuerdos. ¡Libradnos, dioses inmortales, de la prueba más evidente de tantas perfidias! ¡Ni contra el mayor de los culpables, aunque mereciese la muerte, provocaría yo un castigo comprado a costa del peligro de todos, a costa de la ruina de Atenas!       

              

 

Demóstenes – TERCERA OLINTIANA

Yo creo, ¡oh atenienses!, que más bien que grandes riquezas preferiríais conocer claramente el partido más útil a la República, en medio de los acontecimientos que llaman vuestra atención. Animados de este deseo, debéis sentiros ávidos de oír a los que quieren aconsejaros; porque si alguno os revelase pensamientos acertados, no solamente los aprovecharía todo el auditorio, sino, lo que es mayor fortuna para vosotros, muchos improvisarían entonces consejos oportunos, y el bien público, esclarecido por su concurso, haría que vuestra elección fuese fácil.

La ocasión presente parece elevar la voz y gritar: «¡Atenienses, si estimáis vuestra seguridad, disponeos a conservarla por vosotros mismos!» Y por vuestra parte… ¡no puedo entrever, sobre este asunto, vuestro pensamiento! He aquí el mío: decretad al instante la defensa de Olinto, disponer rápidamente los preparativos, hacer partir los socorros de la ciudad misma de Atenas y no sufrir más lo que anteriormente hemos sufrido. Que una embajada vaya a anunciar estas medidas y que todo lo vigile en los lugares mismos de las operaciones. Temed, temed sobre todo que este monarca insidioso, demasiado hábil para aprovecharse de las coyunturas favorables, cediendo cuando se vea obligado a ello, amenazando otras veces (en cuyos casos parecerá digno de fe) y calumniando, en fin, nuestra conducta y nuestra ausencia, saque un gran partido de la confederación helénica. ¡Cosa extraña, atenienses! Lo que parece hacer inexpugnable la posición de Filipo, es precisamente vuestro más firme apoyo. Ser dueño absoluto de todas sus operaciones públicas y secretas; reunir en su persona el tesorero, el general y el déspota, y encontrarse siempre a la cabeza del ejército, son los medios de hacer una expedición militar más rápida y segura; pero al mismo tiempo, ¡cuántos obstáculos no le impiden esa reconciliación que ansía jurar a los olintios! Les ha hecho ver claramente que combaten hoy, no por la gloria, ni por una parte del territorio, sino por evitar su expulsión y la esclavitud de su patria. Ellos saben lo que hizo con los anfipolitanos que le entregaron su ciudad, y con los de Pidan, que lo habían acogido como amigo; porque, para decirlo todo en una palabra, la tiranía, que es siempre sospechosa a las repúblicas, lo es más aún cuando toca a sus fronteras.

Vosotros, pues, ¡oh atenienses!, que conocéis estos peligros y estáis animados de nobles sentimientos, sabed que si alguna vez debéis, con voluntad firme, animaros, consagraros a la guerra, contribuir a ella con vuestros bienes y personas y hacerlo todo por vosotros mismos, es en la ocasión presente o nunca. Ya no os queda motivo ni pretexto para eludir el cumplimiento de vuestro deber. Todos decíais unánimes: «Armemos a los olintios contra Filipo.» Pues bien, ellos se arman por sí mismos, proporcionándonos una gran ventaja. Porque si hubiesen emprendido esta guerra por acceder a vuestras peticiones, procediendo como versátiles aliados, la conformidad de sus sentimientos con los vuestros habría sido pasajera; pero aborrecen a Filipo por los atentados que en ellos ha cometido, y no dudéis que un odio causado por males que se temen, por males que se padecen es un odio inextinguible.

Guardaos, pues, ¡oh atenienses!, de desperdiciar la ocasión afortunada que se os presenta y de volver a incurrir en la misma falta que tantas veces habéis cometido. Si cuando regresamos de socorrer la Eubea; cuando Estratocles y Hierat de Anfípolis os exhortaban desde esta tribuna a que enviaseis vuestra escuadra a recibir su ciudad bajo vuestras leyes hubiésemos tenido por nosotros mismos el celo ardiente que nos hizo salvar a los eubeos, Anfípolis estaría con nosotros y os habríais librado de todos los inconvenientes que siguieron a su pérdida. Del mismo modo también, si cuando supisteis el asedio de Pidna, Potidea, Medona, Pagagses y de otras plazas que sería largo enumerar hubiésemos volado al primer ataque, para rechazarlo de una manera digna de la República, tendríamos ahora un Filipo más humilde y más fácil de vencer. Pero lejos de obrar así, descuidando sin cesar el presente y aguardando que el porvenir mejore, sin poner nada de nuestra parte, el curso de los acontecimientos, hemos engrandecido a Filipo hasta un grado que jamás alcanzó ningún rey de Macedonia. Pero hoy la fortuna vuelve de nuevo hacia nosotros. ¿Preguntáis cómo? Arrojando a Olinto en vuestros brazos y concediéndoos así una ventaja superior a cuantas las ocasiones precedentes os han ofrecido.

Someted, atenienses, a un examen escrupuloso todos los favorees que hemos recibido de los inmortales, por más que casi siempre los hayamos convertido en nuestro daño, y sentiréis hacia el cielo un justo y profundo reconocimiento. ¿Contestaréis a esto que habéis sufrido numerosas pérdidas en la guerra? ¡oh! ¿Quién no conocerá que dependen solo de nuestra incuria? Pero la dicha de no haberlas experimentado más pronto, la ocasión de una alianza capaz de repararlo todo, siempre que os aprovechéis de ella son, en mi juicio, pruebas seguras de la benéfica protección de los dioses. Sucede en esto lo que con los bienes: por todos los tesoros reunidos y conservados se experimenta hacia la fortuna una viva gratitud; pero si se disipan locamente, con ellos desaparece el recuerdo de los favores a que se deben. Así es como juzgamos la marcha de los asuntos. ¿Fracasan nuestros proyectos en el instante decisivo? Pues todo lo que han hecho los dioses en nuestro favor se olvida enseguida. ¡Tan cierto es que el último suceso es la regla ordinaria de nuestros juicios sobre los hechos anteriores!

Fijemos, pues, detenidamente la atención sobre lo que poseemos aún, para que levantándolo de sus ruinas borremos la vergüenza del pasado. Pero si ahora también rechazamos a estos hombres[1] – y el Macedonio destruye a Olinto, ¿qué obstáculo le detendrá en lo sucesivo? ¿Hay alguno entre nosotros, ¡oh atenienses!, que conozca todos los grados por los cuales, débil Filipo en su origen, se ha elevado a tanta altura? Toma primero a Anfípolis, enseguida a Pidna, más tarde a Medona, y al fin se arroja sobre la tesalia; destruye a Faros, Pagases y Magnesia, y para coronar su obra se precipita sobre la Tracia. Allí, después de haber destronado y coronado reyes, cae enfermo. ¿Creéis que la convalecencia le inclinará al reposo? Lejos de esto, vuela a atacar a los olintios. Dejemos sus campañas contra los lirios, contra los paonienses, contra Arimbas y contra otros mil. ¿A qué conduce este cuadro?, se preguntará. Atenienses, conduce a haceros sentir los funestos efectos del abandono sucesivo de todas vuestras ventajas y a haceros conocer esa ambición infatigable, alma y vida de Filipo, que le arma contra todos los Estados, que despierta en él una sed insaciable de conquistas y que le hace el reposo imposible. Pero si él se propone ejecutar sin dilación los más vastos designios y vosotros continuáis sin emprender nada con vigor, temed, atenienses, el éxito que este combate prepara a vuestro porvenir… ¡Oh cielos? ¿Quién de vosotros será tan ciego que no vea la guerra que pasará de Olinto a Atenas si la descuidamos? ¡Ah! Si tales son nuestros destinos, temo que semejantes a esos imprudentes que después de buscar en la usura una opulencia pasajera se ven al fin despojados de su patrimonio, nosotros aparezcamos también pagando muy cara nuestra cobarde pereza; y tiemblo asimismo de que por conservar a toda costa este agradable descanso nos veamos reducidos a la necesidad imperiosa de ejecutar con dolor mil empresas antes rechazadas, y de que pongamos en peligro nuestra misma patria.

La censura, se dirá, es cosa fácil y común; pero lo que corresponde a un consejero del pueblo es trazar la conducta que piden las circunstancias presentes. Ya lo sé, atenienses; pero también que si el suceso no corresponde a vuestras esperanzas, no descargaréis vuestra cólera sobre los verdaderos culpables, sino sobre los últimos oradores que os hayan hablado. Lejos de mí, sin embargo, el callar lo que me parece ventajoso para vosotros, aunque obrando así comprometa mi seguridad. Digo, pues, que se necesita un doble esfuerzo para salvar las ciudades olintianas enviándoles tropas encargadas de su defensa y para devastar los Estados de Filipo con vuestra escuadra y otro ejército. Si omitís uno de estos medios, temo que vuestra expedición sea infructuosa. ¿Os limitaréis a asolar el territorio enemigo? Filipo, impasible, tomará a Olinto y se vengará fácilmente a su vuelta. ¿Creéis hacer bastante con socorrer a los olintios? Tranquilo entonces por sus dominios, se irritará contra su presa, la rodeará de emboscadas y con el tiempo se apoderará de ella. Es necesario, pues, un esfuerzo poderoso, un esfuerzo duplicado. Tal es mi parecer.

