Demóstenes – PRIMERA FILÍPICA

Audio en castellano

1

         Atenienses:

         Si se hubiese anunciado la discusión de un asunto nuevo, aguardaría que muchos de los oradores que frecuentan esta tribuna hubiesen hablado, para guardar silencio si aprobaba alguno de sus dictámenes, e intentar, en caso contrario, la exposición de mis ideas. Pero teniendo en cuenta que la cuestión que hoy se presenta a examen es la misma que tantas veces se ha tratado, aguardo que se me perdonará ser el primero en levantarme, cuando, por otra parte, en lo que mira al pasado, si sus consejos hubiesen correspondido a vuestras necesidades no os veríais obligados a deliberar de nuevo.

         Comenzad, ciudadanos de Atenas, por no desesperar de vuestra situación, no obstante su tristísima apariencia; porque la causa misma de vuestras desgracias anteriores es el mejor motivo de esperanzas para el porvenir. ¿Sabéis por qué? Porque sólo vuestra extremada negligencia, atenienses, ha producido vuestros males. Si hubieran sobrevenido a pesar del cumplimiento de todos vuestros deberes, entonces solamente debería perderse la esperanza de mejorar de suerte. Pero pensad, puesto que lo sabéis por referencias de otros o porque lo habéis presenciado, pensad en la noble actitud de Atenas contra los Lacedemonios, cuando más grande era su poder; en el respeto que inspiraba vuestra propia gloria, a lo cual debisteis que se os encargara posteriormente del peso de la guerra, para defender contra Esparta los derechos de Grecia. Pero, ¿para qué os cito este ejemplo? Para mostraros claramente, atenienses, que si vigiláis no tendréis que temer ningún peligro, y que vuestra incuria es, por el contrario, la causa de que no se cumplan vuestros deseos. Yo atestiguo esto con Lacedemonia, cuyo imperio fue vencido por vuestra actividad, y con el insolente que nos perturba hoy, porque rehusamos a los asuntos públicos los cuidados que merecen.

         Quizá alguno de vosotros, pensando en el numeroso ejército de que Filipo dispone, y en todas las fortalezas que ha usurpado a la República, lo creerá difícil de vencer; esto es cierto. Pero que considere, sin embargo, que otras veces Atenas tenía bajo su obediencia a Pidna, Potidea, Medona y el resto entero de esta comarca; que la mayor parte de los pueblos ahora sometidos a Filipo eran libres, autónomos, y preferían vuestra alianza a la suya. Si entonces Filipo se hubiese detenido en este razonamiento: «Solo, sin aliados, no puedo atacar a los atenienses, cuyas numerosas fortalezas dominan mis fronteras»; entonces, repito, lo que ahora ha hecho no lo hubiese jamás intentado; no, no se hubiera engrandecido tanto. Pero él sabía bien que las plazas fuertes son recompensas expuestas a la suerte de los combates; que naturalmente los ausentes son desposeídos por los presentes, y los tímidos y perezosos por los hombres atrevidos e infatigables. Realizando esta máxima, todo lo ha subyugado, en unas partes por derecho de conquista, en otras con el título de amigo y de aliado, que siempre se desea obtener, de aquellos a quienes se ve con las armas en la mano y dispuestos para herir donde conviene. Si, pues ahora, atenienses, queréis a vuestra vez, ya que no lo habéis hecho antes, arreglar vuestra conducta por este mismo principio; si cada uno, despreciando todo subterfugio, se apresura a contribuir a las necesidades públicas según sus medios, los ricos con sus donativos y los jóvenes empuñando las armas; en una palabra, si estáis resueltos a no depender sino de vosotros mismos; si cada ciudadano alimenta su esperanza en su propia actividad, verá que todos trabajan como él; y entonces con la ayuda de los dioses, recobraréis vuestras posesiones; entonces repararéis las desgracias producidas por vuestro descuido y castigaréis a ese hombre ambicioso. Porque no creáis que Filipo es como una divinidad, que lleva en sus manos la fortuna: es objeto de odio, de temor y de envidia, aun para algunos de los que cree le están más consagrados. ¡Oh! ¿Cómo no suponer en los que le rodean todas las pasiones de los demás hombres? Pero carecen de auxiliares y se hallan tímidamente detenidos ante esta lentitud, ante esta inercia que es indispensable, yo lo repito, que sacudáis desde hoy mismo. Ved, en efecto, atenienses, hasta dónde se ha desbordado la audacia de este hombre: ya no os permite vacilar entre la acción y el reposo; os amenaza; profiere, según se dice, palabras insolentes; incapaz de contentarse con las usurpaciones que ha cometido, se rodea cada día de nuevas conquistas; y mientras que nosotros temporizamos inmóviles, nos cerca y nos estrecha por todas partes.

