Demóstenes – DISCURSO SOBRE EL QUERSONESO

Convendría, ¡oh atenienses!, sobre todo cuando deliberáis sobre un asunto de la más alta importancia, que vuestros oradores se abstuviesen de toda frase parcial o apasionada, y que expusieran simplemente la opinión que les pareciese más saludable. Pero puesto que muchos de ellos suben a la tribuna para sostener altercados hijos de la envidia o de otros motivos personales, a ti, pueblo, toca rechazar todas esas cuestiones injuriosas y decretar y cumplir lo que juzgues útil al Estado.

¿De qué se trata hoy? Del Quersoneso y de la expedición que desde hace cerca de once meses verificaba Filipo en la Tracia. ¿Qué asunto han tratado casi todos los oradores? Las operaciones y los proyectos de Diófito. Pero creo que cuando se acusa a uno de vuestros generales, que podréis castigar siempre en nombre de la ley, ya sea un poco antes ya un poco después, creo, repito, que no puede haber urgencia, y no comprendo por qué hemos de luchar hasta el último extremo sobre este asunto. Lo que Filipo, nuestro enemigo, se esfuerza y se apresura por arrebatarnos, puesto a la cabeza de un ejército poderoso que costea el Helesponto; lo que perderemos de seguro si nos toma la delantera, es lo que debe llamar hoy nuestra atención y sobre lo que interesa tomar medidas prontas, sin que os distraigan de este objeto debates extraños a él, ni turbulentas recriminaciones.

Atenienses: frecuentemente se manifestan aquí proposiciones que me asombran; pero nada me ha sorprendido tanto como oír afirmar últimamente en el Consejo que los oradores debían opinar resueltamente por la guerra o por la paz. Sí, sin disputa; si Filipo permanece tranquilo, si no viola los tratados, si no se apodera de ninguna de nuestras posesiones y si no arma todos los demás pueblos contra nosotros, conviene cerrar la discusión, conviene no romper las hostilidades: de vuestra parte no veo ningún obstáculo que lo impida. Pero si las condiciones de la paz jurada están en nuestra memoria y descansan en nuestros archivos; si es notorio que aún antes de la partida de Diófito y de la colonia que se acusa de haber encendido la guerra Filipo había ocupado inicuamente muchas plazas atenienses; si contra sus atentados son vuestros propios decretos una protesta enérgica; si desde entonces siempre ha tenido preparados a los griegos y a los bárbaros para hacerles estallar de pronto contra nosotros, ¿qué se pretende al decir que es necesario declararse por la guerra o por la paz? ¡Oh!, ya no es posible la elección: un solo partido nos queda, eminentemente justo y necesario, que es el mismo del que se procura alejarnos. ¿Qué partido es este? El de rechazar al agresor; a menos que los oradores a quienes impugno digan que Filipo no insulta a Atenas ni nos hace la guerra, mientras que no toque al Ática ni al Pireo. Si de este modo fijan los límites de la justicia, si así ensanchan el horizonte de la paz, ciertamente que el carácter impío, escandaloso y aun amenazador de sus máximas indignará todos los corazones. Hay más aún: semejante lenguaje en su boca refuta las acusaciones que dirigen contra Diófito. Porque, ¿cómo permitimos a Filipo hacerlo todo, con tal que no invada el Ática, si no es permitido a Diófito socorrer a los tracios sin acusarle de haber renovado la guerra? Pero, ¡por Júpiter!, dicen los acusadores, se han cometido crueldades por nuestras tropas extranjeras que asolaban el Helesponto; Diófito asaltó naves, faltando al derecho de gentes, y nuestro deber es reprimir estos desórdenes. Suscribo a ello. Veo que sólo el interés de la justicia ha dictado este consejo; pero he aquí mi opinión: abogáis por la disolución de nuestro ejército, difamando aquí al general que ha encontrado los medios de sostenerlo. ¡Pues bien!, probad que Filipo también licenciará sus tropas, si la República acepta vuestro dictamen. Si mis adversarios no prueban esto, ved atenienses, que nos colocarán de nuevo en la situación que hasta ahora ha perdido todos nuestros asuntos. Ya lo sabéis, nada ha procurado a Filipo más ventajas sobre nosotros que su diligencia en tomarnos siempre la delantera. Constantemente a la cabeza de un ejército en pie de guerra, sin apartar la vista de su proyecto, se lanza de improviso sobre el enemigo que ha escogido: nosotros, al contrario, no empezamos nuestros tumultuosos preparativos hasta después de haber recibido la nueva de sus invasiones. Así, ¿qué es lo que sucede? Que Filipo queda pacífico poseedor de lo que ha ocupado, y nosotros, que llegamos demasiado tarde, perdemos nuestros gastos, y sólo conseguimos mostrar al enemigo nuestro odio y nuestro deseo de rechazarle: ¡fatal lentitud que nos arruina y nos deshonra!

