Demóstenes – SEGUNDA OLINTIANA

No puedo menos de sorprenderme, ¡oh atenienses!, cuando comparo nuestra situación con los discursos que aquí oigo. ¡Sólo se os habla de castigar a Filippo!, y yo os veo reducidos a la necesidad de discurrir primero el modo de poneros a cubierto de sus insultos. Así, pues, los que usan tal lenguaje, no hacen, en mi juicio, nada más que extraviarse apartando vuestra deliberación de su verdadero objeto. Ciertamente que Atenas ha podido otras veces tener su imperio al abrigo de todo peligro y castigar a Filippo: tengo la certidumbre de ello, porque no ha transcurrido mucho tiempo desde entonces, y recuerdo la época en que se hallaba en situación de hacerlo así. Pero estoy convencido de que en la actualidad es bastante para nosotros el defender a nuestros aliados. Conseguido este primer objeto, podremos descubrir enseguida los medios de asegurar nuestra venganza; pues mientras que el principio no está sólidamente asegurado, es inútil, a lo que yo pienso, ocuparse del fin.

         Si alguna deliberación merece una atención invariable y profunda, y una prudencia consumada, es, atenienses, esta que nos ocupa. No porque crea muy difícil indagar lo más conveniente en esta ocasión, sino porque ignoro, ¡oh mis conciudadanos! la manera de presentarlo ante vosotros. Me he convencido por mí mismo y por los demás oradores, de que la fortuna os ha vuelto la espalda, por no haber querido cumplir con vuestros deberes, más frecuentemente que por no haberlos comprendido. Si algunas veces he hablado con atrevimiento, créanme que es digno de que me lo dispensen, de que únicamente consideren si es verdad lo que les digo, y si mi objeto no consiste en hacer vuestro porvenir más próspero. Han visto que las adulaciones de algunos oradores han abierto el abismo en que va a hundirse la República. Pero ante todo, es indispensable recordarnos algunos hechos anteriores.

         Recordarán, atenienses, que hace tres o cuatro años, se anunció que Filippo asediaba en Tracia el fuerte de Hereum: era por los meses de septiembre y octubre. Después de largos y borrascosos combates, decretasteis armar cuarenta trirremes, el embarque de los ciudadanos hasta la edad de 45 años, y una contribución de 60 talentos. Sin embargo de esto, transcurrió aquel año y llegaron los meses de agosto y septiembre del siguiente, en cuya época, con gran trabajo y después de la celebración de los misterios, hicisteis partir a Caridemo con 10 naves vacías y cinco talentos de plata. Esto consistió en que, apenas supisteis la enfermedad y la muerte de Filippo, (pues ambas noticias circularon) creísteis superfluo todo socorro y dejasteis las armas. Aquél era, sin embargo, el instante propicio; y si hubiésemos corrido al campo del combate con el ardor que anunciaba vuestro decreto, hoy ya no sentiríamos ningún cuidado por ese Filippo que entonces se salvó. Este suceso es, sin disputa, inolvidable; pero habiendo llegado el momento oportuno de otra guerra, sino os recuerdo aquella falta, es para que no volváis ahora a cometerla. ¿Cómo, pues, atenienses, procederemos en las circunstancias que la fortuna nos ofrece? ¡Oh, sino socorréis a Olinto con todas vuestras fuerzas, con todo vuestro poder, pensar que sólo habéis tomado las armas en servicio del Macedonio!

         Olinto había venido a ser una potencia, y por un efecto de su posición política, Filippo y ella se observaba con una recíproca desconfianza. La paz se negoció entre nosotros y los olintios. Era para el Macedonio un contratiempo y un disgusto cruel en que una ciudad, dispuesta a atacarle, se hubiese reconciliado con Atenas. Pensamos entonces que era indispensable armar a sus habitantes contra el Príncipe. Pues bien, lo que todos pedisteis a gritos, helo aquí realizado, sin que importe como. ¿Qué falta, pues, de hacer, ¡oh atenienses!, si no enviar vuestros socorros con valor y ardimiento? Sin hablar del oprobio que nos cubrirá si hacemos traición a semejantes intereses, no puedo entrever el porvenir sin sobresalto. Veo a los tebanos que nos acechan; a los focidenses empobrecidos y arruinados, y a Filippo, una vez destruida Olinto, libre de los obstáculos que le impidan arrojarse sobre el Ática. El ateniense que aguarde esto para cumplir con su deber, quiere llamar sobre su patria las calamidades de que sólo debía sentir un eco lejano; quiere verse precisado a mendigar protectores para sí mismo, cuando desde el presente podría ser el protector de muchos pueblos. ¡Oh! ¿Quién de nosotros ignora que este será nuestro destino si despreciamos hoy la fortuna?