         ¿Cuándo, pues, atenienses, cuándo cumpliréis vuestro deber? ¿A qué aguardáis para moveros? ¿A que os obliguen los acontecimientos o la necesidad? Pero, ¿qué otra idea puede formarse de lo que sucede? No conozco necesidad más apremiante, para hombres libres, que la de evitar su deshonra. ¿Queréis andar siempre por la plaza pública, preguntando de un lado para otro: «¿Se dice algo de nuevo?» ¡Oh! ¿Qué mayor novedad que un macedonio vencedor de Atenas y dominador de Grecia? «¿Ha muerto Filipo?», pregunta uno. «No ha muerto, pero está enfermo», responde otro. Muerto o enfermo, ¿qué os importa? Si pereciese y vuestra vigilancia continuase tan descuidada como ahora, vosotros mismos produciríais otro Filipo; porque este debe su engrandecimiento a vuestro abandono más bien que a sus fuerzas. Y si la fortuna nos librase de él, si más cuidadosa de nosotros que nosotros mismos nos secundase y destruyese su obra, no dudo que estando cerca de los países descontentos y sorprendiéndolo en el desorden de una revolución general lo someteríais todo a vuestro dominio; pero en vuestra situación actual, aunque la fortuna os abriese las puertas de Anfípolis, no podríais entrar en una ciudad de la cual vuestros armamentos y vuestros proyectos os mantienen tan apartados.

         Desplegar una voluntad enérgica y un celo infatigable en el cumplimiento de vuestro deber, es una necesidad de que os creo penetrados, y no insistiré más sobre ella. Pero, ¿cuáles son los preparativos necesarios para libraros de tan grandes embarazos? ¿Cuál debe ser la cantidad de vuestras fuerzas? ¿Cuál la suma de los subsidios? ¿Qué medidas me parecen las más prontas y eficaces? He aquí lo que intento exponer, después de pediros una sola cosa. Antes de fijar vuestra opinión, escuchadlo todo, y no prejuzguéis nada; y si me veis proponer nuevos aprestos, no vayáis a creer que retardo los resultados. El grito de: ¡pronto, desde hoy mismo! no es el consejo más oportuno, puesto que no podríamos, con recursos obtenidos instantáneamente, cambiar en nada la faz de los acontecimientos: creo serviros mejor exponiendo los preparativos necesarios, su cantidad, el medio de realizarlos y hacerlos permanentes hasta que nos convenga renunciar a las hostilidades, o hasta que hayamos vencido al enemigo. Solamente esta actitud nos pondrá al abrigo de todo insulto. Tales son las cuestiones de que creo deber ocuparme, sin impedir por esto a nadie que haga aquí otras promesas. La mía es muy grande, pero el resultado la justificará, y vosotros pronunciaréis.

Digo, pues, atenienses, que es necesario armar desde luego cincuenta trirremes, y que os dispongáis a tripularlos en persona cuando la necesidad lo exija. Pido también que se equipe, para la mitad de la caballería, un número suficiente de buques de carga y de transporte. He aquí, a lo que yo creo, los medios de defensa que debéis oponer a esas excursiones súbitas que el Macedonio hace a las Termópilas, al Quersoneso, a Olinto y a os demás puntos que le conviene atacar. Es necesario hacerle concebir la idea de que, despertados de vuestro letargo, podréis precipitaros sobre él tan impetuosamente como en vuestra antigua expedición de Haliarte, como en la Eubea y como más recientemente en las Termópilas. Aun cuando no ejecutaseis nada más que una parte del plan que os propongo, no dejaríais de obtener buenos resultados. Perfectamente instruido Filipo de vuestros aprestos, por los espías que tiene entre nosotros, o intimidado se detendrá o, si no hace caso de nuestra actitud, le sorprenderéis sin defensa, puesto que, en la primera ocasión podréis verificar un desembarco sobre sus costas. Tal es el proyecto para al cual reclamo vuestra unánime aprobación; tales son los preparativos que es necesario ordenar al instante.