Respecto de los recursos pecuniarios, vosotros, ¡oh atenienses!, tenéis para la guerra más fondos que ningún otro pueblo; pero distraéis su inversión obedeciendo a caprichosos deseos. Si los destináis únicamente al ejército, bastarán para sostenerlo; si no, no tendréis bastante, o mejor dicho, no tendréis nada. ¡Qué!, se me dirá, ¿propones un decreto para aplicar estos fondos a los gastos de la guerra? No, de ninguna manera; ¡pongo por testigos a los dioses! Pienso solamente que es necesario armar soldados, que es indispensable un tesoro militar, y que ha llegado el tiempo de subordinar las prodigalidades públicas al servicio de la patria. Vosotros, al contrario, ociosos ciudadanos, ¡disipáis las riquezas públicas en fiestas y diversiones! No queda, pues, más remedio que contribuir todos con un crecido impuesto, si es necesario, o con un pequeño subsidio si no es menester más. Porque lo cierto es que hace falta dinero y que sin dinero no saldréis jamás de los apuros presentes. Otros medios se os proponen también: elegid entre todos; pero mientras es tiempo todavía, poned manos a la obra.

Una cosa que es necesario examinar y reducir a su justo valor es la posición actual de Filipo. No es tan brillante ni afortunada como podría creer cualquiera que no la haya observado de cerca. Jamás el Macedonio habría motivado esta guerra si hubiera previsto que había de verse obligado a desenvainar la espada. Al arrojarse sobre su presa esperaba devorarla por completo en un momento; pero se ha visto burlado. El suceso que ha engañado sus esperanzas le desconcierta y desanima. Añadid a esto el movimiento de los tesalios. Esta raza, pérfida siempre con todos, se aplica a engañarle a su vez. Han reclamado a Pagases por un decreto y le han impedido fortificar a Magnesia. He sabido también por muchos de ellos que en lo sucesivo no le dejarán percibir los derechos sobre sus mercados y sus puertos, porque los destinan a las necesidades de su confederación y no a la rapacidad de Filipo. Desprovisto de estos recursos, se verá en la mayor angustia para pagar a sus mercenarios. Creed también, creed que para el Paoniense y para el Ilirio la libertad tendrá muchos más encantos que la servidumbre. No están aún acostumbrados al yugo, y dicen que este hombre acompaña el mando con el ultraje. ¡Por Júpiter!, es preciso creerles; porque la prosperidad, colocada indignamente sobre una cabeza insensata, produce en ella la soberbia y el error; y en esto consiste que frecuentemente parezca más difícil conservar que adquirir.

Comprendiendo, pues, ¡oh atenienses!, que los descontentos de vuestro enemigo son una buena fortuna para vosotros, unid prontamente vuestra causa a la de los demás pueblos. Enviemos diputados a todas partes donde su presencia sea necesaria, marchemos nosotros mismos e inflamemos la Grecia. ¡Ah! Si Filipo encontrase contra nosotros una ocasión tan propicia; si la guerra se encendiese en nuestras fronteras, ¡qué ávidamente se precipitaría sobre Atenas! Y sin embargo, vosotros, a quienes la ocasión llama, ¡no os avergonzaréis de evitarle los males que os haría sufrir si estuviese en vuestro caso! Sobre todo, no pongáis en duda, ¡oh atenienses!, que ha llegado el día de escoger entre llevar la guerra al país enemigo o sufrirla en el vuestro. Si Olinto resiste, entonces podréis combatir; y mientras devastáis los dominios del bárbaro, vuestras tierras y vuestra patria estarán seguras. Pero si Filipo se apodera de la ciudad, ¿quién le detendrá en su marcha sobre Atenas? ¿Los tebanos? ¡Oh!, si este juicio no es muy severo, creo que ellos se lanzarían unidos a él contra vosotros. ¿Los focidenses? Sin vuestro socorro no pueden guardar su patria. ¿Qué otro pueblo, pues? Pero, se dirá, que Filipo no tiene este pensamiento. En este caso, ofrecería el absurdo de no ejecutar, en ocasión segura, una empresa que es el objeto actual de sus ambiciones, reveladas por su palabrería indiscreta. Entre tanto, cuán grande no es para vosotros la diferencia entre combatir dentro o fuera de vuestro territorio! Una sola prueba lo demuestra. Si os fuese necesario acampar fuera de los muros solamente un mes y hacer subsistir un ejército a costa de la Ática, aun en el caso de que estuviese libre de enemigos, las cargas pesarían sobre los cultivadores de vuestros campos excederían a los gastos de la guerra precedente. Pero si la guerra viene aquí por sí misma, ¿en cuánto calcularéis sus estragos? Añadid, para completarlos, el ultraje y el oprobio, azote el más cruel y temible, a lo menos para los hombres de honor.

Convencidos de estas verdades, socorramos a Olinto; llevemos la guerra a Macedonia; los ricos, para conservar con un ligero sacrificio el pacífico goce de los grandes bienes que poseen; los ciudadanos jóvenes, para hacer el aprendizaje de las armas en el país de Filipo, y preparar temibles defensores a la inviolabilidad de vuestro territorio; vuestros oradores, en fin, para aligerar el peso de su responsabilidad, pues según sea el resultado de los asuntos, así será vuestro juicio sobre su administración. ¡Ojalá esto pueda realizarse por el concurso de todos!


[1] El orador indicaría, sin duda, con el gesto y el ademán a los embajadores de Olinto.

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Demóstenes – SEGUNDA OLINTIANA

No puedo menos de sorprenderme, ¡oh atenienses!, cuando comparo nuestra situación con los discursos que aquí oigo. ¡Sólo se os habla de castigar a Filippo!, y yo os veo reducidos a la necesidad de discurrir primero el modo de poneros a cubierto de sus insultos. Así, pues, los que usan tal lenguaje, no hacen, en mi juicio, nada más que extraviarse apartando vuestra deliberación de su verdadero objeto. Ciertamente que Atenas ha podido otras veces tener su imperio al abrigo de todo peligro y castigar a Filippo: tengo la certidumbre de ello, porque no ha transcurrido mucho tiempo desde entonces, y recuerdo la época en que se hallaba en situación de hacerlo así. Pero estoy convencido de que en la actualidad es bastante para nosotros el defender a nuestros aliados. Conseguido este primer objeto, podremos descubrir enseguida los medios de asegurar nuestra venganza; pues mientras que el principio no está sólidamente asegurado, es inútil, a lo que yo pienso, ocuparse del fin.

         Si alguna deliberación merece una atención invariable y profunda, y una prudencia consumada, es, atenienses, esta que nos ocupa. No porque crea muy difícil indagar lo más conveniente en esta ocasión, sino porque ignoro, ¡oh mis conciudadanos! la manera de presentarlo ante vosotros. Me he convencido por mí mismo y por los demás oradores, de que la fortuna os ha vuelto la espalda, por no haber querido cumplir con vuestros deberes, más frecuentemente que por no haberlos comprendido. Si algunas veces he hablado con atrevimiento, créanme que es digno de que me lo dispensen, de que únicamente consideren si es verdad lo que les digo, y si mi objeto no consiste en hacer vuestro porvenir más próspero. Han visto que las adulaciones de algunos oradores han abierto el abismo en que va a hundirse la República. Pero ante todo, es indispensable recordarnos algunos hechos anteriores.

         Recordarán, atenienses, que hace tres o cuatro años, se anunció que Filippo asediaba en Tracia el fuerte de Hereum: era por los meses de septiembre y octubre. Después de largos y borrascosos combates, decretasteis armar cuarenta trirremes, el embarque de los ciudadanos hasta la edad de 45 años, y una contribución de 60 talentos. Sin embargo de esto, transcurrió aquel año y llegaron los meses de agosto y septiembre del siguiente, en cuya época, con gran trabajo y después de la celebración de los misterios, hicisteis partir a Caridemo con 10 naves vacías y cinco talentos de plata. Esto consistió en que, apenas supisteis la enfermedad y la muerte de Filippo, (pues ambas noticias circularon) creísteis superfluo todo socorro y dejasteis las armas. Aquél era, sin embargo, el instante propicio; y si hubiésemos corrido al campo del combate con el ardor que anunciaba vuestro decreto, hoy ya no sentiríamos ningún cuidado por ese Filippo que entonces se salvó. Este suceso es, sin disputa, inolvidable; pero habiendo llegado el momento oportuno de otra guerra, sino os recuerdo aquella falta, es para que no volváis ahora a cometerla. ¿Cómo, pues, atenienses, procederemos en las circunstancias que la fortuna nos ofrece? ¡Oh, sino socorréis a Olinto con todas vuestras fuerzas, con todo vuestro poder, pensar que sólo habéis tomado las armas en servicio del Macedonio!