         Sí, se dirá,  todos sabemos que son indispensables los socorros, y estos socorros serán decretados; pero, ¿y los medios de adquirirlos? Esto es lo que deseamos que nos indiques. No se sorprendan, ¡atenienses!, si emito un parecer extraño para mayor parte de vosotros: nombren revisores de las leyes: con esto no establecerán ninguna nueva, pues yo creo que tenéis demasiadas, pero las que hoy nos perjudiquen pueden derogarse. Nombraré sin rodeos las leyes teatrales y las leyes militares, que son las que en vanos espectáculos sacrifican el sueldo del ejército, a los ociosos que quedan en sus casas; las que asegura la impunidad al soldado refractario y desaniman, por esto sólo, al soldado fiel. Rompan esas ligaduras, para que la voz del bien público pueda levantarse sin miedo al castigo, y pidan un promotor para los decretos cuya utilidad sea por todos vosotros reconocida. Sin esto no busquéis un orador que por serviros se condene a perecer a vuestras manos; no lo encontraréis, porque lejos de procurar un beneficio a la patria, el autor de una proposición de esta índole, sólo conseguiría atraer la persecución sobre su cabeza y hacer más temible en lo sucesivo el papel, ya peligroso, del leal consejero del pueblo. ¿Deben encargarse de suspender estas leyes funestas,  ¡oh atenienses!, los mismos que las han introducido? No, no, no es justo que un privilegio, precio extraño de tantas heridas hechas a la patria, pertenezca a estos culpables legisladores, mientras que, una medida que podría curarlas, y llamará castigo sobre el ciudadano que os dirija palabras de salud. Pero, antes de acordar esta reforma, persuadíos bien de que ninguno entre vosotros es bastante poderoso para atacar con impunidad semejantes leyes, ni bastante insensato para arrojarse en un precipicio que sus ojos ven abierto bajo sus pies.

         Guardaos también, atenienses, de desconocer la verdad de que un decreto no es nada sin la resolución firme de cumplir con energía lo que dispone. Ciertamente que si los decretos tuviesen la virtud de encadenaros a vuestros deberes o de ejecutar lo que en ellos se prescribe, no los hubieseis prodigado tanto para ser tan poco, o mejor dicho, para no hacer nada, y Filippo no hubiera repetido sus ultrajes por espacio de tantos años; pues hace mucho tiempo que vuestros decretos le hubiesen aplicado su castigo pero, ¡cuán de otro modo ha sucedido! Posterior en el orden de los tiempos a las deliberaciones y a los acuerdos, la ejecución es en realidad la primera en el orden de la importancia y la eficacia. Ella sola nos falta; tratemos pues de adquirirla. Hay entre vosotros ciudadanos capaces de aconsejaros dignamente, y para juzgar de sus palabras, vosotros sois, ¡oh atenienses!, los más perspicaces de los hombres. Si sois cuerdos, también del poder de la acción se encuentra hoy en vuestras manos. ¡Oh! ¿Qué momento más favorable podréis esperar? si no es el presente, ¿cuándo haréis lo que os conviene? ¿Creéis acaso que el usurpador no es ya dueño de todos los baluartes de la República? dejarlo aún que subyugue a Olinto sería condenarnos a la infamia. Aquellos a quienes juramos salvar si él los atacaba alguna vez, ¿no han sido ya atacados? ¿No es el agresor nuestro enemigo? ¿No es nuestro expoliador? ¿No es un bárbaro? ¿Quién será capaz de decir todos los males que nos ha causado? ¡Oh dioses! ¡Después de habérselo cedido todo, nosotros, cómplices de sus triunfos, preguntaremos quién es la causa de nuestra ruina! Porque ser demasiado que nos guardaremos muy bien de confesar que somos los culpables. En el peligro del combate, ¿quién es el fugitivo encontré a su propia cobardía? acusa a su general y a su camarada; lo acusa todo menos a sí mismo, y sin embargo, la pérdida de la batalla se debe a todos los fugitivos juntos. Cada uno dice a los demás que podían haberse mantenido firmes, y si todos lo hubieran hecho se habría vencido. Así pues, ¿se presenta un dictamen poco acertado? que otro se levante a combatirlo sin inculpar al preopinante. ¿Son las opiniones más sabias y prudentes las que se exponen? Seguidlas, bajo la égida de vuestra buena fortuna. Pero no tienen, mediréis, nada de agradable. Eso no es culpa del orador. ¡Oh! ¡Es muy fácil, atenienses, presentar en pocas palabras todos los objetos de nuestros deseos! Pero escoger un partido en las deliberaciones públicas, he aquí lo que es más difícil. Cuando todo no puede obtenerse, prefiramos al menos lo que nos sirve a lo que nos agrada.

