El poder permanente del discurso sobre el sueño de King

La crítica literaria de ‘The New York Times’ analiza el histórico discurso (ver aquí en con subtitulado en español) y su influencia en ObamaImage

Cuando el día empezaba a declinar, en medio del calor, tras una larga marcha y una tarde de discursos sobre leyes federales, desempleo y justicia racial y social, el reverendo Martin Luther King subió por fin al estrado, delante del monumento a Lincoln, para dirigirse a la muchedumbre de 250.000 personas reunidas en el National Mall de Washington.

Empezó despacio, con una gravedad magistral, hablando de lo que suponía ser negro en Estados Unidos en 1963 y la “vergonzosa situación” de las relaciones entre razas 100 años después de la Proclamación de las leyes de emancipación. A diferencia de muchos de los oradores anteriores, King no habló de ningún proyecto de ley concreto de los que estaban en el Congreso ni de las demandas de los manifestantes. Lo que hizo fue situar el movimiento de los derechos civiles en el contexto general de la historia —el pasado, el presente y el futuro— y en la visión intemporal de las Escrituras.

El reverendo King estaba a mitad del discurso que había preparado cuando Mahalia Jackson —que unas horas antes había ofrecido una conmovedora versión del espiritual He sido rechazado y he sido despreciado— le gritó desde la tribuna de los oradores: “¡Háblales del Sueño, Martin, háblales del Sueño!”; se refería a una frase que él había pronunciado en ocasiones anteriores. Y el reverendo King dejó a un lado el texto de su discurso y comenzó una extraordinaria improvisación sobre el tema del sueño, que acabaría por convertirse en uno de los estribillos más conocidos del mundo.

Con su estrofa improvisada, el reverendo King entró de un salto en la historia, pasó de la prosa a la poesía, del podio al púlpito. Su voz se agrandó en un crescendo emocional mientras pasaba de una pesimista valoración de la injusticias sociales del momento a una visión radiante de esperanza, de lo que podía ser América. “Tengo un sueño”, declaró, “que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no se les juzgará por el color de su piel sino por el contenido de su carácter. ¡Hoy tengo un sueño!”.

Muchos de los que se encontraban en la multitud esa tarde, hace 50 años, habían llegado en trenes y autobuses de todo el país. Muchos llevaban sombreros e iban endomingados —”Por aquel entonces”, recordaría después el líder de los derechos civiles John Lewis, “cuando iba a una manifestación, se ponía sus mejores prendas”,— y la Cruz Roja repartía cubitos de hielo para aliviar el sofocante calor de agosto. Aun así, pese al cansancio después de una larga jornada, todos quedaron absolutamente electrizados por King. Hubo un silencio reverencial cuando tomó la palabra, cuando empezó a hablar de su sueño, gritaron “Amén” y “Predique, doctor King, predique”, y en todo momento le respondieron, según su consejero Clarence B. Jones, “con todas las versiones imaginables de las exclamaciones que se oyen en una iglesia baptista, multiplicadas por mil”.

Podía sentirse “la pasión que le transmitía la gente”, escribió posteriormente James Baldwin, que se había sentido escéptico ante la marcha, y en aquel momento, “casi pareció que estábamos en una montaña y veíamos nuestro legado; quizá podíamos lograr que el reino se hiciera realidad”.

El discurso de Martin Luther King fue no solo el corazón y el pilar emocional de la marcha sobre Washington, sino la prueba del poder de transformación y la magia de las palabras de un hombre. Cincuenta años después, sigue siendo un discurso capaz de conmover hasta las lágrimas. Cincuenta años después, los escolares recitan sus frases más famosas, y los músicos las utilizan. Cincuenta años después, esas palabras, “Tengo un sueño”, se han convertido en el símbolo del compromiso de King con la libertad, la justicia social y la no violencia, y han inspirado a los activistas desde la plaza de Tiananmen hasta Soweto, desde Europa del Este hasta Cisjordania.

¿Por qué ejerce semejante poder el discurso del Sueño del reverendo King sobre personas de todo el mundo y sobre distintas generaciones? Su eco procede, en parte, de la imaginación moral de King. En parte, de su magistral oratoria y su don para conectar con su audiencia, ya fuera en el Mall aquel día, bajo el sol, o con quienes vieron el discurso por televisión, o quienes, decenios más tarde, lo ven en Internet. Y en parte, de su capacidad, desarrollada a lo largo de su vida, de transmitir la importancia de sus argumentos con un lenguaje rico, matizado y lleno de significados bíblicos e históricos.

Hijo, nieto y bisnieto de pastores baptistas, el reverendo King se sentía cómodo en la tradición oral de la iglesia negra, y sabía cómo interpretar a su público y cómo reaccionar en consecuencia; era frecuente que introdujera en sus sermones improvisaciones casi de jazz en torno a sus frases favoritas —como la secuencia del “sueño”—, en las que mezclaba sus propias palabras y las de otros. Al mismo tiempo, las sonoras cadencias y el vibrante lenguaje lleno de metáforas de la Biblia del rey Jacobo eran algo instintivo para él. Sus escritos estaban llenos de citas de la Biblia y de su vívida imaginería, y las utilizaba para situar los sufrimientos de los afroamericanos en el contexto de la Escritura, para dar a los negros que le escuchaban ánimo y esperanza, y a los blancos, un sentimiento visceral de identificación.