Creo también, atenienses, que debéis tener preparadas fuerzas para atacar sin descanso y fatigar al enemigo. No me habléis de diez mil ni de veinte mil extranjeros, ni de esos grandes ejércitos que sólo existen en el papel. Quiero tropas que pertenezcan a la patria; que cualesquiera que sean el número y la persona de los generales que elijáis, los obedezcan y los sigan. Pero también es necesario que cuidéis de su subsistencia. ¿Qué tropas serán estas? ¿Cuál será su número? ¿Cuáles los recursos para sostenerlas? ¿Cómo ejecutar las medidas que se requieren? Responderé a todo por su orden.

En cuanto a los mercenarios extranjeros, no hagáis ahora lo que frecuentemente os ha perjudicado. Traspasando los límites de lo necesario, vuestros proyectos son magníficos en vuestros decretos; pero cuando se trata de obrar, se encuentra que es nula la ejecución. Comenzad por pequeños preparativos, y aumentadlos progresivamente si reconocéis su insuficiencia. Pido, pues, en conjunto, dos mil infantes, de los cuales quinientos serán atenienses, fijando vosotros de antemano su edad y la duración del servicio, que deberá ser bastante corta para que puedan relevarse sucesivamente. El resto de esta fuerza se compondrá de extranjeros. Tened también doscientos soldados de caballería, entre los cuales haya, lo menos, cincuenta de Atenas, que sirvan en las mismas condiciones que los de a pie. Proveedles de buques de transporte. Todo esto está bien, me diréis, ¿qué más se necesita? Diez mil trirremes ligeros; pues si Filipo tiene una marina, nosotros tenemos necesidad de galeras rápidas para asegurar los movimientos de nuestros soldados. Pero a estos soldados, ¿cómo les haremos subsistir? Voy a decíroslo, después de haber explicado por qué creo esas fuerzas suficientes, y por qué exijo de los ciudadanos el servicio personal.

Estas tropas bastan, atenienses, vista la imposibilidad de levantar ahora un ejército que aventure, contra Filipo, una batalla decisiva. Fuerza será que empecemos limitándonos a las correrías y al pillaje. Pero para este género de guerra, nuestras tropas no deben ser muy considerables, porque se verían faltas de sueldo y de víveres, ni muy poco numerosas. Deseo que los ciudadanos formen en sus filas y se embarquen con ellas, porque veo que otras veces nuestra ciudad sostenía en Corinto un cuerpo de extranjeros mandados por Polítrato, Ifícrates, Cabrias y otros jefes; que vosotros mismos acudisteis bajo aquellas banderas, y que confundidos ciudadanos y extranjeros, vencisteis a los lacedemonios. Sucede que cuando vuestra soldadesca asalariada sostiene ella sola la campaña, no triunfa más que de vuestros amigos y aliados; el enemigo aumenta sus recursos, y después de haber dirigido una mirada indiferente sobre la guerra emprendida por Atenas, el mercenario se embarca, y va a ofrecer sus servicios a Artabaces o a cualquiera otro amo. Su general le sigue; ¿es esto asombroso? Tan pronto como deja de pagar, deja de ser obedecido.

¿Qué es, pues, lo que deseo? Lo que deseo es quitar al jefe y a los soldados todo pretexto de descontento, asegurando la paga y colocando en las filas soldados ciudadanos que vigilen la conducta de los generales. Hoy día es, en efecto, nuestra política muy risible. Que se os pregunte si estáis en paz. «¡No! exclamaréis; ¡no, por Júpiter, estamos en guerra con Filipo!» Esto es evidente, puesto que elegís entre vosotros diez texiarcas, dies estrategos, diez tribunos y dos hiparcas. ¿Pero qué hacen estos hombres? Aparte de uno solo que enviáis a la guerra, todos los demás se ocupan en maniobrar en vuestras magníficas procesiones con los inspectores de los sacrificios. Semejantes a alfareros, fabricáis texiarcas y tribunos para adorno y no para la guerra. Para que vuestro ejército fuese realmente el ejército de Atenas, ¿no sería necesario confiar el mando a texiarcas y a hiparcas atenienses? Pero no, ¡es preciso que sea ciudadano el que se manda como hiparca a Lemnos, mientras que la caballería que protege las posesiones de la república recibe las órdenes de Menelao! No tengo nada que censurar en este jefe; pero digo que cualquiera que sea el que ocupe su puesto, debe ser elegido de entre vosotros.