         Pero si alguno, diréis, sin tocar a nuestros fondos teatrales, encontrase para el ejército otros recursos, ¿no sería esto preferible? que se demuestre que esto puede ser, y me confieso vencido. Pero sería un prodigio que no se ha visto ni se verá jamás, el de un hombre que después de haber disipado en futilezas su fortuna, estuviese aún para los gastos necesarios, rico de unos bienes que dejó de poseer. Puesto los propios deseos dan vida a semejantes esperanzas: ¡tan cierto es que el hombre se engaña fácilmente a sí mismo! ¡Tan cierto es que se persuade pronto de lo que desea! Pero con frecuencia la realidad desmiente nuestras quimeras.

         Fijad, pues, los ojos, ¡oh atenienses!, en vuestros verdaderos recursos, y veréis cómo es posible marchar sin que falte el sueldo. Descuidar, por no tener dinero, los preparativos militares y sufrir voluntariamente las más crueles afrentas; corre a las armas para oponerse a los griegos de Megara y de Corinto, y abandonar después las ciudades de los helenos a las garras de un bárbaro, por no tener pan para el soldado, no son cosas de un pueblo prudente, ni de un pueblo magnánimo.

         Con estas tristes verdades, no buscó gratuitamente enemigos entre vosotros, no; yo no soy tan insensato ni tan desdichado que provoque un odio que sería inútil a mi patria. Pero pienso que el deber del buen ciudadano es hacer oír la palabra que salva y no la palabra que lisonjea. He aquí los principios por los cuales se condujeron un Arístides, un Nicias, un Pericles y aquel cuyo nombre llevo[1]. Tales eran también, vosotros lo sabéis lo mismo que yo, los oradores de nuestros antepasados, cuya conducta se alaba en esta tribuna, sin que nadie trate de imitarla. Pero desde que se han visto aparecer esos oradores que os preguntan: ¿cuáles son vuestros deseos; con qué proposición puedo complaceros?, desde entonces sucede que por su interés particular, por vuestro placer de un momento, apuran la copa de la fortuna pública; la desgracia acude, ellos prosperan, y consiguen engrandecerse a costa de vuestra honra. Pero comparad, en sus puntos principales, vuestra conducta con las de vuestros padres. Este paralelo será corto y comprensible para todos; porque sin recurrir a modelos extranjeros, los grandes recuerdos de Atenas bastarán para manifestar su fortuna. Pues bien, estos hombres que no eran adulados por sus oradores, y que no eran tan tiernamente queridos de esos como vosotros lo sois de los vuestros, gobernaron cuarenta y cinco años a Grecia voluntariamente sumisa; depositaron más de 10.000 talentos en la Ciudadela, y ejercieron sobre el rey de Macedonia el imperio que corresponde a los griegos sobre un bárbaro; vencedores en persona por mar y por tierra, erigieron numerosos y magníficos trofeos; y fueron, en fin, los únicos entre todos los mortales que dejaron en sus obras una gloria superior a los golpes de la envidia. Esto hicieron puestos a la cabeza de los helenos: pero vedlos además en su patria como hombres públicos y simples ciudadanos. Para el Estado construyeron tan hermosos edificios, adornaron con tanta magnificencia un gran número de templos, y consagraron en sus santuarios tan nobles ofrendas, que no han dejado nada en que pueda sobrepujarles la posteridad. Para sí mismos fueron tan moderados, tan amantes de las virtudes republicanas, en cualquiera de vosotros que conociese las casas de Arístides, de Milcíades o de sus ilustres contemporáneos, las encontraría tan modestas como todas las demás. No era por elevarse a la opulencia por lo que dirigían el Estado, sino para aumentar la grandeza de la patria. Leales con los pueblos de la Grecia, religiosos con los dioses, fieles al régimen de igualdad cívica,  se elevaron por una senda segura a la cima de la prosperidad.