En su discurso del Sueño, el reverendo King alude a un famoso fragmento de la Epístola a los Gálatas, cuando habla de “ese día en el que todos los hijos de Dios —negros y blancos, judíos y gentiles, protestantes y católicos— podrán unir las manos”. También trazó paralelismos, como en muchos de sus sermones, entre “el negro” que aún es “un exiliado en su propia tierra” y la situación de los israelitas en el Éxodo, que, con Dios de su parte, lograron liberarse de las penalidades y la opresión y escapar de la esclavitud en Egipto para dirigirse a la Tierra Prometida.

Todo el discurso de la marcha sobre Washington resuena lleno de ritmos y paralelismos bíblicos y erizado de una panoplia de referencias a otros textos históricos y literarios que su público debía de conocer. Además de las alusiones a los profetas Isaías (“Tengo un sueño, que un día todos los valles se elevarán y todas las colinas y las montañas descenderán”) y Amós (“No estaremos satisfechos hasta que la justicia fluya como el agua y la virtud como un río poderoso”), contiene ecos de la Declaración de Independencia (“los derechos inalienables a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”), Shakespeare (“este sofocante verano del legítimo descontento del negro”) y canciones populares como la famosa “This Land is Your Land” (“Esta tierra es tu tierra”) de Woody Guthrie (“Que resuene la libertad desde las altas montañas de Nueva York”, “Que resuene la libertad desde las suaves pendientes de California”).

Estas referencias daban más amplitud y profundidad al discurso, igual que las numerosas alusiones de T. S. Eliot en The Waste Land (La tierra baldía) añadían contenido al poema. Martin Luther King, que poseía un doctorado en teología y durante algún tiempo había pensado en dedicarse a la universidad, tenía una gran influencia de su infancia en la iglesia de su padre y del estudio que había hecho posteriormente de pensadores tan distintos como Reinhold Niebuhr, Gandhi y Hegel. Con el tiempo, había desarrollado un talento para sintetizar ideas y motivos diversos y apropiarse de ellos, un talento que le permitía hablar a muchos públicos distintos al mismo tiempo, todo ello mientras hacía que ideas que podían ser radicales para algunos resultaran familiares y accesibles. Era un don en ciertos aspectos paralelo a sus dotes de líder del movimiento de los derechos civiles, encargado de mantener unidas a facciones muchas veces enfrentadas (de figuras más militantes como Stokely Carmichael a otras más conservadoras como Roy Wilkins) y encontrar la manera de mantener el equilibrio entre las preocupaciones de los activistas de base con la necesidad de labrar una alianza eficaz con el Gobierno federal.

Al mismo tiempo, King era capaz también de encerrar sus argumentos en un continuo histórico, otorgarles la autoridad de la tradición y el peso de la asociación. Para algunos de los que le escuchaban, la expresión de su sueño para Estados Unidos debía de evocar recuerdos conscientes o inconscientes del llamamiento que hacía Langston Hughes en un poema de 1935 a “dejar que América sea el sueño que soñaron los soñadores” y de la descripción de W. E. B. Du Bois sobre “la maravillosa América, que soñaron los padres fundadores”. Sus últimas frases en el discurso de la marcha sobre Washington procedían de un espiritual negro, y recordaron al público la fe en la posibilidad de la liberación que había sostenido a los esclavos: “Libres al fin, libres al fin; gracias, Dios Todopoderoso, somos libres al fin”.

Para quienes no estaban tan familiarizados con la música y la literatura afroamericanas, hubo referencias más inmediatas y patrióticas. Igual que Lincoln redefinió la visión de los fundadores de Estados Unidos en su discurso en Gettysburg al invocar la Declaración de Independencia, King, en su discurso del Sueño, hizo referencias a Gettysburg y a la Declaración. Esos ecos deliberados contribuyeron a universalizar los fundamentos morales del movimiento de los derechos civiles y subrayaron que sus objetivos no eran más revolucionarios que la visión original de los padres fundadores. El sueño de King para los “ciudadanos de color” de Estados Unidos no era ni más ni menos que el Sueño Americano de un país en el que “todos los hombres fueron creados iguales”.

En cuanto a la cita que hizo King del himno My Country, ’Tis of Thee (Mi país es tuyo) —que es casi un himno nacional oficioso, un canto que se saben de memoria hasta los niños—, fue una alusión a la patriótica fe de los activistas de los derechos civiles en el proyecto de reinventar América. Es posible que además le evocara a él recuerdos personales. La noche, durante el boicot a los autobuses en Montgomery, Alabama, en que su hogar sufrió un atentado que puso en peligro las vidas de su mujer, Coretta, y su hija pequeña, King, calmó a la muchedumbre que se había reunido delante de su casa y les dijo: “Quiero que améis a nuestros enemigos”. Al parecer, varios de sus seguidores empezaron entonces a cantar himnos, entre ellos My Country, ’Tis of Thee.