 Quizá, si consideráis fundadas estas observaciones, estaréis impacientes por conocer los gastos necesarios y el modo de sufragarlos. Voy a satisfaceros. El coste total de víveres y municiones, pasará un poco de noventa talentos, cuya inversión es la siguiente: cuarenta talentos en los diez buques de transporte, a razón de veinte minas mensuales para cada buque; otro tanto a los dos mil infantes, calcuolando a diez dracmas por cabeza al mes; y, en fin, a los doscientos soldados de caballería, doce talentos pagándoles a razón de treinta dracmas mensuales a cada uno. Y no creáis que es muy poco el atender solamente a la subsistencia del soldado. Concedido esto, estoy seguro de que la guerra le proporcionará lo demás, y que sin robar a griegos ni aliados completará su sueldo. Yo mismo, embarcado como voluntario, respondería con mi cabeza de lo que digo. Pero los fondos que se necesitan, ¿de qué modo se han de procurar? Helo aquí. (La lectura de los medios que proponía el orador para arbitrar recursos, se hizo por un secretario. Demóstenes continuó:)

Tales son, atenienses, los recursos que podemos encontrar. Después de que una opinión haya obtenido mayoría, que la ejecución de las medidas adoptadas se vote también, a fin de no guerrear más contra Filipo a golpes de decretos y mensajes, sino con la espada en la mano.

Pero me parece que vuestra deliberación sobre esta campaña y sobre el conjunto de sus preparativos será más acertada, si os representáis en vuestro pensamiento la comarca que ha de ser teatro de vuestros combates, y si reflexionáis que Filipo se aprovecha de los vientos y las estaciones para adelantarse a vosotros, y asegurar un buen éxito, y que sólo ataca después de que han vuelto los vientos etesios o del invierno, en cuya época nos sería imposible aguardarle. Penetrados de esta consideración, cesad de oponerle alistamientos instantáneos, que nunca nos permiten llegar a tiempo, y que vuestros preparativos y vuestro ejército sean permanentes. Tenéis para hacerle invernar, a Sciathe y otras islas de este archipiélago, donde se encuentran puertos, víveres y todo lo necesario a tropas en campaña. Durante la época que permite recorrer las costas y confiarse a los vientos, nuestras naves se acercarán fácilmente al país enemigo, y bloquearán los puertos de las ciudades de comercio.

Sobre la manera y la ocasión de hostilizar con el ejército, dejad que el general colocado por vosotros a su cabeza tome consejo de las circunstancias. Vuestro proyecto inmediato debe reducirse a ejecutar lo que he propuesto en mi proyecto. Si comenzáis, atenienses, facilitando los subsidios que he pedido; si después de haberlo preparado todo, buques, infantería y caballería, obligáis al ejército entero a no separarse de sus banderas; si, en fin, os hacéis tesoreros y administradores de vuestros fondos y exigís cuentas de la campaña al general, no prolongaréis, sobre esta misma materia, unas discusiones sin término y sin fruto. Otra ventaja os indicaré aún: arrebataréis a Filipo la más pingüe de sus rentas. ¿Sabéis cuál es? Los despojos apresados en el mar a los aliados de Atenas, que él emplea en combatir a nuestra ciudad. ¿Qué otros beneficios lograréis? Vosotros mismos os veréis libres de sus piraterías; no se atreverá a volver a Lemnos y a Imbros para encadenar a vuestros conciudadanos y arrastrarlos tras sí; Geraestos no lo verá en lo sucesivo envolver y asaltar vuestras naves y apoderarse de sumas inmensas; no descenderá más hasta Maratón, como hace poco, para llevarse el trirreme sagrado; correrías y latrocinio que no pudisteis impedir, porque vuestros medios improvisados no llegan nunca en el momento oportuno. ¿Sabéis, atenienses, por qué las Panateas y las Dionisíacas se solemnizan siempre en la época prescrita, cualesquiera que sean la habilidad de los encargados de estas dos fiestas, en las cuales gastáis más oro que en una expedición naval, y cuyo tumultuoso aparato no tiene ejemplo, a lo que yo creo, mientras que todas vuestras escuadras llegan tarde a Methon, a Pagases y a Potidea? Pues consiste en que en estas funciones todo está ordenado por la ley; en que cada uno conoce, con mucho tiempo de anticipación, el corrego, el gimnasiarca de cada tribu, lo que debe hacer, cuándo, por qué manos y qué suma ha de recibir, sin que haya nada imprevisto, indeciso ni olvidado; en tanto que para la guerra y los armamentos, no se tiene ningún orden, ninguna regla ni precisión. A la primera alarma nombramos los trierarcas, procedemos a los alistamientos y acudimos a los recursos pecuniarios. Terminados estos preliminares, decretamos el embarque del extranjero domiciliado, después el de los manumisos, y por último el de los ciudadanos que los han de relevar. Las dilaciones se prolongan y perdemos las plazas hacia las cuales deberíamos correr, porque el tiempo de obrar lo consumimos en preparativos. La ocasión no se cuida de aguardar el fin de nuestras dilaciones y las fuerzas que creemos tener armadas por nosotros, en este intervalo, se convencen de su impotencia en el momento decisivo. Así Filipo lleva su insolencia hasta el punto de escribir a los eubeos cartas concebidas en estos términos: (Lectura de una carta de Filipo, en la cual aconsejaba a los eubeos que no confiasen en la alianza de Atenas, puesto que esta república era incapaz de cuidar de su propia defensa.)

