Demóstenes – TERCERA OLINTIANA

Yo creo, ¡oh atenienses!, que más bien que grandes riquezas preferiríais conocer claramente el partido más útil a la República, en medio de los acontecimientos que llaman vuestra atención. Animados de este deseo, debéis sentiros ávidos de oír a los que quieren aconsejaros; porque si alguno os revelase pensamientos acertados, no solamente los aprovecharía todo el auditorio, sino, lo que es mayor fortuna para vosotros, muchos improvisarían entonces consejos oportunos, y el bien público, esclarecido por su concurso, haría que vuestra elección fuese fácil.

La ocasión presente parece elevar la voz y gritar: «¡Atenienses, si estimáis vuestra seguridad, disponeos a conservarla por vosotros mismos!» Y por vuestra parte… ¡no puedo entrever, sobre este asunto, vuestro pensamiento! He aquí el mío: decretad al instante la defensa de Olinto, disponer rápidamente los preparativos, hacer partir los socorros de la ciudad misma de Atenas y no sufrir más lo que anteriormente hemos sufrido. Que una embajada vaya a anunciar estas medidas y que todo lo vigile en los lugares mismos de las operaciones. Temed, temed sobre todo que este monarca insidioso, demasiado hábil para aprovecharse de las coyunturas favorables, cediendo cuando se vea obligado a ello, amenazando otras veces (en cuyos casos parecerá digno de fe) y calumniando, en fin, nuestra conducta y nuestra ausencia, saque un gran partido de la confederación helénica. ¡Cosa extraña, atenienses! Lo que parece hacer inexpugnable la posición de Filipo, es precisamente vuestro más firme apoyo. Ser dueño absoluto de todas sus operaciones públicas y secretas; reunir en su persona el tesorero, el general y el déspota, y encontrarse siempre a la cabeza del ejército, son los medios de hacer una expedición militar más rápida y segura; pero al mismo tiempo, ¡cuántos obstáculos no le impiden esa reconciliación que ansía jurar a los olintios! Les ha hecho ver claramente que combaten hoy, no por la gloria, ni por una parte del territorio, sino por evitar su expulsión y la esclavitud de su patria. Ellos saben lo que hizo con los anfipolitanos que le entregaron su ciudad, y con los de Pidan, que lo habían acogido como amigo; porque, para decirlo todo en una palabra, la tiranía, que es siempre sospechosa a las repúblicas, lo es más aún cuando toca a sus fronteras.

Vosotros, pues, ¡oh atenienses!, que conocéis estos peligros y estáis animados de nobles sentimientos, sabed que si alguna vez debéis, con voluntad firme, animaros, consagraros a la guerra, contribuir a ella con vuestros bienes y personas y hacerlo todo por vosotros mismos, es en la ocasión presente o nunca. Ya no os queda motivo ni pretexto para eludir el cumplimiento de vuestro deber. Todos decíais unánimes: «Armemos a los olintios contra Filipo.» Pues bien, ellos se arman por sí mismos, proporcionándonos una gran ventaja. Porque si hubiesen emprendido esta guerra por acceder a vuestras peticiones, procediendo como versátiles aliados, la conformidad de sus sentimientos con los vuestros habría sido pasajera; pero aborrecen a Filipo por los atentados que en ellos ha cometido, y no dudéis que un odio causado por males que se temen, por males que se padecen es un odio inextinguible.

Guardaos, pues, ¡oh atenienses!, de desperdiciar la ocasión afortunada que se os presenta y de volver a incurrir en la misma falta que tantas veces habéis cometido. Si cuando regresamos de socorrer la Eubea; cuando Estratocles y Hierat de Anfípolis os exhortaban desde esta tribuna a que enviaseis vuestra escuadra a recibir su ciudad bajo vuestras leyes hubiésemos tenido por nosotros mismos el celo ardiente que nos hizo salvar a los eubeos, Anfípolis estaría con nosotros y os habríais librado de todos los inconvenientes que siguieron a su pérdida. Del mismo modo también, si cuando supisteis el asedio de Pidna, Potidea, Medona, Pagagses y de otras plazas que sería largo enumerar hubiésemos volado al primer ataque, para rechazarlo de una manera digna de la República, tendríamos ahora un Filipo más humilde y más fácil de vencer. Pero lejos de obrar así, descuidando sin cesar el presente y aguardando que el porvenir mejore, sin poner nada de nuestra parte, el curso de los acontecimientos, hemos engrandecido a Filipo hasta un grado que jamás alcanzó ningún rey de Macedonia. Pero hoy la fortuna vuelve de nuevo hacia nosotros. ¿Preguntáis cómo? Arrojando a Olinto en vuestros brazos y concediéndoos así una ventaja superior a cuantas las ocasiones precedentes os han ofrecido.