La marcha sobre Washington y el discurso del Sueño del reverendo King influyeron de forma decisiva en la aprobación de la Ley de derechos civiles de 1964, como la trascendental marcha de Selma a Montgomery que encabezó en 1965 daría un impulso fundamental a la aprobación, ese mismo año, de la Ley sobre el derecho al voto. Aunque King recibió el Premio Nobel de la Paz en 1964, su agotadora actividad (pronunciaba cientos de discursos al año) y su frustración con las divisiones en el movimiento de los derechos civiles y el aumento de la violencia en el país le provocaron un cansancio y una depresión crecientes hasta el momento de su muerte, asesinado, en 1968.

Saber que Martin Luther King dio su vida por la causa hace que la experiencia de oír hoy sus discursos sea aún más emocionante. Igual que recordar —hoy, en el segundo mandato de la presidencia de Barack Obama— la terrible situación de las relaciones entre las razas en los primeros sesenta, cuando las ciudades del Sur de Estados Unidos aún tenían segregación en las escuelas, los restaurantes, los hoteles y los aseos, además de discriminación en la vivienda y el empleo en todo el país. Solo dos meses y medio antes del discurso del Sueño, el gobernador George Wallace se había colocado en una puerta de la Universidad de Alabama para tratar de impedir que se matricularan dos estudiantes negros; al día siguiente, murió asesinado el activista de los derechos civiles Medgar Evers delante de su casa en Jackson, Misisipi.

El presidente Obama, que en una ocasión contó cómo su madre iba a casa “con libros sobre el movimiento de los derechos civiles, grabaciones de Mahalia Jackson y discursos del doctor King”, ha calificado a los líderes del movimiento de “gigantes cuyos hombros nos sostienen”. Varios de sus discursos están claramente en deuda con las ideas y palabras de King.

En su discurso ante la Convención Nacional Demócrata en 2004, que le dio a conocer al país, Obama evocó la visión de esperanza de King al hablar de “unirnos en una familia americana”. En su discurso de 2008 sobre la raza, habló, como había hecho King, de proseguir “por el camino de una unión más perfecta”. Y en el discurso que pronunció en 2007 para conmemorar la marcha de Selma en 1965, repitió las frases de King sobre el Éxodo y dijo que el reverendo King y otros líderes de los derechos civiles eran miembros de la generación de Moisés, que “señalaron la dirección” y “nos hicieron recorrer el 90% del camino”. Dijo que los miembros de su propia generación eran los herederos, la generación de Josué, con la responsabilidad de acabar “el viaje que había comenzado Moisés”.

Martin Luther King sabía que no sería fácil “transformar los ruidosos desacuerdos de nuestra nación en una hermosa sinfonía de hermandad”, unas dificultades que hoy persisten con los nuevos debates sobre las leyes de inscripción de votantes y la muerte por disparos de Trayvon Martin. Probablemente, el reverendo King no previó que un presidente negro celebraría el 50º aniversario de su discurso ante el monumento a Lincoln, y desde luego no pensó que él mismo tendría otro monumento a escasa distancia. Pero sí soñó con un futuro en el que el país emprendería “la soleada ruta de la justicia racial”, y profetizó, con una agridulce clarividencia, que 1963 era, en sus propias palabras, “no un final, sino un principio”.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2013/08/28/actualidad/1377702909_628035.html

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Martin Luther King – Último Discurso – «He estado en la cima de la montaña»

Versión doblada

Les agradezco muy bondadosamente, amigos míos.

A medida que escuchaba a Ralph Abernathy en su elocuente y generosa introducción, yo pensaba en mí mismo, y me preguntaba de quién estaría él hablando. Siempre es bueno oír a tu mejor amigo y socio que diga algo bueno acerca de tí, y Ralph Abernathy es el mejor amigo que tengo en el mundo. Es mi delicia ver a cada uno de ustedes aquí esta noche a pesar de la advertencia de una tormenta. Me demuestran que están determinados a seguir de cualquier manera.

Algo está pasando en Memphis, algo está pasando en nuestro mundo. Y ¿saben qué? si estuviera parado al comienzo de la era, con la posibilidad de echarle una vistazo general, tipo panorámica, a toda la historia humana hasta ahora, y el Todopoderoso me dijera, “Martin Luther King, ¿en que era te gustaría vivir?”

Yo abordaría mi vuelo mental hacia Egipto, y vería a los hijos de Dios en su magnífica travesía, desde los oscuros calabozos de Egipto cruzando el…, mejor dicho pasando a través del Mar Rojo, a través del desierto, hacia la tierra prometida. Y a pesar de la magnificencia, no pararía ahí.

Me iría hasta Grecia, y llevaría mi mente al Monte Olimpo. Y vería a Platón, Aristóteles, Sócrates, Eurípides, y Aristófanes, reunidos en el Partenón, y los vería en el Partenón hablando de los grandes y eternos asuntos de la realidad. Pero no me detendría ahí. Incluso iría a los tiempos de auge del Imperio Romano, y vería los progresos de allá, a través de diversos emperadores y líderes. Pero no me detendría ahí.