         Olinto había venido a ser una potencia, y por un efecto de su posición política, Filippo y ella se observaba con una recíproca desconfianza. La paz se negoció entre nosotros y los olintios. Era para el Macedonio un contratiempo y un disgusto cruel en que una ciudad, dispuesta a atacarle, se hubiese reconciliado con Atenas. Pensamos entonces que era indispensable armar a sus habitantes contra el Príncipe. Pues bien, lo que todos pedisteis a gritos, helo aquí realizado, sin que importe como. ¿Qué falta, pues, de hacer, ¡oh atenienses!, si no enviar vuestros socorros con valor y ardimiento? Sin hablar del oprobio que nos cubrirá si hacemos traición a semejantes intereses, no puedo entrever el porvenir sin sobresalto. Veo a los tebanos que nos acechan; a los focidenses empobrecidos y arruinados, y a Filippo, una vez destruida Olinto, libre de los obstáculos que le impidan arrojarse sobre el Ática. El ateniense que aguarde esto para cumplir con su deber, quiere llamar sobre su patria las calamidades de que sólo debía sentir un eco lejano; quiere verse precisado a mendigar protectores para sí mismo, cuando desde el presente podría ser el protector de muchos pueblos. ¡Oh! ¿Quién de nosotros ignora que este será nuestro destino si despreciamos hoy la fortuna?

         Sí, se dirá,  todos sabemos que son indispensables los socorros, y estos socorros serán decretados; pero, ¿y los medios de adquirirlos? Esto es lo que deseamos que nos indiques. No se sorprendan, ¡atenienses!, si emito un parecer extraño para mayor parte de vosotros: nombren revisores de las leyes: con esto no establecerán ninguna nueva, pues yo creo que tenéis demasiadas, pero las que hoy nos perjudiquen pueden derogarse. Nombraré sin rodeos las leyes teatrales y las leyes militares, que son las que en vanos espectáculos sacrifican el sueldo del ejército, a los ociosos que quedan en sus casas; las que asegura la impunidad al soldado refractario y desaniman, por esto sólo, al soldado fiel. Rompan esas ligaduras, para que la voz del bien público pueda levantarse sin miedo al castigo, y pidan un promotor para los decretos cuya utilidad sea por todos vosotros reconocida. Sin esto no busquéis un orador que por serviros se condene a perecer a vuestras manos; no lo encontraréis, porque lejos de procurar un beneficio a la patria, el autor de una proposición de esta índole, sólo conseguiría atraer la persecución sobre su cabeza y hacer más temible en lo sucesivo el papel, ya peligroso, del leal consejero del pueblo. ¿Deben encargarse de suspender estas leyes funestas,  ¡oh atenienses!, los mismos que las han introducido? No, no, no es justo que un privilegio, precio extraño de tantas heridas hechas a la patria, pertenezca a estos culpables legisladores, mientras que, una medida que podría curarlas, y llamará castigo sobre el ciudadano que os dirija palabras de salud. Pero, antes de acordar esta reforma, persuadíos bien de que ninguno entre vosotros es bastante poderoso para atacar con impunidad semejantes leyes, ni bastante insensato para arrojarse en un precipicio que sus ojos ven abierto bajo sus pies.

         Guardaos también, atenienses, de desconocer la verdad de que un decreto no es nada sin la resolución firme de cumplir con energía lo que dispone. Ciertamente que si los decretos tuviesen la virtud de encadenaros a vuestros deberes o de ejecutar lo que en ellos se prescribe, no los hubieseis prodigado tanto para ser tan poco, o mejor dicho, para no hacer nada, y Filippo no hubiera repetido sus ultrajes por espacio de tantos años; pues hace mucho tiempo que vuestros decretos le hubiesen aplicado su castigo pero, ¡cuán de otro modo ha sucedido! Posterior en el orden de los tiempos a las deliberaciones y a los acuerdos, la ejecución es en realidad la primera en el orden de la importancia y la eficacia. Ella sola nos falta; tratemos pues de adquirirla. Hay entre vosotros ciudadanos capaces de aconsejaros dignamente, y para juzgar de sus palabras, vosotros sois, ¡oh atenienses!, los más perspicaces de los hombres. Si sois cuerdos, también del poder de la acción se encuentra hoy en vuestras manos. ¡Oh! ¿Qué momento más favorable podréis esperar? si no es el presente, ¿cuándo haréis lo que os conviene? ¿Creéis acaso que el usurpador no es ya dueño de todos los baluartes de la República? dejarlo aún que subyugue a Olinto sería condenarnos a la infamia. Aquellos a quienes juramos salvar si él los atacaba alguna vez, ¿no han sido ya atacados? ¿No es el agresor nuestro enemigo? ¿No es nuestro expoliador? ¿No es un bárbaro? ¿Quién será capaz de decir todos los males que nos ha causado? ¡Oh dioses! ¡Después de habérselo cedido todo, nosotros, cómplices de sus triunfos, preguntaremos quién es la causa de nuestra ruina! Porque ser demasiado que nos guardaremos muy bien de confesar que somos los culpables. En el peligro del combate, ¿quién es el fugitivo encontré a su propia cobardía? acusa a su general y a su camarada; lo acusa todo menos a sí mismo, y sin embargo, la pérdida de la batalla se debe a todos los fugitivos juntos. Cada uno dice a los demás que podían haberse mantenido firmes, y si todos lo hubieran hecho se habría vencido. Así pues, ¿se presenta un dictamen poco acertado? que otro se levante a combatirlo sin inculpar al preopinante. ¿Son las opiniones más sabias y prudentes las que se exponen? Seguidlas, bajo la égida de vuestra buena fortuna. Pero no tienen, mediréis, nada de agradable. Eso no es culpa del orador. ¡Oh! ¡Es muy fácil, atenienses, presentar en pocas palabras todos los objetos de nuestros deseos! Pero escoger un partido en las deliberaciones públicas, he aquí lo que es más difícil. Cuando todo no puede obtenerse, prefiramos al menos lo que nos sirve a lo que nos agrada.

         Pero si alguno, diréis, sin tocar a nuestros fondos teatrales, encontrase para el ejército otros recursos, ¿no sería esto preferible? que se demuestre que esto puede ser, y me confieso vencido. Pero sería un prodigio que no se ha visto ni se verá jamás, el de un hombre que después de haber disipado en futilezas su fortuna, estuviese aún para los gastos necesarios, rico de unos bienes que dejó de poseer. Puesto los propios deseos dan vida a semejantes esperanzas: ¡tan cierto es que el hombre se engaña fácilmente a sí mismo! ¡Tan cierto es que se persuade pronto de lo que desea! Pero con frecuencia la realidad desmiente nuestras quimeras.

         Fijad, pues, los ojos, ¡oh atenienses!, en vuestros verdaderos recursos, y veréis cómo es posible marchar sin que falte el sueldo. Descuidar, por no tener dinero, los preparativos militares y sufrir voluntariamente las más crueles afrentas; corre a las armas para oponerse a los griegos de Megara y de Corinto, y abandonar después las ciudades de los helenos a las garras de un bárbaro, por no tener pan para el soldado, no son cosas de un pueblo prudente, ni de un pueblo magnánimo.

         Con estas tristes verdades, no buscó gratuitamente enemigos entre vosotros, no; yo no soy tan insensato ni tan desdichado que provoque un odio que sería inútil a mi patria. Pero pienso que el deber del buen ciudadano es hacer oír la palabra que salva y no la palabra que lisonjea. He aquí los principios por los cuales se condujeron un Arístides, un Nicias, un Pericles y aquel cuyo nombre llevo[1]. Tales eran también, vosotros lo sabéis lo mismo que yo, los oradores de nuestros antepasados, cuya conducta se alaba en esta tribuna, sin que nadie trate de imitarla. Pero desde que se han visto aparecer esos oradores que os preguntan: ¿cuáles son vuestros deseos; con qué proposición puedo complaceros?, desde entonces sucede que por su interés particular, por vuestro placer de un momento, apuran la copa de la fortuna pública; la desgracia acude, ellos prosperan, y consiguen engrandecerse a costa de vuestra honra. Pero comparad, en sus puntos principales, vuestra conducta con las de vuestros padres. Este paralelo será corto y comprensible para todos; porque sin recurrir a modelos extranjeros, los grandes recuerdos de Atenas bastarán para manifestar su fortuna. Pues bien, estos hombres que no eran adulados por sus oradores, y que no eran tan tiernamente queridos de esos como vosotros lo sois de los vuestros, gobernaron cuarenta y cinco años a Grecia voluntariamente sumisa; depositaron más de 10.000 talentos en la Ciudadela, y ejercieron sobre el rey de Macedonia el imperio que corresponde a los griegos sobre un bárbaro; vencedores en persona por mar y por tierra, erigieron numerosos y magníficos trofeos; y fueron, en fin, los únicos entre todos los mortales que dejaron en sus obras una gloria superior a los golpes de la envidia. Esto hicieron puestos a la cabeza de los helenos: pero vedlos además en su patria como hombres públicos y simples ciudadanos. Para el Estado construyeron tan hermosos edificios, adornaron con tanta magnificencia un gran número de templos, y consagraron en sus santuarios tan nobles ofrendas, que no han dejado nada en que pueda sobrepujarles la posteridad. Para sí mismos fueron tan moderados, tan amantes de las virtudes republicanas, en cualquiera de vosotros que conociese las casas de Arístides, de Milcíades o de sus ilustres contemporáneos, las encontraría tan modestas como todas las demás. No era por elevarse a la opulencia por lo que dirigían el Estado, sino para aumentar la grandeza de la patria. Leales con los pueblos de la Grecia, religiosos con los dioses, fieles al régimen de igualdad cívica,  se elevaron por una senda segura a la cima de la prosperidad.

