Oratoria para Cristianos – Algunos tips para tener en cuenta

Video-Resumen: Los tipos oratorios

¿EN QUÉ MEDIDA nos sirve la oratoria a los cristianos? Para los que tienen “calle” en este sentido la pregunta tiene una respuesta rápida y práctica: da confianza y algunos trucos para no perderse en las propias palabras o el propio silencio.

Algunas cositas que hay que tener en cuenta:

* a quién vamos a hablarle –quién o quiénes serán nuestro auditorio–: ¿”creyentes viejos”? ¿Incrédulos? ¿Gente culta? ¿Qué problemas y expectativas tienen?;

* quiénes somos para el auditorio;

* en qué circunstancias hablamos, qué “pasa en el mundo” en ese momento;

* con qué armas contamos –ideas, recursos, anécdotas, trayectoria, etc.;

* FACTOR TIEMPO: cuánto podemos dedicar a la preparación y qué lapso se nos permitirá permanecer en la tribuna;

* y finalmente, qué tema abordaremos.

Lo último es la clave en la que podemos notar la diferencia entre nuestro estilo, y el de los conferencistas y oradores que no son de Cristo. Un predicador tiene que saber que el mensaje es oportuno, pero además inspirado: para esto tiene que orar por sabiduría. – Notable diferencia entre lo que manda el arte y lo que Dios puede aportarnos.

«¡Imbécil timidez, fuera de mi camino!»

Conocemos, por la historia de David y Goliat, cuál era el problema judío de aquel tiempo: nadie se animaba a afrontar un desafío individual contra el gigante filisteo. David, aunque contaba con pocas armas (humanamente hablando), sí se atrevió, y venció.

Trucos para vencer el miedo:

1) saber que no corremos riesgo alguno, en general nuestros posibles auditorios serán pacíficos, y en el peor de los casos, indiferentes o levemente burlones (¿qué riesgo representa un grito desde la ventanilla de un auto que pasa, por ejemplo?);

2) conocer bien de qué vamos a hablar, haber charlado del asunto con un amigo o familiar antes de exponerlo –conocer más, en lo posible mucho más que lo que tendremos tiempo de exponer;

3) mirar a la gente con buenos ojos, mirarlos a todos a la cara, y usar un tono lo más parecido a la charla común que nos salga (no “discursear” ni caer en convencionalismos o muletillas fáciles: “dígale al que tenga a su lado…”, etc.); amar al auditorio –esto también se aprende, por más que sea un don de Dios;

4) saber que tenemos a Dios de nuestro lado, y que Él no nos dejará pasar vergüenza si cumplimos con nuestra parte del trabajo;

5) ser humildes; pensar: “Si me equivoco un poco, no pasa nada. Todos somos falibles.” Saber reírse de buena gana de los propios errores. La resiliencia del orador tiene que ver con su amor a los demás y su humildad para no hacer caso de su propio riesgo de hacer el ridículo.

Así que vayamos al arroyo más próximo, y recojamos muchas más piedras que las que seguramente necesitaremos. Pongámonos en posición de batalla, apuntemos y disparemos –de la trayectoria del proyectil discursivo, Dios se encargará en su hora.

Personalidades Oratorias [1]

A la hora de preparar el mensaje, conviene saber nuestras limitaciones y potencialidades en cuanto a la memorización. Para esto, hay que tener en cuenta que existen tres tipos de personas: los que memorizan escuchando, los que lo hacen hablando, y por último los que por su memoria visual se confían a los trazos de lo que escriben.

Así que son tres métodos diferentes para aprenderse el mensaje: uno, grabarse uno a sí mismo recitando el texto de lo que dirá; dos, pronunciar el discurso ante un familiar –o a solas, frente al espejo, haciendo los movimientos, pausas y gestos del caso– antes de presentarse en público; tres, escribirlo íntegro con papel y lapicera, para a continuación leerlo todas las veces necesarias.

Cada método tiene su ventaja, y a cada uno le queda más cómodo uno u otro.

El que escribe y tiene memoria visual, recuerda exactamente lo que preparó –el problema es que, si tiene una laguna, no dispone de escapatoria; no puede improvisar. Por eso se aconseja a los privilegiados oradores visuales, que ensayen también con cualquiera de los demás métodos, a fin de que quede siempre buena reserva de recursos a nuestra disposición. – Los visuales son buenos conferencistas, así como lo son numerosos poetas y escritores.

El que escucha tiene una gran precisión en los pensamientos, por lo cual está doblemente protegido contra los fallos de la memoria. Son buenos improvisadores, aunque suelen carecer de fuerza y rehúyen del énfasis. Son mejores maestros que arengadores de masas –suelen hablar bajito para no tapar la voz interior que les susurra lo que han de continuar diciendo.

El que “se prepara hablando, a fin de hablar”… es un improvisador nato, y puede dotar a sus exposiciones de un fuego característico. No es por discriminar ni por descalificar, pero pienso que los oradores de raza son estos, y no los que mencionamos antes. La gestualidad de estos es sencillamente perfecta; los movimientos, adecuados a lo que se dice, anticipan por pocas décimas de segundo el contenido de sus palabras. Son enormemente persuasivos, y producen un efecto de fuerza y de honda convicción y pasión detrás del mensaje.