Incluso aparecería por los días del Renacimiento y echaría una mirada rápida a todo lo que el Renacimiento hizo por la cultura y la estética en la vida del hombre. Pero no me detendría ahí.

Incuso iría por los caminos del hombre por quién yo he sido nombrado, en qué ambiente vivía, y observaría cómo Martín Lutero clavaba sus noventa y cinco Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Pero no me detendría ahí.

Incluso llegaría a 1863 y vería a un vacilante presidente llamado Abraham Lincoln finalmente llegar a la conclusión que tenía que firmar la Proclamación de la Emancipación. Pero no me detendría ahí.

Incluso llegaría a los primeros años de los ’30, y vería a un hombre batallando con los problemas de la bancarrota de su país, y salir con un grito elocuente que “No hay nada que temer, salvo al temor mismo.” Pero no me detendría ahí.

Extrañamente, me volvería hacia el Todopoderoso y le diría: -Si me permitieras vivir solo unos cuantos años en esta segunda parte del siglo veinte, seré feliz.

Ahora, esto es hacer una declaración extraña, porque el mundo está hecho un embrollo. La nación está enferma, el problema está en la tierra, confusión por todas partes. Pero yo sé, en cierta forma, que solamente cuando está lo suficientemente oscuro puedes ver las estrellas. Y veo a Dios obrando en este período del siglo veinte de tal modo que los hombres, en alguna extraña manera están respondiendo.

Algo está pasando en nuestro mundo. Las masas de gentes se están levantando. Y donde quiera que hoy estén reunidos, ya sea que estén en Johannesburg, en Sudáfrica; Nairobi, Kenia; Accra, en Ghana; La ciudad de Nueva York, Atlanta, Georgia; Jackson, en Missisipi; o en Memphis, Tennessee, el grito es siempre el mismo: “Queremos ser libres.”

Y otra razón por la que estoy feliz de vivir en este período, es que hemos sido arrastrados al punto donde vamos a tener que luchar con problemas con los que el hombre ha intentado luchar a través de la historia, pero las exigencias no lo forzaban a hacerlo. La supervivencia exige que luchemos con ellos. Ahora bien, el hombre por años ha hablado de la Guerra y la Paz. Pero ahora ya es posible tan solo hablar acerca de ello. Ya no se trata de una opción entre la violencia y la no-violencia en este mundo; es no-violencia o no-existencia. Y en eso estamos hoy.

Y también, en la revolución de los derechos humanos, si algo no se hace, y se hace de prisa, para sacar a las personas de color del mundo de sus largos días de pobreza, sacarlos de sus largos años de dolor y abandono, el mundo entero está condenado a muerte. Pues ahora simplemente estoy feliz de que Dios me haya permitido vivir en este período, para ver lo que se está desarrollando. Y me siento feliz que me haya permitido estar en Memphis.

Puedo recordar, – puedo recordar cuando los negros iban por ahí, como a menudo ha dicho Ralph, rascándose donde no les pica y riéndose cuando no les hacen cosquillas. Pero ese día se ha terminado. Ahora vamos en serio y estamos determinados a ganar nuestro justo lugar en el mundo de Dios.

Y de esto es de lo que se trata. No estamos ocupados en una protesta negativa y discusiones negativas con nadie. Estamos diciendo que estamos determinados a ser hombres; estamos determinados a ser personas. Estamos diciendo… estamos diciendo que somos hijos de Dios. Y si somos hijos de Dios, no tenemos que vivir de la manera en que nos obliguen a vivir.

Pues ahora, ¿qué es lo que significa todo esto en este gran período en la historia? Significa que debemos seguir juntos. Debemos estar unidos y mantener la unidad. ¿Saben qué? Siempre que el faraón deseaba prolongar el período de la esclavitud en Egipto, él tenía una fórmula favorita para lograrlo. ¿Saben cuál era? Él mantenía a los esclavos peleando entre ellos mismos. Pero siempre que los esclavos se unían, algo pasaba en la corte del faraón, y él no podía mantener a los esclavos en esclavitud. Cuando los esclavos se unen, ese es el comienzo de salir de la esclavitud. Ahora, pues, mantengamos esa unidad.

En segundo lugar, repasemos el estado de los asuntos. El asunto es la justicia. El tema es el rechazamiento de Memphis de ser justo y honesto en sus tratos con sus servidores públicos, que son en este momento los trabajadores sanitarios. Pues ahora tenemos que fijar la atención en ello. Que es siempre un problema con un poco de violencia. Ustedes saben lo que pasó el otro día, y la prensa trató solamente lo de las ventanas rotas. Leí los artículos. Muy pocas veces llegaron a mencionar el hecho que mil trescientos trabajadores sanitarios están en huelga, y que Memphis no está siendo justo con ellos, y que el alcalde Loeb tiene una terrible necesidad de un doctor. Ni llegaron a mencionar eso.