Abrid, pues, los ojos, ¡oh atenienses! Cuanto hoy se os dice es vana y fingida palabrería: se conspira para que, estando ociosos dentro, y desarmados fuera, dejéis a Filipo en plena seguridad de arreglarlo todo a su capricho. Examinad lo que sucede ahora. Este príncipe está en la Tracia a la cabeza de un poderoso ejército, y si  hemos de creer a testigos oculares, pide grandes refuerzos de la Macedonia y la Tesalia. Si después de haber aguardado los vientos etesios cae sobre Bizancio y la asedia, ¿pensáis que los bizantinos persistirán en su ceguedad no llamándoos ni solicitando vuestro apoyo? Por mi parte no puedo creerlo. Lejos de esto, aunque se tratase de un pueblo que les inspirase más desconfianza que nosotros, los recibirían en su ciudad, a menos que una pronta reducción se lo impidiera, más bien que entregarla al tirano. Tan luego, pues, como nuestras naves no puedan salir del puerto, ni tengamos socorros prontos a marchar, no habrá nada que pueda preservarles de su ruina. ¡No, por el cielo!, se dirá; ahora también, extraviadas por un genio funesto, esas gentes llevarán su locura más allá de todo límite. Estamos de acuerdo; ¡pero no es menos cierto que es preciso salvar a esos insensatos porque va en ello la salud de Atenas!

Por otra parte, ¿quién nos dice que Filipo no se dirigirá sobre el Quersoneso? Leed de nuevo la carta que os ha escrito y veréis cómo habla de vengarse de este país. Ahora nuestro ejército podrá defenderlo y atacar sus Estados; pero desorganizado y disuelto, ¿qué haremos si marcha contra la Península? Pues a pesar de todo, se añadirá, hemos de juzgar a Diófito. Pero considerad, responderé, que los sucesos están muy adelantados. Haremos partir socorros de Atenas. ¿Y si los vientos hacen la navegación imposible? Pero aunque así sea, Filipo no se atreverá a atacar. ¿Quién responde de ello?

¿Veis, atenienses, a principios de qué estación se os aconseja evacuar el Helesponto y dejarlo abandonado al Príncipe? Pues hay más todavía: si a su vuelta de Tracia deja el camino de Bizancio y el Quersoneso (calculad aun esta contingencia) y se dirige a atacar a Calcais o Megara, y en último término la ciudad de Oreos, ¿qué os parece mejor, tener que combatirle en estos puntos dejando así que la guerra se aproxime al Ática, o distraerle a gran distancia de nosotros? Por mí, abrazo este último partido.

Conocidos estos hechos y estas reflexiones, lejos de esforzaros en denigrar y disolver el ejército que Diófito se afana por conservar a la República, debéis, por el contrario, proporcionarle nuevas tropas, dinero y municiones. Que se pregunte a Filipo: «Entre que las tropas mandadas por Diófito, cualesquiera que sean (pues esto no lo disputo aquí) se presenten vigorosas, elogiadas, reforzadas y socorridas por Atenas, o que sean al contrario desmembradas y disueltas por ceder a las calumnias de algunos delatores, ¿qué preferís? Opto, responderá sin vacilar, opto por su desmembramiento.» ¡Así, lo que Filipo pediría al cielo con afán, hay aquí hombres que se lo preparan! ¡Y todavía buscáis lo que ha arruinado todos vuestros asuntos!… Pues bien; orador independiente, voy a hacer esta indagación sobre el estado de la patria; voy a pasar revista a nuestras acciones y a nuestra conducta con nosotros mismos.