El mensaje

La preparación del tema que expondremos es sencillísima. Una vez que elegimos el asunto, o el pasaje –según queramos exponer un tema, o explicar un pasaje bíblico – resta desarrollarlo en nuestra casa, antes de presentarnos.

En Internet hay cualquier cantidad de fuentes, en todos los idiomas; sonarán para nosotros todas las campanas. – Ojo a las “fuentes contaminadas”, igual…

Hay ediciones de la Biblia en todos los idiomas; sitios web con decenas y decenas de traducciones. Incluso, podemos acceder a los textos en manuscritos históricos de milenios, escritos en los idiomas originales.

Comentarios, comentaristas (muchos en inglés: aunque existe el traductor automático de Google), videos, tutoriales, y un largo etcétera. A más de los medios analógicos, cada vez menos consultados, en este tiempo de prisas: libros, y material impreso hasta decir basta.

Una vez que vimos el tamaño total (en lo posible) del problema o tema que queramos tratar, hay que formar el resumen: una hojita formato A4 debería ser suficiente[2]. Allí expondremos punto por punto a desarrollar cuando hablemos, ordenados de modo que hagan cierto efecto; o en sentido cronológico (principio, nudo, desenlace) – pero sin olvidar jamás un buen remate. La parte final del mensaje incluye lo que se llama en oratoria el patético (del griego pathos: pasión, sufrimiento, sentimiento intensísimo): consiste sencillamente en una llamada vibrante y emotiva, a seguir determinada conducta. Evitar o cambiar algo, o hacer algo nuevo.

En resumen, el mensaje debe ilustrar, enseñar; convencer; y por último, impulsar a la voluntad a actuar.

¡Ojo a los tics!

En pleno siglo XXI, es hora de que los cristianos empiecen a pensar seriamente en comunicar con eficacia. No me refiero a la especialización en oratoria, que a lo sumo interesará a los que tienen una inclinación profesional hacia eso, o desean volverse científicos del tema. Sí en usar nuestro idioma (un magnífico instrumento) con realismo y sensatez, y saber esquivar la desubicación.

Cada persona es, en sí misma, un estilo. Como decía un escritor francés, el estilo es el hombre. Los rasgos de cada personalidad se transparentan en su estilo, tanto al escribir, como al hablar, o al andar por la calle. ¿O no conocemos a la persona vigorosa por su modo de andar, como los apostadores de caballos reconocen a los pura sangre por su tranco?

La naturalidad es una de las reglas de oro, y uno de los secretos del arte –también del arte de hablar con propiedad. Hoy en día se usa, casi para todas las cosas, de la espontaneidad y casi de la brutalidad, con preferencia sobre el amaneramiento y la pulcritud, ¡para no hablar de lo peor que puede haber, los convencionalismos y tics.

Si estamos tranquilos y somos dueños de la situación, podremos detectar los parásitos del discurso, como frases hechas, citas fuera de lugar, consignas pavotas (como “sonría”, o “diga tal o cual cosa”, o “levanten sus manos todos los que…” = actitud policíaca).

Después, hay pequeñeces y “ruidos” discursivos que más vale evitar, desde luego, como los movimientos excesivos a un lado y al otro, o la falta absoluta de movimientos; o la monotonía (nadie puede soportar a un monótono durante más de 10 minutos, sin cabecear del sueño); o la falta de pausas y de relieve en lo que uno dice; o las expresiones incomprensibles para los no-iniciados, tecnicismos evangélicos como unción, derramamiento, lluvia temprana y tardía, concupiscencia, carne, “mundanos”, ataduras, liberación, impío, anatema, dispensación, etc. – No “está mal” hablar de estas cosas: el único problema consiste en que mencionarlas te obligaría a explicar de qué se trata, lo cual te llevaría hacia otro riesgo: la digresión, el salirte de tu tema, y simiescamente “irte por las ramas”.

Esto te lo dará la “calle”, no hay otra salida que esa. Nadie empieza a ejercitar un arte teniendo todas las cualidades y los talentos en flor.

Lo primero, en todo sentido, es azuzar nuestra valentía de oradores –que consiste en actuar a pesar del miedo–, y el sabernos en una posición que nadie ocupará si no lo hacemos nosotros. ¿No se llama a esto tener sentido de la misión? Nuestro mensaje es irreemplazable; si no hablamos nosotros de la salvación de Cristo, nadie lo hará.

Medios para hacerlo, tenemos. La capacidad, es natural en todos nosotros [3]. Y Dios respaldará nuestra humilde intervención con su todopoder.

No es poca expectativa.

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Notas:

 

[1] Se corresponden perfectamente con los tres temperamentos de la teoría de W. H. Sheldon. Técnicamente, se conocen como orador visual, auditivo y verbomotor.

[2] En otras épocas, era un deshonor para los oradores que se les viera el machete (en Venezuela: chuleta)-resumen de su mensaje. Hoy en día, nadie atiende a estos viejos escrúpulos; algunos oradores peroran con su tablet en mano, y casi se les considera como un adorno o una gala más.

[3] El apóstol Pablo era enormemente tímido. Lo reconoce él mismo en 2 de Corintios, cap. 10 y en 1 Corintios 2:3.

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