Pues ahora vamos a marchar de nuevo, y tenemos que marchar de nuevo, para poner este asunto en donde se supone que debe estar, y obligar a todos a ver que hay mil trescientos hijos de Dios sufriendo aquí, hay veces que pasan hambre, pasan a través de las oscuras y tristes noches preguntándose cómo saldremos de esto. Ese es el tema. Y tenemos que decirle a la nación, que sabemos como saldremos de esto. Porque cuando las personas se aferran a lo que está bien, y se disponen a sacrificarse por eso, entonces no hay estación intermedia hasta la victoria.

No vamos a permitir que un mazo cualquiera nos detenga. Somos maestros en nuestro movimiento de la No-violencia, en desarmar fuerzas policiales; no saben qué hacer. Los he visto muy a menudo. Yo me acuerdo que en Birmingham, Alabama, cuando estábamos ahí en esa majestuosa lucha, día tras día salíamos de la iglesia bautista de la Calle 16. Salíamos de a cientos, y el “Toro” Connor decía “¡Suéltenles los perros!”, y ahí venían. Pero nos fuimos delante de los perros cantando “No voy a dejar que nadie me mande de vuelta.”

Después el “Toro” Connor decía: “¡Abran las mangueras de incendio!” Y como les dije a ustedes la otra noche, el “Toro” Connor no sabía de historia. Él sabía un tipo de física que de alguna forma, no tenía que ver con la metafísica que nosotros sabíamos. Y que fue el hecho de que había un cierto tipo de fuego que ningún agua lo podía apagar. Y nos fuimos en frente de las mangueras de incendio. Ya conocíamos el agua. Y si éramos bautistas o de alguna otra denominación, hemos sido sumergidos. Y si fuéramos metodistas, o de alguna otra, hemos sido rociados. Pero conocíamos el agua. Eso no nos pudo detener.

Y nosotros solo fuimos adelante, ante los perros, y los mirábamos; y proseguíamos adelante enfrente de las mangueras del agua y las mirábamos. Y solo seguimos adelante cantando, “Sobre mi cabeza, veo la libertad en el aire.” Y luego nos metían en los furgones, y a veces nos amontonaban ahí adentro como sardinas en lata. Y nos metían adentro y el viejo “Toro” decía: “¡Llévenselos!” Y lo hacían, y nosotros íbamos en el furgón cantando, “Debemos Vencer.” Y de vez en cuando estábamos en la cárcel, y veíamos a los carceleros mirando a través de las ventanillas conmovidos por nuestras oraciones, y conmovidos por nuestras palabras y nuestras canciones. Y había un poder ahí, al cual el “Toro” Connor no se pudo ajustar, así que terminamos transformando al “Toro” en un buey, y ganamos nuestra lucha en Birmingham. Ahora tenemos que continuar en Memphis, tal cual. Los convoco para que estén con nosotros cuando salgamos el lunes.

Ahora… acerca de los mandatos. Tenemos un mandato y vamos a ir a la Corte mañana a pelear contra este ilegal, inconstitucional mandato. Todo lo que le decimos a Norteamérica es “Que sea verdad lo que dicen en los papeles”. Si yo viviera en China, o hasta en Rusia, o cualquier país totalitario, tal vez podría entender algunos de estos ilegales mandatos. Tal vez podría entender la denegación de ciertos privilegios básicos de la Primera Enmienda, porque no se han comprometido a eso, por allá. Pero en alguna parte yo leí acerca de la libertad de asamblea. En alguna parte leí algo acerca de la libertad de expresión. En alguna parte leí acerca de la libertad de prensa. En alguna parte he leído que la grandeza de Norteamérica es el derecho a reclamar por los derechos. Y así como digo que no vamos a dejar que ningún perro o mangueras de agua nos manden de vuelta, tampoco vamos a dejar que ningún mandato nos eche de vuelta. Vamos a seguir.

Los necesitamos a todos ustedes. ¿Saben? Lo que es hermoso para mí es ver todos estos ministros del evangelio. Es un cuadro maravilloso. ¿Quién se supone que tiene que articular los anhelos y las aspiraciones de las personas, sino el predicador? De alguna manera, el predicador debe tener una especie de fuego encerrada en sus huesos; y donde quiera que esté la injusticia, él debe declararla. En cierta forma, el predicador debe ser un Amós, quien dice: “Cuando Dios habla, ¿quién no profetizará?” De nuevo con Amós, “¡Que la justicia corra como las aguas, y la virtud como un torrente!” En cierta forma, el predicador debe decir, con Jesús, “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido, y Él me ha ungido para tratar con los problemas de los pobres.”

Deseo encomendar a los predicadores, bajo el mando de estos nobles hombres: James Lawson, quien ha estado es esta lucha por muchos años. Él ha estado en la cárcel por luchar; ha sido expulsado de la Universidad de Vanderbilt por esta lucha; pero él sigue adelante, luchando por los derechos de su pueblo. El reverendo Ralph Jackson, Billy Kiles; solo podría seguir leyendo la lista pero el tiempo no lo permitirá. Pero quiero agradecerles a todos ellos, y quiero que ustedes les agradezcan, porque muchas veces los predicadores no están preocupados de nada sino por ellos mismos. Y siempre estoy feliz de ver un ministro que hace la diferencia.