La mayor parte de las cosas que se acaban de leer son muy ciertas, aunque no tenga nada de agradable el escucharlas. Suprimirlas por temor de disgustaros, ¿sería quitarlas de los asuntos? Vuestro placer sería entonces la regla del orador. Pero si la elocuencia empleada fuera de tiempo conduce sólo a vuestro mal, ¡qué mayor vergüenza, conciudadanos míos, que la de lisonjear vuestros deseos, la de rechazar toda empresa desagradable, la de tener que conduciros engañados a todas las operaciones, la de no poder convenceros de que para dirigir bien una guerra, es necesario no ir detrás de los sucesos, sino precederlos, y de que, semejante al general cuyo puesto está en las primeras filas del ejército, un pueblo sabio en política, debe marchar delante de los asuntos, a fin de ejecutar lo que ha resuelto, y no arrastrarse como esclavo a la zaga de los acontecimientos! Atenienses, vosotros, aunque disponéis de las fuerzas más poderosas de la Grecia, tanto en buques como en infantería, caballería y riqueza, es lo cierto que hasta ahora, a pesar de todos vuestros movimientos, no habéis aprovechado ninguna de estas ventajas. El pugilato de los bárbaros es vuestra rutina de guerra contra Filipo. ¿Recibe un golpe uno de estos atletas? En seguida acude a repararlo con la mano. ¿Recibe otro? Sus manos se dirigen de nuevo a la parte lastimada; pero observad fijamente al antagonista y veréis que no le estrecha cuerpo a cuerpo, y que no se atreve a atacarle. De igual modo procedéis vosotros. ¿Llega la noticia de que Filipo está en el Quersoneso? Decreto enseguida para socorrer el Quersoneso. ¿De que está en las Termópilas? Decreto para acudir a las Termópilas. ¿De que está en cualquiera otra parte? Corréis precipitadamente a su encuentro. Sí; no hacéis más que maniobrar bajo sus órdenes, no ejecutando por vuestra propia inspiración ninguna medida militar importante; no previendo absolutamente nada; aguardando cada día la nueva de algún desastre. Otras veces acaso podríais obrar impunemente así; pero la crisis se aproxima y es menester variar de conducta.