No tenemos ni la voluntad de pagar, ni el valor de combatir, ni la fuerza de renunciar a las gratificaciones del tesoro para proporcionar fondos a Diófito; en vez de aplaudir los recursos que se ha creado, lo desacreditamos con una inquisición odiosa de los medios que empleará, de las operaciones que prepara, y de todo, en fin, cuanto le concierne. Dispuestos de este modo, abandonamos la carga de nuestros propios negocios; pródigos de palabras, alabamos a los ciudadanos que elevan su acento por el honor de la patria; pero enseguida que se trata de hacer algo, corremos a engrosar las filas de nuestros adversarios. En todas las deliberaciones se os ve preguntar al orador que sube a la tribuna: ¿Qué es necesario hacer? Yo os preguntaré a mi vez: ¿Qué es necesario decir? Porque si no ayudáis al Estado con vuestra persona ni con vuestro dinero; si no cesáis de disponer para vosotros de los fondos públicos y de rehusar a Diófito las subvenciones legales y la facultad de recurrir a otros medios; si, por último, no queréis cuidar de vuestros intereses, no puedo hacer más que reducirme al silencio. ¿Hay algún consejo posible cuando dais rienda suelta a la delación, a la calumnia, hasta el punto de oír acusaciones anticipadas contra lo que se presume que hará vuestro general? Pero, ¿qué resultados nacerán de esta conducta? ¡Oh! Preciso es revelarlos a algunos de vosotros. Nada encadenará mi lengua; la disimulación me es imposible.

Todos los generales que salen de vuestros puertos (lo garantizo con mi cabeza) reciben dinero de Chios y de Eritrea, y de todos los griegos del Asia que se prestan a dárselo. La contribución es proporcionada al número de las naves que envían; pero sea grande o pequeña, ¿pensáis que es gratuita? No, estos pueblos no son tan insensatos; con ella compran la libertad, la seguridad de su comercio marítimo, el derecho de hacer escoltar sus buques y otras diversas ventajas; pero si se les oye, hacen estos donativos por pura amistad; llaman regalos a sus liberalidades interesadas. Pues bien, viendo hoy a Diófito a la cabeza de un ejército, todos le pagarán los subsidios, nada hay más seguro. Porque si no recibe nada de nosotros y si no puede por sí mismo sostener el ejército, ¿de dónde queréis que saque para la manutención del soldado? ¿Del cielo? ¡Es cosa imposible! Vive, pues, de lo que toma, de lo que mendiga o de lo que pide prestado. Así, acusarlo ante vosotros, es decir a todos los pueblos: «No proporcionéis nada a un general que va a ser castigado por las operaciones pasadas, de que fue autor o cómplice, o por sus hechos futuros.» De aquí todas esas voces de: ¡Va a tender un lazo! ¡Va a hacer traición a los griegos! ¿Dónde están esos atenienses de corazón tan tierno para los griegos asiáticos? Ciertamente que es más viva su solicitud por el extranjero que por la patria. De aquí también esa proposición de enviar otro jefe al Helesponto. ¡Oh!, si Diófito comete violencias, si asalta los buques, ¿por qué medios deberéis contenerlo?  La ley ordena perseguir jurídicamente al prevaricador, y de ningún modo armar contra él escuadras a costa de grandes sumas: esto sería el colmo de la locura. Contra nuestros enemigos, a los cuales no alcanza la acción de nuestras leyes, es contra quien se necesita sostener tropas, enviar buques e imponer subsidios; a ello obliga la necesidad. Pero, contra uno de nuestros ciudadanos, basta un decreto, una acusación o la galera paraliana: es lo único digno de un pueblo prudente; y los que os hablan de otro modo quieren vuestra ruina.

Es deplorable que haya en Atenas semejantes consejeros, pero no es esto lo peor. Vosotros, los que ocupáis esos bancos, os halláis animados de las disposiciones más funestas. Cuando uno de estos arengadores sube a la tribuna y hace caer todas nuestras calamidades sobre Diófito, Cares, Aristofonte, o sobre cualquier otro general, al instante estallan vuestros tumultuosos clamores gritando: ¡Tiene razón! Pero que un ciudadano verídico se aproxime y os diga: «No penséis tal cosa, atenienses; el único autor de todas vuestras desgracias, de todos vuestros males, es Filipo; si permaneciese quieto, Atenas estaría tranquila»; y aunque no podéis desconocer esta verdad, ¡cuánto os había de pesar el oírla!, creeríais ver en quien tal os dijese a vuestro asesino. Pero he aquí la causa de esto: os pido, ¡por el cielo!, que me permitáis decirlo todo: sólo hablo para salvaros.