         Ved cuál fue la suerte de vuestros padres bajo los jefes que acabo de nombrar. ¿Cual es la que debéis ahora a vuestros complacientes gobernantes? ¿Es acaso la misma? ¿Ha cambiado poco? ¡Cuántas cosas pueden decirse sobre esto! Pero yo me limitaré a una. Solos, sin rivales, estando Esparta abatida, Tebas ocupada en otra empresa, sin ningún poder capaz de disputarnos el primer puesto, pudiendo, en fin, pacíficos poseedores de nuestros dominios, ser los árbitros de las naciones, ¿qué es, sin embargo, lo que hemos hecho? Hemos perdido nuestras propias provincias y disipado sin ningún fruto más de 1500 talentos; la guerra nos había unido a nuestros aliados, y vuestros consejeros os han privado de ellos con la paz; y nosotros, nosotros mismos hemos aguerrido a nuestro temible adversario. Si alguien lo niega, y comparezca aquí y me diga de dónde ha sacado su fuerza Filipo, sino que del seno mismo de Atenas. Concedido, se dirá; pero si nos debilitamos en el exterior, la administración interior es más floreciente. ¿Qué podrá citarse en apoyo de esto? Almenas blanqueadas de nuevo, caminos reparados, fuentes reconstruidas y otras bagatelas. Dirigid, dirigid vuestras miradas a los administradores de esas futilezas; unos han pasado de la miseria a la opulencia; otros de la obscuridad al esplendor, y alguno ha llegado a fabricarse suntuosos palacios que insultan a los edificios del Estado. En fin, cuanto más ha descendido la fortuna pública, más se ha elevado la de ellos. ¿Cuál es, pues, la razón de estos contrastes? ¿Por qué todo prosperaba otras veces, mientras que todo peligra hoy? Esto consiste en que el pueblo, haciendo la guerra por sí mismo, era el señor de sus gobernantes, el soberano dispensador de todas las gracias; en que gustaba a los ciudadanos recibir del pueblo los honores, las magistraturas y toda clase de beneficios. ¡Cuánto han cambiado los tiempos! Las gracias están en manos de los que gobiernan; todo se hace por ellos, y vosotros, ¡pueblo! – enervados, mutilados en vuestras riquezas, sin aliados, permanecéis como inferiores o como sirvientes; ¡muy dichosos si estos dignos jefes os distribuyen los fondos del teatro, o si os arrojan una menguada ración de comida! ¡Y para colmo de bajeza, besáis la mano que os da, como por generosidad, lo que sólo a vosotros pertenece! Ellos os aprisionan en vuestros propios muros, os entretienen con promesas, os amansan y habitúan a su capricho. Pero jamás el entusiasmo juvenil, jamás las valerosas resoluciones se inflaman en hombres sometidos a costumbres viles y miserables, porque la vida es necesariamente la imagen del corazón. Y os digo, ¡por Ceres!, que no me sorprendería ver que la pintura de estos desórdenes atrajese vuestros golpes sobre mí más bien que sobre sus culpables autores. El hablar con franqueza no siempre ha sido posible ante vosotros, y nada me admira tanto como que ahora lo sufráis.

         Si al menos hoy, apartándoos de esas costumbres deshonrosas quisieseis empuñar las armas, llevarlas de una manera digna de vosotros, y emplear vuestros recursos interiores en reconquistar vuestras provincias, quizá, ciudadanos de Atenas, quizá conseguiríais una grande y decisiva ventaja. Rechazaríais esas miserables gratificaciones, débiles remedios que el médico administra al enfermo, igualmente ineficaces para volverle las fuerzas que para dejarle morir. De igual modo, los fondos que se os distribuyen, demasiado escasos para cubrir todas vuestras necesidades y demasiado abundantes para despreciarlos y dedicaros a útiles trabajos, sólo sirven para prolongar vuestra inacción. ¿Se pregunta que si quiero aplicarlos a los gastos de la guerra? Quiero, enseguida, una regla, ¡oh atenienses!, igual y común para todos vosotros. Quiero que todo ciudadano que reciba su parte de los fondos públicos, vuele adonde el servicio público le llame. Pero ¿y cuando estemos en paz? Entonces debe darse al sedentario lo bastante para librarle de las bajezas que impone la miseria. ¿Y si sobreviene una crisis como la de hoy? Soldado, responderé: tu deber es combatir por la patria, y estas mismas liberalidades será tu paga. ¡Pero mis años, dirá alguno, me dispensan del servicio! Pues bien, lo que recibes ilícitamente y sin fruto para el Estado, recíbelo legalmente a título de empleado en cualquier servicio de la administración. En una palabra, sin añadir ni quitar casi nada, destruyó los abusos y restablezco el orden, sometiendo a una medida uniforme a todos los que paga la República, lo mismo soldados y jueces, que ciudadanos empleados según su edad y las circunstancias. En cuanto a los holgazanes, nunca diré: «Distribuidles el salario de los servidores de la patria; y en la ociosidad y la miseria, limitémonos a preguntar qué jefes y qué soldados mercenarios han vencido»; porque esto es lo que se hace ahora. Lejos de mí el censurar a los que os satisfacen una parte de lo que merecéis; pero pido que vuestras obras os hagan dignos de las recompensas que dais a los demás; pido que no abandonéis, ¡oh atenienses!, ese puesto de virtud, noble herencia conquistada por la gloria y los peligros de vuestros antepasados.

         Tales son, en mi juicio, los consejos que os convienen. ¡Que vuestra decisión favorezca los intereses de cada ciudadano y los de la patria!


[1] Demóstenes, famoso capitán griego, que representó un papel principal en la guerra del Peloponeso.

Demóstenes – PRIMERA OLINTIANA

Atenienses:

Si los dioses os han dispensado mil veces su bondad, hoy más que nunca os la manifiestan. Que Filipo haya vuelto contra él las armas de un pueblo limítrofe, temible por su poder, y lo que es más importante aún, que está convencido de que en esta guerra toda reconciliación con el Monarca sería un perjurio y una ruina para la patria, son cosas que llevan el sello de una divina disposición. Desde este instante, ciudadanos de Atenas, guardémonos de mostrarnos menos favorables a nosotros mismos, que el concurso de los acontecimientos. Sería una vergüenza, sería una infamia que después de que los pueblos nos han visto abandonar ciudades y comarcas sometidas otras veces a nuestro dominio, nos viesen también rechazar a los aliados y perder las grandes ocasiones que nos proporciona la fortuna.

Enumerar las fuerzas de Filipo y sacar de aquí motivo para estimularos a cumplir vuestros deberes, es cosa que no puedo aprobar. ¿Sabéis por qué? Porque todo lo que se hable con semejante objeto es, a mi juicio, un elogio lisonjero de este hombre, y una condenación severa de vuestra conducta. Cuanto más se ponderen sus hazañas, más digno parecerá de admiración; y cuanto menor sea el partido que habéis sacado de vuestros asuntos, tanto más os condenáis a la vergüenza. Dejemos, pues, atenienses, estas vanas declamaciones. Interroguemos a la verdad, y ella responderá que Filipo debe a Atenas su engrandecimiento, y no a su propio genio. Así, pues, para hablar de sus ventajas, objeto de su gratitud hacia nuestros gobernantes, que más que sus amigos debieran ser los ejecutores de nuestra venganza, no ha llegado el momento oportuno todavía. Pero lo que no tiene relación con su fortuna, lo que será útil que todos conozcáis, conciudadanos, lo que ante todo juez imparcial lo cubrirá de oprobio, eso es cabalmente lo que voy a intentar manifestaros.

Tratar a Filipo de perjuro y de hombre de mala fe, sin exponer primero los hechos, es lanzar invectivas al aire. Pero para recorrer todas sus acciones y para confundirle con el unánime testimonio de ellas, pocas palabras se necesitan, y voy a pronunciarlas porque las creo útiles por dos razones: porque es necesario poner de manifiesto toda su perversidad, y porque las personas que se espantan de su poder y que lo creen invencible, sepan que ya ha apurado las fraudulentas maniobras a las cuales debe su grandeza y que su prosperidad toca a su término.

Yo también, atenienses, creería a Filipo destinado para inspirar el terror y la admiración, si le hubiese visto elevarse por medios legítimos. Pero con la vista fija en sus movimientos, le he visto, desde el instante en que algunos facciosos rechazaron de aquí a los olintios, venidos para tratar con nosotros, engañar nuestra simplicidad con los ofrecimientos de devolvernos a Anfípolis y de cumplir este convenio que fue un secreto para el público; más tarde le he visto también conciliarse la voluntad de Olinto, dándole a Potidea que acababa de usurpar con mengua de nosotros, que éramos sus antiguos compañeros de armas; y últimamente, ha seducido a los tesalios comprometiéndose a devolverles la ciudad de Magnesia, y encargándose de la guerra de Fócida. Todo, en fin, el que trataba con este infame, caía en sus lazos. El secreto de su engrandecimiento ha consistido siempre en atraer, con el cebo de falsas promesas, a los pueblos bastante ilusos para no conocerle y aprisionarlos después en sus redes. Pero, como cada uno de los que han contribuido a elevarle con sus esfuerzos piensa obtener por sus trabajos alguna gran recompensa, convencido de que sólo ha obrado por satisfacer su egoísmo, será al fin derribado por sus mismos auxiliares. Esta es, atenienses, la situación de Filipo. Nadie que suba a esta tribuna será capaz de negarlo. Que se os demuestre si no que los pueblos de que Filipo se ha burlado creerán aún en su palabra; que se os pruebe que los tesalios, tan indignamente  subyugados, no romperían con gozo sus cadenas.