Está bien hablar de las “largas túnicas blancas del más allá”, con todo lo que simbolizan, pero últimamente la gente quiere trajes, y vestidos, y zapatos para vestirse aquí abajo. Está bien hablar de las “calles que manan leche y miel”, pero el Señor nos ha mandado a preocuparnos por los suburbios de aquí abajo y por sus hijos que no llegan a las tres comidas diarias. Está bien hablar de la nueva Jerusalén, pero algún día el predicador de Dios debe hablar acerca de la nueva New York, de la nueva Atlanta, la nueva Filadelfia, el nuevo Los Ángeles, el nuevo Memphis, Tennessee. Esto es lo que tenemos que hacer.

Pues ahora, otra cosa que tendremos que hacer es esta: Siempre sujetemos nuestra directa acción externa al poder económico del boicot. Ahora somos individualmente pobres, somos pobres si nos comparan con la sociedad blanca en Norteamérica. Somos pobres. Nunca te detengas ni olvides que colectivamente –eso significa, todos juntos– colectivamente somos más ricos que todas las naciones del mundo, con la excepción de nueve. ¿Han pensado acerca de eso? Una vez que te vayas de los Estados Unidos, Unión Soviética, Gran Bretaña, Alemania Occidental, Francia, y podría nombrar otros, colectivamente el negro americano es más rico que la mayoría de las naciones del mundo. Tenemos una ganancia anual de más de treinta billones de dólares al año. Lo cual es más que todas las exportaciones de los Estados unidos y más que el presupuesto nacional de Canadá. ¿Sabían eso ustedes? Hay poder ahí, si es que sabemos cómo armar un fondo común.

No tenemos que discutir con nadie. No tenemos que insultar ni andar actuando mal con nuestras palabras. No necesitamos ningún ladrillo o botellas de vidrio; no necesitamos ningún cóctel molotov. Necesitamos ir alrededor de estas tiendas, y estas masivas industrias en nuestro país, y decir: “Dios nos envió aquí para decirles a ustedes que no están tratando bien sus hijos. Y hemos venido aquí para pedirles que hagan el primer ítem de su agenda, un trato justo para los hijos de Dios. Pues ahora, si ustedes no están preparados para hacer eso, nosotros sí tenemos una agenda que debemos seguir. Y nuestra agenda reclama el retiro del sostén económico de ustedes.”

Y así, como resultado de esto, esta noche les estamos pidiendo que salgan y les digan a sus vecinos que no compren Coca-Cola en Memphis. Vayan y díganles que no compren la leche Sealtest. Díganles que no compren, – ¿cuál es el otro pan? – el pan Wonder. ¿Y cuál es la otra compañía de pan, Jesse? Díganles que no compren el pan de Hart’s. Como ha dicho Jesse Jackson, hasta ahora solamente los basureros de la calle han experimentado el dolor. Ahora tenemos cómo redistribuir el dolor. Estamos eligiendo estas compañías porque no han sido justas en la póliza de empleos, y las estamos eligiendo porque pueden comenzar el proceso de decir que van a soportar las necesidades y los derechos de estos hombres que están en huelga. Y luego pueden ir a la ciudad… al centro de la ciudad y decirle al alcalde Loeb que haga lo que corresponde.

Ahora no solo eso, tenemos que fortalecer las instituciones negras. Les hago este llamado para que retiren su dinero de los bancos del centro, y depositen su dinero en el banco Tri-State. Queremos un movimiento bancario en Memphis. Vayan a la asociación de ahorros y préstamos. No estoy pidiéndoles algo que no hagamos nosotros mismos en SCLC. El juez Hooks y otros pueden decirles que tenemos una cuenta aquí, en esta asociación de ahorros y préstamos de la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur. Estamos pidiéndoles que sigan lo que estamos haciendo, pongan su dinero ahí. Tienen seis o siete compañías de seguros negras aquí en la ciudad de Memphis. Saquen su seguro ahí. Queremos tener una aseguradora.

Pues ahora éstas son algunas cosas prácticas que podemos ir haciendo. Comenzamos el proceso de construir una base económica más grande. Y al mismo tiempo, seguimos pidiéndoles que aprieten donde realmente duele, y les pido seguir ahí hasta el final.

Ahora déjenme decir algo, mientras me muevo hacia mi conclusión: tenemos que entregarnos a esta lucha hasta el final. Nada podría ser más trágico que frenarla en este punto en Memphis. Tenemos que verla terminada. Cuando hagamos nuestra marcha, tenemos que estar ahí. Así signifique salir del trabajo, así signifique salir de la escuela, – estén ahí. Preocúpate por tu hermano. Puede que tú no estés en huelga. Pero, en cualquier caso, o nos vamos para arriba juntos, o juntos nos vamos para abajo.