Desde hace mucho tiempo, gran número de vuestros ministros os han inducido a mostraros temibles y desconfiados en la Asamblea nacional, flojos y desprevenidos en vuestros armamentos. ¿Se imputan las desgracias de la patria a alguno de vosotros que sabéis está al alcance de vuestra mano? Aprobáis la acusación y saciáis en él vuestra injusta venganza. Pero que se os denuncie un enemigo extranjero, al cual sea necesario vencerlo para castigarlo, y enseguida os sentís desconcertados: esta convicción os irrita. Sería menester al contrario, atenienses, que vuestros ministros os enseñasen a ser humanos en vuestras deliberaciones, donde sólo tenéis que tratar con ciudadanos y aliados; y terribles e imponentes en vuestros preparativos de guerra, puesto que en este caso se emprende la lucha contra rivales y enemigos. Pero gracias a las serviles complacencias de esos demagogos, traéis aquí el hábito de ser lisonjeados, y sólo prestáis atención a su dulce lenguaje, en tanto que vuestros asuntos y los sucesos del día os colocan al borde de un abismo. ¡Oh! ¡Pongo por testigo a los dioses! ¿Qué responderíais si los helenos os pidiesen cuenta de tantas ocasiones perdidas por vuestra indolencia y os dijesen: «Pueblo de Atenas, tú nos envías embajada tras embajada; tú repites que Filipo trama perfidias contra nosotros, contra la Grecia entera; tú prodigas los consejos y advertencias y clamas que es preciso defendernos del usurpador!» ¿No tendríamos que asentir puesto que tal es nuestra conducta? También podrían decirnos: «¡Oh el más cobarde de los pueblos! Mientras este hombre ha permanecido diez meses enteros lejos de Grecia, detenido por la enfermedad, por el invierno, por la guerra, sin poder regresar a sus fronteras, ¿qué es lo que has hecho? ¿Has roto las cadenas de la Eubea? ¡No te atreves a penetrar en ninguna de tus mismas posesiones! Y él, a tu vista, estando tú ocioso y gozando de salud (si es que merece este nombre el letargo que os consume), él ha puesto dos tiranos en la Eubea, situando el uno como un centinela contra el Ática, y el otro contra Esciatos. ¡Ah!, lejos de atreverte siquiera a reprimir estos atentados, tú evidentemente se lo has permitido todo, todo se lo has abandonado; tú has dicho que debe morir cien veces, y no has dado ni un solo paso para hacerle perecer. ¿Para qué son, pues, tantas embajadas y tantas acusaciones? ¿Para qué pues, importunarnos con tantas inquietudes?» Y bien, atenienses, ¿se os ocurre alguna refutación a estos cargos? Yo por mí no encuentro ninguna.

Hay gentes que piensan confundir a un orador con esta pregunta: «¿qué es necesario hacer?» Nada, les diría yo con tanta justicia como verdad; nada de lo que habéis hecho hasta el presente. Voy, sin embargo, a ocuparme de todos los detalles, ¡y ojalá esos hombres tan prontos para preguntar no fuesen menos ligeros para ejecutar!