         Quizá alguno de vosotros, viendo a Filipo en esta crisis, piense que mantendrá su  dominación por medio de la violencia, puesto que se ha apresurado a ocupar plazas, puestos y  posiciones militares; este es un error. Solamente cuando las armas están unidas por la justicia y por la utilidad común, consienten los coligados en participar de las fatigas, en sufrir y perseverar. Pero cuando hay uno de ellos, como sucede aquí, que por una insaciable ambición quiere someterlo todo a su poder, al primer revés que sufre, al menor pretexto, todas las cabezas se alzan sacudiéndose, y las cadenas quedan rotas. No, no puede fundarse un poder duradero sobre la iniquidad, el perjurio y la mentira: estos indignos medios se sostendrán, por acaso, una vez, un momento y hasta prometerán el porvenir más floreciente; pero el tiempo los detiene en sus furtivos progresos, y al fin se desploman y aplastan por sí mismos. Como en un edificio o en un buque las partes inferiores deben ser más sólidas, así la justicia y la verdad deben ser el fundamento de la política. Pero hasta el presente esta base ha faltado a todas las empresas de Filipo.

Es necesario, pues, socorrer a Olinto; y por mi parte aprobaré tanto más los medios que se propongan, cuanto sean más rápidos y eficaces. Es necesario, igualmente, enviar una embajada a Tesalia, para que entere a unos de vuestra resolución y despierte en otros el odio, ahora que han decretado reclamar a Pagases y hacer valer sus derechos sobre Magnesia. Pero pensad, atenienses, en que vuestros diputados lleven algo más que palabras; corred a la guerra con una diligencia digna de Atenas, para que también puedan presentarles vuestro ejemplo. Si palabra sin los hechos parece un vano ruido, nunca lo es tanto como cuando se pronuncia en nombre de nuestra República; y cuanto mayor es la maestría con que la manejamos, tanto más excita la desconfianza general. Mostremos, pues, una variación completa en nuestro celo por contribuir, por trabajar y en hacerlo todo por la patria, y aun es posible que se nos escuche.

Cumplid solamente los deberes que os imponen el honor y la necesidad, y entonces, atenienses, veréis cuán poco aumentan el poder de Filipo sus aliados; más diré aún, descubriréis su debilidad y los desórdenes interiores de su reino. Sin duda que el imperio Macedonio, puesto en la balanza como por suplemento, gravita sobre ella con algún peso. Así lo vemos en tiempo de Timoteo, cuando se unió a nosotros contra Olinto; así lo vemos más tarde cuando coligado con Olinto, en contra de Potidea, apareció como una potencia; y así acaba de sostener, contra una familia de tiranos, a la Tesalia agitada por la fiebre de las discordias civiles. Pero la Macedonia por sí misma, es débil y está devorada por males interiores; porque su déspota, a fuerza de guerras y de expediciones que, acaso en el concepto de algunos, lo hacen un grande hombre, ha quebrantado su propio imperio, ya vacilante. ¡Oh! No creáis, atenienses, que las mismas pasiones animan a Filipo y a sus súbditos. Él sólo ambiciona la gloria; a través de mil trabajos y peligros la busca con ardor, prefiriendo a la seguridad de la vida, el orgullo de haber realizado lo que ningún monarca macedonio se atrevió a intentar jamás. Pero sus vasallos no participan de este furor de reputación guerrera. Fatigados por las marchas y contramarchas de sus expediciones interminables, arrastran una insoportable cadena de dolores y de miserias, y no pueden ni cultivar sus campos, ni ocuparse de sus intereses domésticos, ni traficar con los despojos arrebatados por tan diversos medios, puesto que la guerra ha cerrado sus mercados marítimos. De este estado de cosas al descontento de la mayor parte de los macedonios contra su rey, no hay más que un paso.

         En cuanto a esos mercenarios de fama que le rodean, se dice que están sometidos a una disciplina admirable. Sin embargo, un macedonio mismo, incapaz de mentir, me aseguraba que ninguna ventaja tienen estos sobre los demás.«¿Hay alguno entre ellos que se distingue en una campaña o en un combate? Pues el envidioso Filipo se deshace de él para que todo se crea obra suyas; porque la más ardiente envidia corona los vicios de este hombre.» El mismo sujeto añadía, que cuando hay alguno que es amante de la temperancia y de la justicia, e incapaz de soportar sus desórdenes cotidianos, su embriaguez y sus infames diversiones, tiene que sufrir su desdén y que lo excluya de todo empleo. Así marcha rodeado de una escolta de bandidos, de aduladores y de miserables, bastante depravados para entregarse en sus orgías a escenas que yo me sonrojaría de nombrar ante vosotros. Testimonio de esta incontestable verdad, atenienses, son esos infames expulsados por vosotros, en acuerdo unánime, por haber favorecido la desvergüenza impúdica de los juglares; un Calais, un esclavo público y sus dignos compañeros; esos bufones, esos forjadores de unos chistes abominables que lanzan contra los familiares del Príncipe para divertirle; ¡tales son sus gustos predilectos; tal es la corte que asiduamente le rodea!

         Pero preguntaréis, ¿qué nos importan a nosotros esas repugnantes torpezas? Atenienses, esas torpezas son, para las personas previsoras, un claro testimonio del pensamiento de este hombre y del genio que le extravía. Sus prosperidades las ocultan hoy bajo su sombra, porque la victoria es a propósito para borrar y encubrir tales infamias; pero al menor revés, todas sus manchas se pondrán de manifiesto. Dentro de algún tiempo, ¡oh mis conciudadanos!, él ofrecerá al mundo esta lección, si tal es la voluntad de los dioses y la vuestra. Del mismo modo que en el cuerpo humano el origen de los sufrimientos pasados parece extinguirse tanto más, cuanto más se goza de la salud; pero que, sin embargo, de esto, cuando sobreviene una enfermedad se reproducen los achaques de todo género, de igual modo, mientras la guerra se mantiene en el exterior, los males que se ocultan en el seno de una República o de una Monarquía, se escapan a la vista del vulgo; pero tan pronto como se enciende en las fronteras, todo queda completamente descubierto.

         Si alguno de vosotros, atenienses, testigo de la buena suerte de Filipo, juzgase sus armas temibles, sin duda que discurriría con acierto, puesto que la fortuna es de un gran peso o, mejor dicho, puesto que lo es todo en las cosas humanas. Si me fuese dado escoger entre la fortuna de Filipo y la de Atenas, escogería la de nuestra patria, con tal que cumplierais algo de los deberes que os impone; porque tenéis más títulos que él a la protección de los inmortales. Pero, si no me engaño, estamos dormidos. ¡Y qué! El indolente que no puede ordenar a sus amigos que le ayuden, ¿exigirá esto de los dioses? Ciertamente no me extraña que Filipo, general y soldado, exponiendo su persona, animándolo todo con su presencia, no perdiendo una ocasión ni un instante, triunfe de hombres que no salen de dilaciones, de decretos y conjeturas. Grande, por el contrario, sería mi sorpresa, si nosotros, que no ejecutamos nada de lo que pide la guerra, venciésemos al que lo pone todo en movimiento. Pero lo que me confunde es que vosotros, atenienses, que en tiempos pasados os levantasteis contra Lacedemonia para defender los derechos de los helenos; vosotros, que tantas veces dueños de aumentar vuestra dominación y vuestros tesoros, no habéis querido hacerlo, y que para asegurar a las demás ciudades el goce de sus bienes legítimos prodigáis los vuestros y corréis los primeros a los peligros, hoy que se trata de vuestras propias posesiones, vaciláis en contribuir y tembláis de abandonar vuestros hogares. Salvadores de Grecia entera, libertadores de cada uno de sus pueblos en particular, perdéis vuestros dominios y no despertáis de vuestro letargo. Esto es lo que me asombra.

         Me admira también, atenienses, de que ninguno de vosotros quiera examinar en qué habéis empleado el tiempo desde que estáis en guerra con Filipo. Yo os lo diré: lo habéis perdido por completo en buscar efugios y pretextos dilatorios; en esperar que otros hagan lo que a vosotros corresponde; en denunciaros mutuamente; en condenaros; en resucitar vuestras desavenencias; en hacer, poco más o menos, lo que hacéis hoy mismo.¡Oh colmo de locura! Pues que, con esta conducta que ha arruinado a Atenas floreciente, ¿os prometéis levantar a Atenas abatida? Eso no lo aprueban ni la razón ni la naturaleza; pues la naturaleza ha querido que sea mucho más fácil conservar todos sus bienes que adquirirlos. Pero lo cierto es que la guerra no nos ha dejado nada que conservar, y que todo hay que reconquistarlo. Esta es ahora vuestra tarea.