Someted, atenienses, a un examen escrupuloso todos los favorees que hemos recibido de los inmortales, por más que casi siempre los hayamos convertido en nuestro daño, y sentiréis hacia el cielo un justo y profundo reconocimiento. ¿Contestaréis a esto que habéis sufrido numerosas pérdidas en la guerra? ¡oh! ¿Quién no conocerá que dependen solo de nuestra incuria? Pero la dicha de no haberlas experimentado más pronto, la ocasión de una alianza capaz de repararlo todo, siempre que os aprovechéis de ella son, en mi juicio, pruebas seguras de la benéfica protección de los dioses. Sucede en esto lo que con los bienes: por todos los tesoros reunidos y conservados se experimenta hacia la fortuna una viva gratitud; pero si se disipan locamente, con ellos desaparece el recuerdo de los favores a que se deben. Así es como juzgamos la marcha de los asuntos. ¿Fracasan nuestros proyectos en el instante decisivo? Pues todo lo que han hecho los dioses en nuestro favor se olvida enseguida. ¡Tan cierto es que el último suceso es la regla ordinaria de nuestros juicios sobre los hechos anteriores!

Fijemos, pues, detenidamente la atención sobre lo que poseemos aún, para que levantándolo de sus ruinas borremos la vergüenza del pasado. Pero si ahora también rechazamos a estos hombres[1] – y el Macedonio destruye a Olinto, ¿qué obstáculo le detendrá en lo sucesivo? ¿Hay alguno entre nosotros, ¡oh atenienses!, que conozca todos los grados por los cuales, débil Filipo en su origen, se ha elevado a tanta altura? Toma primero a Anfípolis, enseguida a Pidna, más tarde a Medona, y al fin se arroja sobre la tesalia; destruye a Faros, Pagases y Magnesia, y para coronar su obra se precipita sobre la Tracia. Allí, después de haber destronado y coronado reyes, cae enfermo. ¿Creéis que la convalecencia le inclinará al reposo? Lejos de esto, vuela a atacar a los olintios. Dejemos sus campañas contra los lirios, contra los paonienses, contra Arimbas y contra otros mil. ¿A qué conduce este cuadro?, se preguntará. Atenienses, conduce a haceros sentir los funestos efectos del abandono sucesivo de todas vuestras ventajas y a haceros conocer esa ambición infatigable, alma y vida de Filipo, que le arma contra todos los Estados, que despierta en él una sed insaciable de conquistas y que le hace el reposo imposible. Pero si él se propone ejecutar sin dilación los más vastos designios y vosotros continuáis sin emprender nada con vigor, temed, atenienses, el éxito que este combate prepara a vuestro porvenir… ¡Oh cielos? ¿Quién de vosotros será tan ciego que no vea la guerra que pasará de Olinto a Atenas si la descuidamos? ¡Ah! Si tales son nuestros destinos, temo que semejantes a esos imprudentes que después de buscar en la usura una opulencia pasajera se ven al fin despojados de su patrimonio, nosotros aparezcamos también pagando muy cara nuestra cobarde pereza; y tiemblo asimismo de que por conservar a toda costa este agradable descanso nos veamos reducidos a la necesidad imperiosa de ejecutar con dolor mil empresas antes rechazadas, y de que pongamos en peligro nuestra misma patria.

La censura, se dirá, es cosa fácil y común; pero lo que corresponde a un consejero del pueblo es trazar la conducta que piden las circunstancias presentes. Ya lo sé, atenienses; pero también que si el suceso no corresponde a vuestras esperanzas, no descargaréis vuestra cólera sobre los verdaderos culpables, sino sobre los últimos oradores que os hayan hablado. Lejos de mí, sin embargo, el callar lo que me parece ventajoso para vosotros, aunque obrando así comprometa mi seguridad. Digo, pues, que se necesita un doble esfuerzo para salvar las ciudades olintianas enviándoles tropas encargadas de su defensa y para devastar los Estados de Filipo con vuestra escuadra y otro ejército. Si omitís uno de estos medios, temo que vuestra expedición sea infructuosa. ¿Os limitaréis a asolar el territorio enemigo? Filipo, impasible, tomará a Olinto y se vengará fácilmente a su vuelta. ¿Creéis hacer bastante con socorrer a los olintios? Tranquilo entonces por sus dominios, se irritará contra su presa, la rodeará de emboscadas y con el tiempo se apoderará de ella. Es necesario, pues, un esfuerzo poderoso, un esfuerzo duplicado. Tal es mi parecer.