Comenzad, atenienses, por reconocer, como un hecho incontestable, que Filipo ha roto los tratados y que os hace la guerra; y sobre este punto no acusáis más vuestra conducta. Sí, es el enemigo mortal de toda Atenas, de su suelo, de todos sus habitantes, y aun de aquellos mismos que más se alaban de merecer sus favores. Si lo dudan, que dirijan su vista a Eutícrates y Lastenes, ambos olintios, que se contaban en el número de sus mejores amigos, y que sin embargo perecieron tan miserablemente, después de haberle vendido su patria. Pero a nada se encamina tanto su guerra como a combatir nuestra democracia; todos sus lazos, todos sus proyectos tienden a destruirla. En esto puede decirse que procede consecuentemente. Él sabe muy bien que en el caso mismo de que hubiese subyugado todo el resto de la Grecia, no podría contar con nada mientras subsistiera vuestra democracia; sabe que si sufre uno de esos reveses que tan frecuentemente sobrevienen a los hombres, todas las naciones que la violencia tiene reunidas bajo su yugo, acudirán a arrojarse en vuestros brazos. Esto consiste en que vuestro carácter nacional no os induce a engrandeceros usurpando la dominación, sino que, por el contrario, sabéis detener a los demás en este camino y abatir a los usurpadores. ¿Se trata, en efecto, de contener al que aspira a la tiranía? ¿Se trata de libertar algún pueblo? Pues siempre estáis dispuestos a ello. Así es que Filipo no quiere que la libertad ateniense espíe sus adversidades; no lo quiere de ninguna manera, y preciso es confesar que sus reflexiones son en esto juiciosas y fundadas. Debéis, por consiguiente, ver en él un irreconciliable enemigo de nuestra democracia; porque si esta verdad no se graba en vuestros corazones, sólo atenderéis al cuidado de vuestros propios negocios con un celo insuficiente. También podéis tener por cierto que es contra Atenas contra quien dirige todos sus movimientos, y que en todas partes donde se combate se trabaja por vuestra defensa. ¿Quién de vosotros cometerá la simpleza de creer que este príncipe, capaz de ambicionar miserables bicocas de la Tracia, tales como Drongile, Kabila, Mastise otras que asedia y somete igualmente dignas de este calificativo; capaz de desafiar por tales conquistas trabajos, inclemencias y peligros de todo género, no codiciará los puertos de Atenas, sus arsenales marítimos, sus escuadras, sus minas de plata y sus inmensas rentas, y que os dejará la pacífica posesión de todos estos bienes; él que para sacar el centeno y el mijo de los subterráneos de la Tracia arrostra todos los rigores del invierno? No, no podéis imaginarlo; con esta expedición y con todas las que emprende, se va abriendo un camino hacia vosotros.

 ¿Y qué deben hacer los hombres prudentes una vez convencidos de estas verdades? Sacudir su fatal letargo, contribuir con sus bienes, hacer que contribuyan sus aliados, trabajar por conservar las tropas que están aún sobre las armas, a fin de que si Filipo tiene un ejército dispuesto a atacar todos los griegos y a subyugarlos, vosotros tengáis también otro dispuesto a socorrerlos y salvarlos. Es imposible en efecto, hacer nada importante con reclutas temporeros. Se necesita un ejército organizado, medios de sostenerse, administradores y agentes públicos; se necesita poner a la vista de la caja militar, inspectores que vigilen; se necesita pedir cuenta al general de las operaciones de la campaña, y a los intendentes, de su gestión. Ejecutad este plan con una voluntad decidida, y obligaréis a Filipo a respetar la paz y a encerrarse en su Macedonia, lo cual sería una ventaja inapreciable; y en último caso, le combatiríais por lo menos con fuerzas iguales.

Se va a decir que estas resoluciones exigen grandes gastos, rudos trabajos, continuos movimientos. Convengo en ello; pero considerad los peligros que os amenazan si no adoptáis este partido, y hallaréis preferible el abrazarlo enseguida. En efecto, aunque un dios os diese una garantía suficiente de todos vuestros grandes intereses; aunque os respondiese de que, no obstante permanecer siempre inmóviles y siempre desamparando a los demás pueblos, no habíais de ser atacados por Filipo, sería vergonzoso, ¡por Júpiter y por todos los inmortales!, sería indigno de vosotros, de la gloria nacional y de los triunfos de vuestros mayores, sacrificar a una indolencia egoísta la libertad de Grecia entera. ¡Prefiero morir a que salga de mis labios un consejo semejante! Si algún otro os lo da y os persuade de su conveniencia, no procuréis defenderos, ¡dejadlo todo abandonado! Pero si rechazáis esta idea, y si todos conocemos que cuanto más hayamos dejado engrandecerse a Filipo tanto más encontraremos en él un enemigo poderoso y temible, ¿cuál será nuestro refugio? ¿A qué pueden conducir estas dilaciones? ¿Qué aguardamos, ¡oh atenienses!, para cumplir con nuestro deber? ¡La necesidad, sin duda! Pero la necesidad de los hombres libres ha llegado ya, ¿qué digo?, hace mucho tiempo que llegó. En cuanto a aquella necesidad que mueve al esclavo, pedid al cielo que os preserve de ella. ¿Qué diferencia existe entre ambas? Que para el hombre libre el temor de la deshonra es una necesidad de hacer lo que debe, sin que haya, en efecto, ninguna más imperiosa; mientras que para el esclavo los golpes, los castigos corporales… ¡Oh!, no conozcáis nunca estos estímulos, su nombre sólo mancha esta tribuna.