Dejemos que se desarrolle algo así como una peligrosa generosidad. Un día un hombre vino a Jesús y quería hacerle algunas preguntas sobre unos temas vitales de la vida. Al final, lo que él quería era engañar a Jesús, y mostrarle que él sabía un poquito más que lo que Jesús sabía y hacerle sentir desubicado…

Ahora, esa pregunta pudo fácilmente haber terminado en un debate filosófico y teológico. Pero Jesús inmediatamente descolgó esa pregunta del aire y la ubicó en una curva peligrosa, entre Jerusalén y Jericó. Y habló de cierto hombre que cayó en manos de ladrones. Se acuerdan que un Levita y un sacerdote pasaron por la vereda de enfrente; no se detuvieron a ayudarlo. Finalmente vino un hombre de otra raza. Se bajó de su bestia, decidió no ser compasivo a través de intermediarios. Se bajó hasta él, le administró primeros auxilios, y ayudó a ese hombre necesitado. Jesús terminó diciendo que éste fue un buen hombre, éste fue un gran hombre, porque tenía la capacidad de proyectar el “Yo” en el “Tú” y de preocuparse por su hermano.

Ahora, como saben, nosotros usamos bastante nuestra imaginación para tratar de determinar por qué el sacerdote y el Levita no se detuvieron. Hay veces que decimos que ellos estaban apurados yendo a una reunión de la iglesia, una junta eclesiástica y tenían que ir allá abajo a Jerusalén para no llegar tarde a la reunión. En otras veces especulamos que había una ley religiosa, que si uno estaba comprometido en ceremonias religiosas no podía tocar un cuerpo humano veinticuatro horas antes de la ceremonia. Y de vez en cuando comenzamos a preguntarnos si tal vez no iban a Jerusalén, o a Jericó, mejor dicho, a organizar una Asociación para Mejorar las Calles de Jericó. Es una posibilidad. Tal vez sintieron que era mejor tratar de raíz el problema de la causa, en vez de quedar atascados en un efecto individual.

Pero les voy a decir qué es lo que mi imaginación me dice. Es posible que esos hombres tuvieran miedo. Verán, la calle a Jericó es una calle peligrosa. Me acuerdo cuando la Sra. King y yo estuvimos por vez primera en Jerusalén. Alquilamos un auto y manejamos de Jerusalén hasta Jericó. Y tan pronto estuvimos en esa calle, le dije a mi señora, “me doy cuenta porque Jesús usaba esta escena para sus parábolas.” Es una calle sinuosa, serpenteante. Es realmente ideal para una emboscada. Sales de Jerusalén, que está más o menos a 1200 millas – o mejor dicho, 1200 pies sobre el nivel del mar. Y a la hora que se llega a Jericó, quince o veinte minutos después, estás más o menos a 2200 pies bajo el nivel del mar. Esa es una calle peligrosa. En los días de Jesús llegó a conocerse como el “Sendero Sangriento.” Y ¿sabes qué?, es posible que el sacerdote y el Levita miraran al hombre en el suelo y se preguntaran si los ladrones aún andaban por ahí. O es posible que ellos sintieran que el hombre en el suelo, estaba meramente fingiendo. Y estaba actuando como si le hubieran robado y herido, para agarrarlos ahí, para atraerlos ahí para un ataque fácil y rápido. Así que la primera pregunta que hizo el sacerdote, la primera pregunta que el Levita hizo: “Si me detengo a ayudar e este hombre, ¿qué me va a pasar a mí?”Pero luego vino el buen Samaritano, y cambió la pregunta: “Si no me detengo a ayudar a este hombre, ¿qué es lo que le va a pasar a él?”

Esa es la pregunta en frente de ustedes esta noche. No, “si me detengo a ayudar a los trabajadores sanitarios, ¿qué es lo que le pasará a mi trabajo?” No, “si me detengo a ayudar a los trabajadores sanitarios, ¿qué es lo que le pasará a todas esas horas que usualmente gasto en la oficina todos los días y todas las semanas como pastor?” La pregunta no es, “si me detengo a ayudar a este hombre necesitado, ¿qué es lo que me va a pasar a mí?” La Pregunta es, “si no me detengo a ayudar a los trabajadores sanitarios, ¿qué es lo que les va a pasar a ellos?” Esa es la Pregunta.

Levantémonos esta noche con toda prontitud. Enfrentémosles con una gran determinación. Y movámonos en estos poderosos días, estos días de desafío, para hacer de Norteamérica lo que debe ser. Tenemos una oportunidad de hacer de Norteamérica una mejor nación. Y quiero agradecerle a Dios una vez más, por permitirme estar aquí con ustedes.