Respecto de los recursos pecuniarios, vosotros, ¡oh atenienses!, tenéis para la guerra más fondos que ningún otro pueblo; pero distraéis su inversión obedeciendo a caprichosos deseos. Si los destináis únicamente al ejército, bastarán para sostenerlo; si no, no tendréis bastante, o mejor dicho, no tendréis nada. ¡Qué!, se me dirá, ¿propones un decreto para aplicar estos fondos a los gastos de la guerra? No, de ninguna manera; ¡pongo por testigos a los dioses! Pienso solamente que es necesario armar soldados, que es indispensable un tesoro militar, y que ha llegado el tiempo de subordinar las prodigalidades públicas al servicio de la patria. Vosotros, al contrario, ociosos ciudadanos, ¡disipáis las riquezas públicas en fiestas y diversiones! No queda, pues, más remedio que contribuir todos con un crecido impuesto, si es necesario, o con un pequeño subsidio si no es menester más. Porque lo cierto es que hace falta dinero y que sin dinero no saldréis jamás de los apuros presentes. Otros medios se os proponen también: elegid entre todos; pero mientras es tiempo todavía, poned manos a la obra.

Una cosa que es necesario examinar y reducir a su justo valor es la posición actual de Filipo. No es tan brillante ni afortunada como podría creer cualquiera que no la haya observado de cerca. Jamás el Macedonio habría motivado esta guerra si hubiera previsto que había de verse obligado a desenvainar la espada. Al arrojarse sobre su presa esperaba devorarla por completo en un momento; pero se ha visto burlado. El suceso que ha engañado sus esperanzas le desconcierta y desanima. Añadid a esto el movimiento de los tesalios. Esta raza, pérfida siempre con todos, se aplica a engañarle a su vez. Han reclamado a Pagases por un decreto y le han impedido fortificar a Magnesia. He sabido también por muchos de ellos que en lo sucesivo no le dejarán percibir los derechos sobre sus mercados y sus puertos, porque los destinan a las necesidades de su confederación y no a la rapacidad de Filipo. Desprovisto de estos recursos, se verá en la mayor angustia para pagar a sus mercenarios. Creed también, creed que para el Paoniense y para el Ilirio la libertad tendrá muchos más encantos que la servidumbre. No están aún acostumbrados al yugo, y dicen que este hombre acompaña el mando con el ultraje. ¡Por Júpiter!, es preciso creerles; porque la prosperidad, colocada indignamente sobre una cabeza insensata, produce en ella la soberbia y el error; y en esto consiste que frecuentemente parezca más difícil conservar que adquirir.

Comprendiendo, pues, ¡oh atenienses!, que los descontentos de vuestro enemigo son una buena fortuna para vosotros, unid prontamente vuestra causa a la de los demás pueblos. Enviemos diputados a todas partes donde su presencia sea necesaria, marchemos nosotros mismos e inflamemos la Grecia. ¡Ah! Si Filipo encontrase contra nosotros una ocasión tan propicia; si la guerra se encendiese en nuestras fronteras, ¡qué ávidamente se precipitaría sobre Atenas! Y sin embargo, vosotros, a quienes la ocasión llama, ¡no os avergonzaréis de evitarle los males que os haría sufrir si estuviese en vuestro caso! Sobre todo, no pongáis en duda, ¡oh atenienses!, que ha llegado el día de escoger entre llevar la guerra al país enemigo o sufrirla en el vuestro. Si Olinto resiste, entonces podréis combatir; y mientras devastáis los dominios del bárbaro, vuestras tierras y vuestra patria estarán seguras. Pero si Filipo se apodera de la ciudad, ¿quién le detendrá en su marcha sobre Atenas? ¿Los tebanos? ¡Oh!, si este juicio no es muy severo, creo que ellos se lanzarían unidos a él contra vosotros. ¿Los focidenses? Sin vuestro socorro no pueden guardar su patria. ¿Qué otro pueblo, pues? Pero, se dirá, que Filipo no tiene este pensamiento. En este caso, ofrecería el absurdo de no ejecutar, en ocasión segura, una empresa que es el objeto actual de sus ambiciones, reveladas por su palabrería indiscreta. Entre tanto, cuán grande no es para vosotros la diferencia entre combatir dentro o fuera de vuestro territorio! Una sola prueba lo demuestra. Si os fuese necesario acampar fuera de los muros solamente un mes y hacer subsistir un ejército a costa de la Ática, aun en el caso de que estuviese libre de enemigos, las cargas pesarían sobre los cultivadores de vuestros campos excederían a los gastos de la guerra precedente. Pero si la guerra viene aquí por sí misma, ¿en cuánto calcularéis sus estragos? Añadid, para completarlos, el ultraje y el oprobio, azote el más cruel y temible, a lo menos para los hombres de honor.

Convencidos de estas verdades, socorramos a Olinto; llevemos la guerra a Macedonia; los ricos, para conservar con un ligero sacrificio el pacífico goce de los grandes bienes que poseen; los ciudadanos jóvenes, para hacer el aprendizaje de las armas en el país de Filipo, y preparar temibles defensores a la inviolabilidad de vuestro territorio; vuestros oradores, en fin, para aligerar el peso de su responsabilidad, pues según sea el resultado de los asuntos, así será vuestro juicio sobre su administración. ¡Ojalá esto pueda realizarse por el concurso de todos!


[1] El orador indicaría, sin duda, con el gesto y el ademán a los embajadores de Olinto.

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