         He aquí, pues, lo que os digo: ¡reunid vuestras fuerzas, partid en seguida, apresuraos! Que toda acusación se suspenda hasta que os hayáis elevado de nuevo por la victoria. Entonces, juzgando a cada uno según sus obras, recompensad a los ciudadanos dignos de elogio y castigad a los prevaricadores; pero quitadles también todo pretexto fundado en vosotros. Sería inicuo examinar inexorablemente la conducta de otro, cuando nosotros mismos hemos sido los primeros en faltar a nuestros deberes. Y después de todo, ¿qué motivo, atenienses, induce a vuestros generales a abandonar vuestra guerra y a buscar combates por su propia cuenta? Si conviene también en este asunto manifestar la verdad, yo diré que esto consiste en que, peleando por vosotros, el premio de la victoria es para vosotros solos. ¿Qué haríais si se reconquistase a Anfípolis? Al instante dispondríais de esta ciudad, y los peligros serían únicamente la recompensa de los capitanes. Pero procediendo como yo aconsejo, con menos peligros, jefes y soldados tendrían por botín a Lampsaco y Sigeo y los buques que apresasen. De otro modo, cada uno se encamina hacia donde su interés le llama. Sin embargo de esto, cuando vuestras miradas se fijan en el deplorable estado de vuestros asuntos públicos, acusáis y perseguís a los generales; ellos os exponen libremente su fatal situación y los declaráis exonerados. Después de esto, sólo se os ve desaveniros y conspirar porque prevalezca esta o la otra opinión, y entre tanto, ¡la patria está plagada de males!

         Otras veces, atenienses, contribuíais por clases, y hoy es por clases como gobernáis. Cada partido tiene por jefe a un orador, a las órdenes del cual hay un general con los trescientos y sus vociferaciones, y a los restantes se os distribuye bajo estas dos banderas. ¡Salgamos, salgamos pronto de esta anarquía! Volved en vosotros, y que todos participéis de la palabra, el consejo y la acción. Si dejáis que unos os gobiernen como déspotas; si otros son obligados a armar buques y a prodigar su fortuna y su sangre; y si otros, en fin, tienen el privilegio de lanzar decretos sobre los contribuyentes sin participar de sus sacrificios, nunca los recursos necesarios se obtendrán con bastante prontitud. La parte oprimida se arruinará inútilmente, y entonces, ¿sobre quién descargarán los golpes que debíais asestar a vuestros enemigos? ¡Sobre vuestros mismos conciudadanos!

         Resumiré, pidiendo que todos contribuyamos a los gastos públicos, en justa proporción de nuestras facultades; que todos tomemos las arma por turno hasta que no quede ninguno que no haya peleado por la patria; que todo ciudadano que se presente en la tribuna obtenga la palabra; que entre las diversas opiniones emitidas, se adopten las más acertadas, sin tener en cuenta las personas que las hayan presentado. Si obráis de este modo, aplaudiréis en el momento al orador, y sobre todo, os aplaudiréis vosotros mismos más tarde, por los beneficios proporcionados a la patria.

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Demóstenes – PRIMERA FILÍPICA

Audio en castellano

1

         Atenienses:

         Si se hubiese anunciado la discusión de un asunto nuevo, aguardaría que muchos de los oradores que frecuentan esta tribuna hubiesen hablado, para guardar silencio si aprobaba alguno de sus dictámenes, e intentar, en caso contrario, la exposición de mis ideas. Pero teniendo en cuenta que la cuestión que hoy se presenta a examen es la misma que tantas veces se ha tratado, aguardo que se me perdonará ser el primero en levantarme, cuando, por otra parte, en lo que mira al pasado, si sus consejos hubiesen correspondido a vuestras necesidades no os veríais obligados a deliberar de nuevo.

         Comenzad, ciudadanos de Atenas, por no desesperar de vuestra situación, no obstante su tristísima apariencia; porque la causa misma de vuestras desgracias anteriores es el mejor motivo de esperanzas para el porvenir. ¿Sabéis por qué? Porque sólo vuestra extremada negligencia, atenienses, ha producido vuestros males. Si hubieran sobrevenido a pesar del cumplimiento de todos vuestros deberes, entonces solamente debería perderse la esperanza de mejorar de suerte. Pero pensad, puesto que lo sabéis por referencias de otros o porque lo habéis presenciado, pensad en la noble actitud de Atenas contra los Lacedemonios, cuando más grande era su poder; en el respeto que inspiraba vuestra propia gloria, a lo cual debisteis que se os encargara posteriormente del peso de la guerra, para defender contra Esparta los derechos de Grecia. Pero, ¿para qué os cito este ejemplo? Para mostraros claramente, atenienses, que si vigiláis no tendréis que temer ningún peligro, y que vuestra incuria es, por el contrario, la causa de que no se cumplan vuestros deseos. Yo atestiguo esto con Lacedemonia, cuyo imperio fue vencido por vuestra actividad, y con el insolente que nos perturba hoy, porque rehusamos a los asuntos públicos los cuidados que merecen.

         Quizá alguno de vosotros, pensando en el numeroso ejército de que Filipo dispone, y en todas las fortalezas que ha usurpado a la República, lo creerá difícil de vencer; esto es cierto. Pero que considere, sin embargo, que otras veces Atenas tenía bajo su obediencia a Pidna, Potidea, Medona y el resto entero de esta comarca; que la mayor parte de los pueblos ahora sometidos a Filipo eran libres, autónomos, y preferían vuestra alianza a la suya. Si entonces Filipo se hubiese detenido en este razonamiento: «Solo, sin aliados, no puedo atacar a los atenienses, cuyas numerosas fortalezas dominan mis fronteras»; entonces, repito, lo que ahora ha hecho no lo hubiese jamás intentado; no, no se hubiera engrandecido tanto. Pero él sabía bien que las plazas fuertes son recompensas expuestas a la suerte de los combates; que naturalmente los ausentes son desposeídos por los presentes, y los tímidos y perezosos por los hombres atrevidos e infatigables. Realizando esta máxima, todo lo ha subyugado, en unas partes por derecho de conquista, en otras con el título de amigo y de aliado, que siempre se desea obtener, de aquellos a quienes se ve con las armas en la mano y dispuestos para herir donde conviene. Si, pues ahora, atenienses, queréis a vuestra vez, ya que no lo habéis hecho antes, arreglar vuestra conducta por este mismo principio; si cada uno, despreciando todo subterfugio, se apresura a contribuir a las necesidades públicas según sus medios, los ricos con sus donativos y los jóvenes empuñando las armas; en una palabra, si estáis resueltos a no depender sino de vosotros mismos; si cada ciudadano alimenta su esperanza en su propia actividad, verá que todos trabajan como él; y entonces con la ayuda de los dioses, recobraréis vuestras posesiones; entonces repararéis las desgracias producidas por vuestro descuido y castigaréis a ese hombre ambicioso. Porque no creáis que Filipo es como una divinidad, que lleva en sus manos la fortuna: es objeto de odio, de temor y de envidia, aun para algunos de los que cree le están más consagrados. ¡Oh! ¿Cómo no suponer en los que le rodean todas las pasiones de los demás hombres? Pero carecen de auxiliares y se hallan tímidamente detenidos ante esta lentitud, ante esta inercia que es indispensable, yo lo repito, que sacudáis desde hoy mismo. Ved, en efecto, atenienses, hasta dónde se ha desbordado la audacia de este hombre: ya no os permite vacilar entre la acción y el reposo; os amenaza; profiere, según se dice, palabras insolentes; incapaz de contentarse con las usurpaciones que ha cometido, se rodea cada día de nuevas conquistas; y mientras que nosotros temporizamos inmóviles, nos cerca y nos estrecha por todas partes.

         ¿Cuándo, pues, atenienses, cuándo cumpliréis vuestro deber? ¿A qué aguardáis para moveros? ¿A que os obliguen los acontecimientos o la necesidad? Pero, ¿qué otra idea puede formarse de lo que sucede? No conozco necesidad más apremiante, para hombres libres, que la de evitar su deshonra. ¿Queréis andar siempre por la plaza pública, preguntando de un lado para otro: «¿Se dice algo de nuevo?» ¡Oh! ¿Qué mayor novedad que un macedonio vencedor de Atenas y dominador de Grecia? «¿Ha muerto Filipo?», pregunta uno. «No ha muerto, pero está enfermo», responde otro. Muerto o enfermo, ¿qué os importa? Si pereciese y vuestra vigilancia continuase tan descuidada como ahora, vosotros mismos produciríais otro Filipo; porque este debe su engrandecimiento a vuestro abandono más bien que a sus fuerzas. Y si la fortuna nos librase de él, si más cuidadosa de nosotros que nosotros mismos nos secundase y destruyese su obra, no dudo que estando cerca de los países descontentos y sorprendiéndolo en el desorden de una revolución general lo someteríais todo a vuestro dominio; pero en vuestra situación actual, aunque la fortuna os abriese las puertas de Anfípolis, no podríais entrar en una ciudad de la cual vuestros armamentos y vuestros proyectos os mantienen tan apartados.

         Desplegar una voluntad enérgica y un celo infatigable en el cumplimiento de vuestro deber, es una necesidad de que os creo penetrados, y no insistiré más sobre ella. Pero, ¿cuáles son los preparativos necesarios para libraros de tan grandes embarazos? ¿Cuál debe ser la cantidad de vuestras fuerzas? ¿Cuál la suma de los subsidios? ¿Qué medidas me parecen las más prontas y eficaces? He aquí lo que intento exponer, después de pediros una sola cosa. Antes de fijar vuestra opinión, escuchadlo todo, y no prejuzguéis nada; y si me veis proponer nuevos aprestos, no vayáis a creer que retardo los resultados. El grito de: ¡pronto, desde hoy mismo! no es el consejo más oportuno, puesto que no podríamos, con recursos obtenidos instantáneamente, cambiar en nada la faz de los acontecimientos: creo serviros mejor exponiendo los preparativos necesarios, su cantidad, el medio de realizarlos y hacerlos permanentes hasta que nos convenga renunciar a las hostilidades, o hasta que hayamos vencido al enemigo. Solamente esta actitud nos pondrá al abrigo de todo insulto. Tales son las cuestiones de que creo deber ocuparme, sin impedir por esto a nadie que haga aquí otras promesas. La mía es muy grande, pero el resultado la justificará, y vosotros pronunciaréis.