         Ved cuál fue la suerte de vuestros padres bajo los jefes que acabo de nombrar. ¿Cual es la que debéis ahora a vuestros complacientes gobernantes? ¿Es acaso la misma? ¿Ha cambiado poco? ¡Cuántas cosas pueden decirse sobre esto! Pero yo me limitaré a una. Solos, sin rivales, estando Esparta abatida, Tebas ocupada en otra empresa, sin ningún poder capaz de disputarnos el primer puesto, pudiendo, en fin, pacíficos poseedores de nuestros dominios, ser los árbitros de las naciones, ¿qué es, sin embargo, lo que hemos hecho? Hemos perdido nuestras propias provincias y disipado sin ningún fruto más de 1500 talentos; la guerra nos había unido a nuestros aliados, y vuestros consejeros os han privado de ellos con la paz; y nosotros, nosotros mismos hemos aguerrido a nuestro temible adversario. Si alguien lo niega, y comparezca aquí y me diga de dónde ha sacado su fuerza Filipo, sino que del seno mismo de Atenas. Concedido, se dirá; pero si nos debilitamos en el exterior, la administración interior es más floreciente. ¿Qué podrá citarse en apoyo de esto? Almenas blanqueadas de nuevo, caminos reparados, fuentes reconstruidas y otras bagatelas. Dirigid, dirigid vuestras miradas a los administradores de esas futilezas; unos han pasado de la miseria a la opulencia; otros de la obscuridad al esplendor, y alguno ha llegado a fabricarse suntuosos palacios que insultan a los edificios del Estado. En fin, cuanto más ha descendido la fortuna pública, más se ha elevado la de ellos. ¿Cuál es, pues, la razón de estos contrastes? ¿Por qué todo prosperaba otras veces, mientras que todo peligra hoy? Esto consiste en que el pueblo, haciendo la guerra por sí mismo, era el señor de sus gobernantes, el soberano dispensador de todas las gracias; en que gustaba a los ciudadanos recibir del pueblo los honores, las magistraturas y toda clase de beneficios. ¡Cuánto han cambiado los tiempos! Las gracias están en manos de los que gobiernan; todo se hace por ellos, y vosotros, ¡pueblo! – enervados, mutilados en vuestras riquezas, sin aliados, permanecéis como inferiores o como sirvientes; ¡muy dichosos si estos dignos jefes os distribuyen los fondos del teatro, o si os arrojan una menguada ración de comida! ¡Y para colmo de bajeza, besáis la mano que os da, como por generosidad, lo que sólo a vosotros pertenece! Ellos os aprisionan en vuestros propios muros, os entretienen con promesas, os amansan y habitúan a su capricho. Pero jamás el entusiasmo juvenil, jamás las valerosas resoluciones se inflaman en hombres sometidos a costumbres viles y miserables, porque la vida es necesariamente la imagen del corazón. Y os digo, ¡por Ceres!, que no me sorprendería ver que la pintura de estos desórdenes atrajese vuestros golpes sobre mí más bien que sobre sus culpables autores. El hablar con franqueza no siempre ha sido posible ante vosotros, y nada me admira tanto como que ahora lo sufráis.

         Si al menos hoy, apartándoos de esas costumbres deshonrosas quisieseis empuñar las armas, llevarlas de una manera digna de vosotros, y emplear vuestros recursos interiores en reconquistar vuestras provincias, quizá, ciudadanos de Atenas, quizá conseguiríais una grande y decisiva ventaja. Rechazaríais esas miserables gratificaciones, débiles remedios que el médico administra al enfermo, igualmente ineficaces para volverle las fuerzas que para dejarle morir. De igual modo, los fondos que se os distribuyen, demasiado escasos para cubrir todas vuestras necesidades y demasiado abundantes para despreciarlos y dedicaros a útiles trabajos, sólo sirven para prolongar vuestra inacción. ¿Se pregunta que si quiero aplicarlos a los gastos de la guerra? Quiero, enseguida, una regla, ¡oh atenienses!, igual y común para todos vosotros. Quiero que todo ciudadano que reciba su parte de los fondos públicos, vuele adonde el servicio público le llame. Pero ¿y cuando estemos en paz? Entonces debe darse al sedentario lo bastante para librarle de las bajezas que impone la miseria. ¿Y si sobreviene una crisis como la de hoy? Soldado, responderé: tu deber es combatir por la patria, y estas mismas liberalidades será tu paga. ¡Pero mis años, dirá alguno, me dispensan del servicio! Pues bien, lo que recibes ilícitamente y sin fruto para el Estado, recíbelo legalmente a título de empleado en cualquier servicio de la administración. En una palabra, sin añadir ni quitar casi nada, destruyó los abusos y restablezco el orden, sometiendo a una medida uniforme a todos los que paga la República, lo mismo soldados y jueces, que ciudadanos empleados según su edad y las circunstancias. En cuanto a los holgazanes, nunca diré: «Distribuidles el salario de los servidores de la patria; y en la ociosidad y la miseria, limitémonos a preguntar qué jefes y qué soldados mercenarios han vencido»; porque esto es lo que se hace ahora. Lejos de mí el censurar a los que os satisfacen una parte de lo que merecéis; pero pido que vuestras obras os hagan dignos de las recompensas que dais a los demás; pido que no abandonéis, ¡oh atenienses!, ese puesto de virtud, noble herencia conquistada por la gloria y los peligros de vuestros antepasados.

         Tales son, en mi juicio, los consejos que os convienen. ¡Que vuestra decisión favorezca los intereses de cada ciudadano y los de la patria!


[1] Demóstenes, famoso capitán griego, que representó un papel principal en la guerra del Peloponeso.

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