Descubriría con gusto todos los artificios que ciertos políticos emplean con vosotros; pero sólo citaré uno. ¿Se acaba de hablar de Filipo? Enseguida uno de ellos se levanta y dice: ¡Qué más rico tesoro que la paz! ¡Qué carga más pesada que sostener un ejército! ¡Lo que se quiere es la disipación de nuestras rentas! Con estas palabras os detienen, y proporcionan al príncipe ocasiones tranquilas para realizar sus proyectos. De aquí resultan vuestro reposo y vuestra inacción, placeres que temo mucho os parezcan algún día muy caramente pagados, mientras que ellos gozarán de vuestras mercedes y del salario de sus intrigas. Creo que no es a vosotros, ya tan pacíficos, a quien hay que persuadir la paz, sino a aquel que os hace la guerra. Si él consintiese en ella, os vería dispuestos a aceptarla. Después es necesario mirar como una carga, no lo que gastamos para nuestra seguridad, sino los males que nos aguardan si no queremos gastar nada. En cuanto a la malversación de nuestras rentas, evitémosla por medio de una vigilancia activa y saludable, y no por el abandono completo de nuestros intereses. Atenienses, el disgusto que causa a algunos de vosotros la idea de estos robos, tan fáciles de impedir y castigar, es precisamente lo que me irrita; porque veo que los mismos que piensan así, ven con indiferencia el latrocinio de Filipo que va saqueando Grecia entera, y que obra de este modo para asaltarnos al fin.

Los pueblos ven a este príncipe desplegar sus banderas, atropellar la justicia, apoderarse de nuestras ciudades, y ninguno de estos a quienes me refiero reclama contra sus atentados y sus hostilidades. Otros oradores os aconsejan no sufrirlas y velar por vuestras posesiones, y a estos los acusan de querer encender la guerra. ¿Cuál es, pues, la causa de semejante conducta? Hela aquí. Si la guerra ocasiona algún accidente (¿y qué guerra no va acompañada de muchos inevitables?), quieren dirigir vuestro enojo contra los autores de los consejos más provechosos; quieren que, ocupados en juzgarlos, dejéis el campo libre a Filipo; quieren, en fin, desempeñar el papel de acusadores, para sustraerse a la pena de su traición. Esto es lo que significan en su boca estas palabras: «En medio de vosotros es donde se provoca la guerra», frase que da origen a tantos debates. Por lo que toca a mí, estoy seguro de que antes de que ningún ateniense propusiera la guerra, Filipo había invadido muchas plazas, y más recientemente aún, ha puesto un refuerzo en Cardia. Si a pesar de esto nos obstinamos en no reconocer que ha sacado la espada, sería el más insensato de los hombres el que se empeñase en convencernos de lo contrario. Pero, ¿qué diremos cuando marche contra Atenas? Sin duda, protestará que tampoco nos hace la guerra. ¿No ha respondido esto a los oritanos cuando sus tropas acampaban en su país; a los habitantes de Faros cuando iba a derribar sus murallas, y a los olintios hasta el momento de entrar en su territorio a la cabeza de un ejército? ¿Se repetirá entonces que aconsejar la defensa es encender de nuevo la guerra? Pues bien, suframos el yugo de la tiranía, puesto que es la única elección posible entre no defenderse y estar siempre sobresaltados.

El peligro es mayor para vosotros que para los demás pueblos. Someter a Atenas sería muy poco para Filipo, y aspira a destruirla. Vosotros no queréis obedecer, y él sabe que aunque quisierais no podríais hacerlo, porque estáis habituados a mandar. No ignora tampoco que en la primera ocasión podríais ocasionarle más desastres que todos los demás pueblos reunidos. Reconoced, pues, que para vosotros se trata de evitar vuestra ruina completa. Aborreced, enviad al suplicio a los ciudadanos vendidos a este hombre, porque es imposible, absolutamente imposible, destruir al enemigo extranjero, si no se castiga antes al enemigo doméstico, su celoso servidor. Si no se hace esto, chocaréis contra el escollo de uno, siendo inevitablemente sobrepujados por el otro.