Digo, pues, atenienses, que es necesario armar desde luego cincuenta trirremes, y que os dispongáis a tripularlos en persona cuando la necesidad lo exija. Pido también que se equipe, para la mitad de la caballería, un número suficiente de buques de carga y de transporte. He aquí, a lo que yo creo, los medios de defensa que debéis oponer a esas excursiones súbitas que el Macedonio hace a las Termópilas, al Quersoneso, a Olinto y a os demás puntos que le conviene atacar. Es necesario hacerle concebir la idea de que, despertados de vuestro letargo, podréis precipitaros sobre él tan impetuosamente como en vuestra antigua expedición de Haliarte, como en la Eubea y como más recientemente en las Termópilas. Aun cuando no ejecutaseis nada más que una parte del plan que os propongo, no dejaríais de obtener buenos resultados. Perfectamente instruido Filipo de vuestros aprestos, por los espías que tiene entre nosotros, o intimidado se detendrá o, si no hace caso de nuestra actitud, le sorprenderéis sin defensa, puesto que, en la primera ocasión podréis verificar un desembarco sobre sus costas. Tal es el proyecto para al cual reclamo vuestra unánime aprobación; tales son los preparativos que es necesario ordenar al instante.

Creo también, atenienses, que debéis tener preparadas fuerzas para atacar sin descanso y fatigar al enemigo. No me habléis de diez mil ni de veinte mil extranjeros, ni de esos grandes ejércitos que sólo existen en el papel. Quiero tropas que pertenezcan a la patria; que cualesquiera que sean el número y la persona de los generales que elijáis, los obedezcan y los sigan. Pero también es necesario que cuidéis de su subsistencia. ¿Qué tropas serán estas? ¿Cuál será su número? ¿Cuáles los recursos para sostenerlas? ¿Cómo ejecutar las medidas que se requieren? Responderé a todo por su orden.

En cuanto a los mercenarios extranjeros, no hagáis ahora lo que frecuentemente os ha perjudicado. Traspasando los límites de lo necesario, vuestros proyectos son magníficos en vuestros decretos; pero cuando se trata de obrar, se encuentra que es nula la ejecución. Comenzad por pequeños preparativos, y aumentadlos progresivamente si reconocéis su insuficiencia. Pido, pues, en conjunto, dos mil infantes, de los cuales quinientos serán atenienses, fijando vosotros de antemano su edad y la duración del servicio, que deberá ser bastante corta para que puedan relevarse sucesivamente. El resto de esta fuerza se compondrá de extranjeros. Tened también doscientos soldados de caballería, entre los cuales haya, lo menos, cincuenta de Atenas, que sirvan en las mismas condiciones que los de a pie. Proveedles de buques de transporte. Todo esto está bien, me diréis, ¿qué más se necesita? Diez mil trirremes ligeros; pues si Filipo tiene una marina, nosotros tenemos necesidad de galeras rápidas para asegurar los movimientos de nuestros soldados. Pero a estos soldados, ¿cómo les haremos subsistir? Voy a decíroslo, después de haber explicado por qué creo esas fuerzas suficientes, y por qué exijo de los ciudadanos el servicio personal.

Estas tropas bastan, atenienses, vista la imposibilidad de levantar ahora un ejército que aventure, contra Filipo, una batalla decisiva. Fuerza será que empecemos limitándonos a las correrías y al pillaje. Pero para este género de guerra, nuestras tropas no deben ser muy considerables, porque se verían faltas de sueldo y de víveres, ni muy poco numerosas. Deseo que los ciudadanos formen en sus filas y se embarquen con ellas, porque veo que otras veces nuestra ciudad sostenía en Corinto un cuerpo de extranjeros mandados por Polítrato, Ifícrates, Cabrias y otros jefes; que vosotros mismos acudisteis bajo aquellas banderas, y que confundidos ciudadanos y extranjeros, vencisteis a los lacedemonios. Sucede que cuando vuestra soldadesca asalariada sostiene ella sola la campaña, no triunfa más que de vuestros amigos y aliados; el enemigo aumenta sus recursos, y después de haber dirigido una mirada indiferente sobre la guerra emprendida por Atenas, el mercenario se embarca, y va a ofrecer sus servicios a Artabaces o a cualquiera otro amo. Su general le sigue; ¿es esto asombroso? Tan pronto como deja de pagar, deja de ser obedecido.

¿Qué es, pues, lo que deseo? Lo que deseo es quitar al jefe y a los soldados todo pretexto de descontento, asegurando la paga y colocando en las filas soldados ciudadanos que vigilen la conducta de los generales. Hoy día es, en efecto, nuestra política muy risible. Que se os pregunte si estáis en paz. «¡No! exclamaréis; ¡no, por Júpiter, estamos en guerra con Filipo!» Esto es evidente, puesto que elegís entre vosotros diez texiarcas, dies estrategos, diez tribunos y dos hiparcas. ¿Pero qué hacen estos hombres? Aparte de uno solo que enviáis a la guerra, todos los demás se ocupan en maniobrar en vuestras magníficas procesiones con los inspectores de los sacrificios. Semejantes a alfareros, fabricáis texiarcas y tribunos para adorno y no para la guerra. Para que vuestro ejército fuese realmente el ejército de Atenas, ¿no sería necesario confiar el mando a texiarcas y a hiparcas atenienses? Pero no, ¡es preciso que sea ciudadano el que se manda como hiparca a Lemnos, mientras que la caballería que protege las posesiones de la república recibe las órdenes de Menelao! No tengo nada que censurar en este jefe; pero digo que cualquiera que sea el que ocupe su puesto, debe ser elegido de entre vosotros.

 Quizá, si consideráis fundadas estas observaciones, estaréis impacientes por conocer los gastos necesarios y el modo de sufragarlos. Voy a satisfaceros. El coste total de víveres y municiones, pasará un poco de noventa talentos, cuya inversión es la siguiente: cuarenta talentos en los diez buques de transporte, a razón de veinte minas mensuales para cada buque; otro tanto a los dos mil infantes, calcuolando a diez dracmas por cabeza al mes; y, en fin, a los doscientos soldados de caballería, doce talentos pagándoles a razón de treinta dracmas mensuales a cada uno. Y no creáis que es muy poco el atender solamente a la subsistencia del soldado. Concedido esto, estoy seguro de que la guerra le proporcionará lo demás, y que sin robar a griegos ni aliados completará su sueldo. Yo mismo, embarcado como voluntario, respondería con mi cabeza de lo que digo. Pero los fondos que se necesitan, ¿de qué modo se han de procurar? Helo aquí. (La lectura de los medios que proponía el orador para arbitrar recursos, se hizo por un secretario. Demóstenes continuó:)

Tales son, atenienses, los recursos que podemos encontrar. Después de que una opinión haya obtenido mayoría, que la ejecución de las medidas adoptadas se vote también, a fin de no guerrear más contra Filipo a golpes de decretos y mensajes, sino con la espada en la mano.

Pero me parece que vuestra deliberación sobre esta campaña y sobre el conjunto de sus preparativos será más acertada, si os representáis en vuestro pensamiento la comarca que ha de ser teatro de vuestros combates, y si reflexionáis que Filipo se aprovecha de los vientos y las estaciones para adelantarse a vosotros, y asegurar un buen éxito, y que sólo ataca después de que han vuelto los vientos etesios o del invierno, en cuya época nos sería imposible aguardarle. Penetrados de esta consideración, cesad de oponerle alistamientos instantáneos, que nunca nos permiten llegar a tiempo, y que vuestros preparativos y vuestro ejército sean permanentes. Tenéis para hacerle invernar, a Sciathe y otras islas de este archipiélago, donde se encuentran puertos, víveres y todo lo necesario a tropas en campaña. Durante la época que permite recorrer las costas y confiarse a los vientos, nuestras naves se acercarán fácilmente al país enemigo, y bloquearán los puertos de las ciudades de comercio.