¿No será, quizá, un dios, atenienses, quien avergonzado de que nuestra República sufra tantas afrentas, ha puesto en el corazón de Filipo esa inquieta actividad? Si saciado de conquistas, hechas siempre en vuestro daño, se detuviese en sus proyectos, creo ver a más de un ciudadano resignarse a sufrir las pérdidas que atestiguan nuestra cobardía y que condenarían a la nación a la deshonra. Pero siempre agresor, siempre codicioso de poderío, él os despertará, si es que descansáis todavía sobre alguna esperanza. Por mi parte, me admiro, atenienses, de ver que no produce en ninguno de vosotros reflexión ni cólera, una guerra comenzada para castigar a Filipo, y que ha degenerado en guerra defensiva contra Filipo. ¿Y esto es lo que siempre hemos de aguardar? Por haber dado órdenes sobre galeras vacías, y haber confiado en las esperanzas de algún temerario, ¿creéis que todo marcha satisfactoriamente? ¿No tendremos ya que embarcarnos? ¿No saldremos en persona, reuniendo una parte de soldados ciudadanos, puesto que antes no lo hemos hecho? ¿No correremos hacia las fronteras del enemigo? Pero, ¿hacia dónde dirigirnos?, se nos preguntará. Ataquemos por cualquier punto, y la guerra misma, atenienses, descubrirá la úlcera gangrenada de nuestro adversario. Pero si permanecemos en nuestros hogares, oyentes ociosos de oradores que se acusan y se destrozan a porfía, jamás ejecutaremos una sola medida provechosa. Sobre cualquier punto a que se dirija una expedición naval, concertada por una parte siquiera de los ciudadanos, los dioses propicios de la fortuna combatirán por nosotros. Muy por el contrario, todo lo que confiéis a un general sin soldados, a un decreto sin fuerza y a quiméricas promesas de tribuno, fracasará sin remedio. Objeto de burla para vuestros enemigos, tales preparativos son la muerte y la pérdida de vuestros aliados. Es imposible, en efecto, es imposible que un solo jefe pueda con la enorme carga que echáis sobre él: hacer promesas, pagar con palabras y culpar a otro de los desastres, es todo cuanto puede; pero esto mismo produce nuestra ruina. Un general conduce a la guerra infelices extranjeros sin sueldo; hombres ligeros acuden a esta tribuna para calumniar lo que ha hecho a gran distancia de nosotros; sobre los rumores inciertos de que se hacen eco, vosotros, jueces también ligeros, lanzáis al acaso una condenación: ¿a qué, pues, hay que atenerse?

Pero el remedio de estos males consiste en designar ciudadanos, que sean a la vez soldados, vigilantes de vuestros generales, y sus jueces después de haber regresado de la campaña. De este modo conoceréis vuestros asuntos mejor que por simples referencias; y presentes en el lugar de los sucesos, os enteraréis de ellos por vosotros mismos. Actualmente, ¡oh colmo de ignominia!, todos vuestros generales se exponen a perecer por vuestras sentencias, y ninguno tiene el valor de comprometer su vida en un solo combate. Prefieren la muerte de los salteadores y asesinos a la de los guerreros; deben, sí, morir los malhechores por una sentencia que los condene; pero un general sólo debe sucumbir con la espada en la mano y con el rostro frente al enemigo.

Algunos de entre vosotros llegan cargados de noticias y afirman que Filipo trama con Lacedemonia la ruina de Tebas y el desmembramiento de nuestras democracias; otros dicen que envía embajadas al gran Rey, y hay quien le ve fortificar las plazas de Iliria: cada uno inventa su fábula y la circula por todas partes. En cuanto a mí, creo, atenienses, que este hombre está embriagado con sus magníficas hazañas; creo que mil sueños brillantes acaricia en su imaginación, porque no ve ninguna barrera que lo detenga, y que está envanecido con sus triunfos. Pero yo os aseguro, por Júpiter, que no combina sus proyectos de modo que puedan ser penetrados por esos simples reuscadores de noticias. Si, dejándoles sus desvaríos, consideramos que Filipo es nuestro enemigo y nuestro expoliador; que desde hace mucho tiempo nos ultraja; que todos los socorros con que contábamos se han vuelto contra nosotros; que en adelante nuestros recursos están en nosotros solos; que negarnos ahora a llevar la guerra a su país, equivaldría, infaliblemente, a imponernos la fatal necesidad de sostenerla a las puertas de Atenas; si consideramos, repito, todo esto como cierto, conoceremos cuanto importa saber, y podremos rechazar inverosímiles conjeturas. Vuestra obligación no consiste en penetrar hasta el fondo del porvenir, sino en ver las desgracias que este porvenir ocasionará si no sacudís vuestra vergonzosa desidia: esto es lo que conviene mirar de frente.

Por mi parte, yo que nunca he propuesto, por agradaros, nada que mi convicción haya creído contrario a vuestros intereses, hoy también acabo de explicarme con libertad, con sencillez, con franqueza. ¡Dichoso si estuviese cierto de que es tan útil al orador el ofreceros los mejores consejos, como a vosotros el seguirlos! ¡Cuánto más dulce habría sido mi tarea! ¡Ignoro las consecuencias que me traerán los que os he dado; pero, no importa! Persuadido de que vuestro provecho está en seguirlos, no he vacilado en hablar. ¡Ojalá prevalezca la opinión que deba salvarnos a todos!

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