¿Por qué, según vemos todos, Filipo no hace otra cosa que lanzar ultrajes contra Atenas? ¿Por qué emplea la seducción y los beneficios con los demás pueblos, y con vosotros sólo las amenazas? Ved cuántas concesiones ha hecho a los tesalios para llevarlos insensiblemente a la servidumbre; contad, si podéis, las insidiosas liberalidades que ha prodigado a los olintios, a Potidea y a otras muchas plazas; vedlo ahora arrojando la Beocia a los tebanos, como una presa, y librándolos de una guerra larga y penosa. De todos estos pueblos, los unos no han sufrido las desgracias que conocemos, ni los otros sufrirán las que les depara el porvenir, hasta después de haber recogido algunos frutos de su codicia. Pero a vosotros, y sin que hable de las pérdidas experimentadas en la guerra, ¿cuánto no os ha engañado y despojado, aún durante las negociaciones de la paz? ¿No se ha apoderado de la Fócida, de las Termópilas, de las fortalezas de Thrace, Serrhium y Doriskos, y aun de la persona misma de Kersobleptes? ¿No es ahora dueño de Cardia? ¿No lo confiesa él mismo? ¿De dónde nacen, pues, procedimientos tan diferentes? De que nuestra ciudad es la única donde el enemigo tiene, sin riesgo alguno, partidarios declarados; la única donde los traidores enriquecidos defienden con seguridad la causa del expoliador de la República. En Olinto no se hablaba impunemente por Filipo, antes de que hubiese cedido Potidea a este pueblo; ni en Tesalia, mientras que no sorprendió el reconocimiento de la multitud expulsando a sus tiranos y tomando asiento en el Consejo de la Grecia; ni en Tebas, antes de haber pagado el servicio de la Beocia devuelta y de la Fócida destruida. Pero después que Filipo nos ha usurpado a Anfípolis, a Cardia y sus dependencias; después que ha hecho de la Eubea una vasta y amenazante ciudadela; después que emprende su marcha contra Bizancio, ¡todavía se puede, en Atenas, hablar sin peligro por Filipo! Así no es extraño que hombres pobres y sin reputación se hayan hecho ricos y principales de repente, mientras que vosotros habéis bajado del esplendor a la humillación, de la opulencia a la miseria. Porque yo hago consistir la riqueza de una República en sus aliados y en el celo y la confianza de sus pueblos, cosas ambas de que estáis desprovistos. Pero mientras que vuestra apatía os deja arrebatar estos bienes, él se hace grande, afortunado, temible a la Grecia entera y a los bárbaros. Atenas está sumida, entre tanto, en el desprecio y el abandono; porque si es verdad que se halla próspera por la abundancia de sus mercados, también lo es que la falta de provisiones esenciales la tienen en una ridícula indigencia.