Sobre la manera y la ocasión de hostilizar con el ejército, dejad que el general colocado por vosotros a su cabeza tome consejo de las circunstancias. Vuestro proyecto inmediato debe reducirse a ejecutar lo que he propuesto en mi proyecto. Si comenzáis, atenienses, facilitando los subsidios que he pedido; si después de haberlo preparado todo, buques, infantería y caballería, obligáis al ejército entero a no separarse de sus banderas; si, en fin, os hacéis tesoreros y administradores de vuestros fondos y exigís cuentas de la campaña al general, no prolongaréis, sobre esta misma materia, unas discusiones sin término y sin fruto. Otra ventaja os indicaré aún: arrebataréis a Filipo la más pingüe de sus rentas. ¿Sabéis cuál es? Los despojos apresados en el mar a los aliados de Atenas, que él emplea en combatir a nuestra ciudad. ¿Qué otros beneficios lograréis? Vosotros mismos os veréis libres de sus piraterías; no se atreverá a volver a Lemnos y a Imbros para encadenar a vuestros conciudadanos y arrastrarlos tras sí; Geraestos no lo verá en lo sucesivo envolver y asaltar vuestras naves y apoderarse de sumas inmensas; no descenderá más hasta Maratón, como hace poco, para llevarse el trirreme sagrado; correrías y latrocinio que no pudisteis impedir, porque vuestros medios improvisados no llegan nunca en el momento oportuno. ¿Sabéis, atenienses, por qué las Panateas y las Dionisíacas se solemnizan siempre en la época prescrita, cualesquiera que sean la habilidad de los encargados de estas dos fiestas, en las cuales gastáis más oro que en una expedición naval, y cuyo tumultuoso aparato no tiene ejemplo, a lo que yo creo, mientras que todas vuestras escuadras llegan tarde a Methon, a Pagases y a Potidea? Pues consiste en que en estas funciones todo está ordenado por la ley; en que cada uno conoce, con mucho tiempo de anticipación, el corrego, el gimnasiarca de cada tribu, lo que debe hacer, cuándo, por qué manos y qué suma ha de recibir, sin que haya nada imprevisto, indeciso ni olvidado; en tanto que para la guerra y los armamentos, no se tiene ningún orden, ninguna regla ni precisión. A la primera alarma nombramos los trierarcas, procedemos a los alistamientos y acudimos a los recursos pecuniarios. Terminados estos preliminares, decretamos el embarque del extranjero domiciliado, después el de los manumisos, y por último el de los ciudadanos que los han de relevar. Las dilaciones se prolongan y perdemos las plazas hacia las cuales deberíamos correr, porque el tiempo de obrar lo consumimos en preparativos. La ocasión no se cuida de aguardar el fin de nuestras dilaciones y las fuerzas que creemos tener armadas por nosotros, en este intervalo, se convencen de su impotencia en el momento decisivo. Así Filipo lleva su insolencia hasta el punto de escribir a los eubeos cartas concebidas en estos términos: (Lectura de una carta de Filipo, en la cual aconsejaba a los eubeos que no confiasen en la alianza de Atenas, puesto que esta república era incapaz de cuidar de su propia defensa.)

La mayor parte de las cosas que se acaban de leer son muy ciertas, aunque no tenga nada de agradable el escucharlas. Suprimirlas por temor de disgustaros, ¿sería quitarlas de los asuntos? Vuestro placer sería entonces la regla del orador. Pero si la elocuencia empleada fuera de tiempo conduce sólo a vuestro mal, ¡qué mayor vergüenza, conciudadanos míos, que la de lisonjear vuestros deseos, la de rechazar toda empresa desagradable, la de tener que conduciros engañados a todas las operaciones, la de no poder convenceros de que para dirigir bien una guerra, es necesario no ir detrás de los sucesos, sino precederlos, y de que, semejante al general cuyo puesto está en las primeras filas del ejército, un pueblo sabio en política, debe marchar delante de los asuntos, a fin de ejecutar lo que ha resuelto, y no arrastrarse como esclavo a la zaga de los acontecimientos! Atenienses, vosotros, aunque disponéis de las fuerzas más poderosas de la Grecia, tanto en buques como en infantería, caballería y riqueza, es lo cierto que hasta ahora, a pesar de todos vuestros movimientos, no habéis aprovechado ninguna de estas ventajas. El pugilato de los bárbaros es vuestra rutina de guerra contra Filipo. ¿Recibe un golpe uno de estos atletas? En seguida acude a repararlo con la mano. ¿Recibe otro? Sus manos se dirigen de nuevo a la parte lastimada; pero observad fijamente al antagonista y veréis que no le estrecha cuerpo a cuerpo, y que no se atreve a atacarle. De igual modo procedéis vosotros. ¿Llega la noticia de que Filipo está en el Quersoneso? Decreto enseguida para socorrer el Quersoneso. ¿De que está en las Termópilas? Decreto para acudir a las Termópilas. ¿De que está en cualquiera otra parte? Corréis precipitadamente a su encuentro. Sí; no hacéis más que maniobrar bajo sus órdenes, no ejecutando por vuestra propia inspiración ninguna medida militar importante; no previendo absolutamente nada; aguardando cada día la nueva de algún desastre. Otras veces acaso podríais obrar impunemente así; pero la crisis se aproxima y es menester variar de conducta.

¿No será, quizá, un dios, atenienses, quien avergonzado de que nuestra República sufra tantas afrentas, ha puesto en el corazón de Filipo esa inquieta actividad? Si saciado de conquistas, hechas siempre en vuestro daño, se detuviese en sus proyectos, creo ver a más de un ciudadano resignarse a sufrir las pérdidas que atestiguan nuestra cobardía y que condenarían a la nación a la deshonra. Pero siempre agresor, siempre codicioso de poderío, él os despertará, si es que descansáis todavía sobre alguna esperanza. Por mi parte, me admiro, atenienses, de ver que no produce en ninguno de vosotros reflexión ni cólera, una guerra comenzada para castigar a Filipo, y que ha degenerado en guerra defensiva contra Filipo. ¿Y esto es lo que siempre hemos de aguardar? Por haber dado órdenes sobre galeras vacías, y haber confiado en las esperanzas de algún temerario, ¿creéis que todo marcha satisfactoriamente? ¿No tendremos ya que embarcarnos? ¿No saldremos en persona, reuniendo una parte de soldados ciudadanos, puesto que antes no lo hemos hecho? ¿No correremos hacia las fronteras del enemigo? Pero, ¿hacia dónde dirigirnos?, se nos preguntará. Ataquemos por cualquier punto, y la guerra misma, atenienses, descubrirá la úlcera gangrenada de nuestro adversario. Pero si permanecemos en nuestros hogares, oyentes ociosos de oradores que se acusan y se destrozan a porfía, jamás ejecutaremos una sola medida provechosa. Sobre cualquier punto a que se dirija una expedición naval, concertada por una parte siquiera de los ciudadanos, los dioses propicios de la fortuna combatirán por nosotros. Muy por el contrario, todo lo que confiéis a un general sin soldados, a un decreto sin fuerza y a quiméricas promesas de tribuno, fracasará sin remedio. Objeto de burla para vuestros enemigos, tales preparativos son la muerte y la pérdida de vuestros aliados. Es imposible, en efecto, es imposible que un solo jefe pueda con la enorme carga que echáis sobre él: hacer promesas, pagar con palabras y culpar a otro de los desastres, es todo cuanto puede; pero esto mismo produce nuestra ruina. Un general conduce a la guerra infelices extranjeros sin sueldo; hombres ligeros acuden a esta tribuna para calumniar lo que ha hecho a gran distancia de nosotros; sobre los rumores inciertos de que se hacen eco, vosotros, jueces también ligeros, lanzáis al acaso una condenación: ¿a qué, pues, hay que atenerse?

Pero el remedio de estos males consiste en designar ciudadanos, que sean a la vez soldados, vigilantes de vuestros generales, y sus jueces después de haber regresado de la campaña. De este modo conoceréis vuestros asuntos mejor que por simples referencias; y presentes en el lugar de los sucesos, os enteraréis de ellos por vosotros mismos. Actualmente, ¡oh colmo de ignominia!, todos vuestros generales se exponen a perecer por vuestras sentencias, y ninguno tiene el valor de comprometer su vida en un solo combate. Prefieren la muerte de los salteadores y asesinos a la de los guerreros; deben, sí, morir los malhechores por una sentencia que los condene; pero un general sólo debe sucumbir con la espada en la mano y con el rostro frente al enemigo.

Algunos de entre vosotros llegan cargados de noticias y afirman que Filipo trama con Lacedemonia la ruina de Tebas y el desmembramiento de nuestras democracias; otros dicen que envía embajadas al gran Rey, y hay quien le ve fortificar las plazas de Iliria: cada uno inventa su fábula y la circula por todas partes. En cuanto a mí, creo, atenienses, que este hombre está embriagado con sus magníficas hazañas; creo que mil sueños brillantes acaricia en su imaginación, porque no ve ninguna barrera que lo detenga, y que está envanecido con sus triunfos. Pero yo os aseguro, por Júpiter, que no combina sus proyectos de modo que puedan ser penetrados por esos simples reuscadores de noticias. Si, dejándoles sus desvaríos, consideramos que Filipo es nuestro enemigo y nuestro expoliador; que desde hace mucho tiempo nos ultraja; que todos los socorros con que contábamos se han vuelto contra nosotros; que en adelante nuestros recursos están en nosotros solos; que negarnos ahora a llevar la guerra a su país, equivaldría, infaliblemente, a imponernos la fatal necesidad de sostenerla a las puertas de Atenas; si consideramos, repito, todo esto como cierto, conoceremos cuanto importa saber, y podremos rechazar inverosímiles conjeturas. Vuestra obligación no consiste en penetrar hasta el fondo del porvenir, sino en ver las desgracias que este porvenir ocasionará si no sacudís vuestra vergonzosa desidia: esto es lo que conviene mirar de frente.

Por mi parte, yo que nunca he propuesto, por agradaros, nada que mi convicción haya creído contrario a vuestros intereses, hoy también acabo de explicarme con libertad, con sencillez, con franqueza. ¡Dichoso si estuviese cierto de que es tan útil al orador el ofreceros los mejores consejos, como a vosotros el seguirlos! ¡Cuánto más dulce habría sido mi tarea! ¡Ignoro las consecuencias que me traerán los que os he dado; pero, no importa! Persuadido de que vuestro provecho está en seguirlos, no he vacilado en hablar. ¡Ojalá prevalezca la opinión que deba salvarnos a todos!