¿Saben?, varios años atrás estaba en la ciudad de Nueva York, autografiando el primer libro que había escrito. Y mientras estaba ahí sentado autografiando libros, vino una mujer demente negra. La única pregunta que escuché de ella fue, “¿Es usted Martin Luther King?” Y yo estaba mirando hacia abajo y le dije, “Sí.” El próximo minuto sentí algo golpeando mi pecho. Antes que me diera cuenta, había sido apuñalado por esta mujer demente. Me llevaron rápido al hospital de Harlem. Era un oscuro sábado por la tarde. Y la navaja se había enterrado, y los rayos x revelaron que la punta de la navaja estaba en la orilla de mi aorta, la arteria principal, y una vez que esté perforada te ahogas en tu propia sangre; ese es tu final.

El día siguiente salió en el New York Times, que si nada más hubiera estornudado, me habría muerto. Y bueno, después de cuatro días, me permitieron, tras la operación, después de que mi pecho había sido abierto y la navaja había sido removida, moverme en una silla de ruedas en el hospital. Me permitieron leer algo de mi correspondencia que había llegado, y de todas partes de los estados y del mundo, me llegaron cartas bondadosas. Leí unas cuantas, pero de una de ellas nunca me olvidaré. He recibido una del presidente y el vice-presidente; se me ha olvidado lo que decían esos telegramas. Recibí una visita y una carta del gobernador de Nueva York, pero se me ha olvidado lo que decía esa carta.Pero había otra carta que vino de una niña pequeña, una niña joven que era una estudiante en la escuela secundaria de White Planes. Y vi la carta y nunca me olvidaré. Simplemente decía,

Querido Dr. King:

Soy una estudiante del noveno grado en la escuela secundaria de White Planes.

Ella decía,

A pesar que no importa, me gustaría mencionar que soy una niña blanca.

Leí en el diario de su desgracia y su sufrimiento.

Y leí que si hubiera estornudado, se hubiera muerto.

Y simplemente le estoy escribiendo para decirle que estoy muy feliz de que no haya estornudado.

Y yo quiero decir esta noche – y quiero decir esta noche que yo, también estoy feliz porque no estornudé. Porque si hubiera estornudado, no hubiese estado aquí en 1960, cuando los estudiantes en todas partes del sur comenzaron a sentarse para almorzar en los buffets. Y supe que, mientras ellos se sentaban, en verdad estaban levantándose por lo mejor del Sueño Americano y llevando a toda la nación de regreso a esos grandes pozos de democracia, los cuales fueron cavados bien hondos por nuestros padres fundadores, en la Declaración de la Independencia y la Constitución.

Si hubiera estornudado, no hubiera estado por aquí en 1961, cuando decidimos sacar un pasaje hacia la libertad y acabamos con la segregación en los viajes interestatales.

Si hubiera estornudado, no hubiera estado por aquí en 1962, cuando los negros en Albany, Georgia, decidieron enderezar sus espaldas. Y en dondequiera que los hombres y las mujeres enderecen sus espaldas, ellos irán en alguna dirección, porque nadie puede cabalgar sobre tu espalda a no ser que esté doblada.

Si hubiera estornudado, no hubiera estado por aquí en 1963, cuando el pueblo negro de Birmingham, Alabama, elevó la conciencia de esta nación y le dio existencia al proyecto Ley de los Derechos Humanos.

Si hubiera estornudado, no hubiera tenido la oportunidad tarde ese año, en Agosto, de tratar de contarle a Norteamérica un sueño que había tenido.

Si hubiera estornudado, no hubiera estado allá abajo en Selma, Alabama, para ver el gran movimiento de allá.

Si hubiera estornudado, no hubiera estado en Memphis para ver una comunidad unirse a esos hermanos y hermanas que estaban sufriendo.

Estoy tan feliz porque no estornudé.

Y me decían que… — Pues ahora ya no importa, ahora. No importa lo que pase ahora. Partí de Atlanta esta mañana y mientras estábamos listos en el avión – éramos seis. El piloto dijo por el sistema de comunicación, “Perdonen por el atraso, pero tenemos al Dr. Martin Luther King en el avión. Y para asegurar que todos los bolsones fueran revisados y asegurar que nada estuviera mal en el avión, tuvimos que revisar todo cuidadosamente. Y tuvimos el avión resguardado, y con vigilancia toda la noche.”


Y luego llegué a Memphis. Y algunos comenzaron a decir amenazas, o hablar acerca de las amenazas que circulaban por ahí, o ¿qué me pasaría con algunos de nuestros hermanos blancos enfermos?

Y bueno, yo no sé lo que pasará ahora; se nos vienen días difíciles. Pero de verdad, ahora no me importa, porque he estado en la cima de la montaña.

Y no lo tomo en cuenta.

Como cualquier persona, me gustaría vivir una larga vida – la longevidad tiene su lugar. Pero eso no me preocupa ahora. ¡Yo solo quiero hacer la voluntad de Dios! Y Él me ha permitido subir a la montaña. Y he mirado, y he visto la Tierra Prometida. Puede que no llegue allá con ustedes. Pero quiero que ustedes sepan esta noche, que nosotros, como pueblo, llegaremos a la Tierra Prometida.

Así que esta noche estoy feliz;

No hay nada que me perturbe;

¡Yo no le tengo miedo a ningún hombre!

¡Mis ojos han visto la gloria de la venida del Señor!