Observo también que ciertos oradores os dan unos consejos, y que ellos siguen otros muy distintos: os dicen que debéis permanecer en reposo aunque seáis atacados, mientras que por su parte no pueden quedarse aquí, aunque nadie les inquieta. Además de esto, el primero que sube a la tribuna, me grita: «¡Y qué! ¡No quieres exponerte al peligro de proponer el decreto de guerra! ¡Qué timidez! ¡Qué cobardía!» No; temerario, imprudente, descarado, no lo soy ni sabría serlo; pero, sin embargo, me considero mucho más animoso que todos estos intrépidos hombres de Estado. Juzgar, confiscar, recompensar, acusar sin cuidarse para nada de los intereses de la patria, son cosas que no exigen ningún valor. Cuando se tiene por salvaguardia la costumbre de halagaros en la tribuna y en la administración, la osadía no ofrece ningún peligro. Pero luchar por vuestro bien, luchar frecuentemente contra vuestros deseos, no adularos jamás, serviros siempre, abrazar la carrera política donde los resultados dependen más de la fortuna que de los cálculos, y constituirse responsable de los caprichos de esta misma fortuna, ¡he aquí la conducta del hombre de corazón! ¡He aquí la conducta del verdadero ciudadano! En nada se parece a la de esos aduladores que han sacrificado los más grandes recursos del Estado a vuestras complacencias de un día. Estoy tan lejos de tomarlos por modelos, tan lejos de mirarlos como dignos atenienses, que si se me preguntase qué beneficio he hecho por la patria, no citaría los buques armados a mis expensas, ni mis funciones de corego, ni mis donativos, ni los prisioneros que he rescatado, ni otros servicios de esta índole; respondería en dos palabras: Mi administración no se parece en nada a la de estos hombres. Pudiendo como tantos otros acusar, demandar, pedir recompensas para este y confiscaciones para aquel, jamás he descendido a hacerlo, jamás el interés o la ambición me llevaron a este terreno. Por el contrario, insisto en los consejos que, dejándome por bajo de muchos ciudadanos, os elevarían, si los siguieseis, por encima de todos los pueblos. Creo poder expresarme de este modo sin despertar la envidia. No; no puedo conciliar el carácter del verdadero patriota, con un sistema político que me colocaría rápidamente en el puesto más elevado, y a vosotros en el último de la Grecia. La administración de los oradores leales debe engrandecer a la patria, y el deber de todos consiste en proponer siempre, no la medida más fácil, sino la más saludable; para marchar hacia la primera bastaría el instinto, mientras que para ser impulsado hacia la segunda, se necesitan las poderosas razones de un orador consagrado al bien público.

Oigo decir, últimamente: «Los consejos de Demóstenes son siempre los más acertados; pero, después de todo, ¿qué ofrece a la patria? Sólo palabras, y se necesitan acciones.» Atenienses, responderé con franqueza. La misión del consejero del pueblo consiste en emitir sabias opiniones; no tiene que ir más allá en sus actos. La prueba de esto me parece fácil. Sabréis, sin duda, que en otro tiempo el célebre Timoteo habló al pueblo sobre la necesidad de socorrer la Eubea y librarla del yugo tebano. «¡Y qué!, dijo entonces, ¡los tebanos están en la isla vecina y vosotros deliberáis! ¿No cubrís el mar con vuestras naves? ¿No voláis desde esta ciudad al Pireo? ¿No dirigís hacia el enemigo todas vuestras proas?» Tales fueron, sobre poco más o menos, sus palabras: vosotros, atenienses, os pusisteis en movimiento, y por este concurso la obra fue terminada. Pero si mientras Timoteo proponía la medida más saludable, hubiese la pereza cerrado vuestros oídos, ¿habría obtenido Atenas los resultados que tanto la honraron entonces? ¡No, ni uno siquiera! Pues bien, esto mismo debe suceder hoy con mis palabras y con las de cualquiera otro: exigid del orador el talento del bueno consejo; pero la ejecución no la pidáis sino a vosotros mismos.

Voy a resumir y a dejar la tribuna. Imponed contribuciones; asegurad la existencia de vuestro ejército; corregid los abusos que veáis en él, pero no lo licenciéis por acceder a las acusaciones del primero que llega; enviad por todas partes diputados que instruyan, que adviertan, que sirvan al Estado con todas sus fuerzas; haced más aún, castigad a los oradores asalariados para perderos; en todo tiempo y en todo lugar, perseguidlos con vuestro odio, a fin de demostrar que, por sus buenos consejos, los oradores virtuosos e íntegros han merecido bien de sus conciudadanos y de ellos mismos. Si os gobernáis de esta suerte, si no volvéis a dejarlo todo en abandono, acaso atenienses, acaso en el porvenir tomen los acontecimientos un curso más venturoso. Pero si, siempre inactivos, limitáis vuestro celo a aplaudir tumultuosamente; si retrocedéis cuando es necesario obrar, no hay elocuencia que, sin el cumplimiento de vuestro deber, pueda salvar la patria.


[1] ¡Demóstenes general! Él mismo protestó en Queronea contra este voto de confianza. Otra frase de Filipo, referida por Plutarco, nos indica que este dicho debe tomarse en serio. «Los discursos de Isócrates, decía, huelen a la espada; los de Demóstenes respiran la guerra.» (Nota de Stievenart.

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